Tantadel

febrero 15, 2015

¿Y el museo Raúl Anguiano?

El pintor mexicano desciende de las grandes y rigurosas tradiciones de los mejores artistas plásticos de la humanidad.

Raúl Anguiano cumpliría 100 años. Hasta su muerte fue un joven artista capaz de subir andamios para pintar murales, hizo miles de obras de caballete, no dejó de asistir a las mesas redondas a las que era invitado, disfrutaba la conversación y hacía alarde de su notable memoria. Ése fue el Anguiano que conocí hace muchos años a través de sus cuadros y libros y al que traté por lustros: imbatible, simpático, cordial, generoso, positivo... Tuve el honor de prologar varias obras suyas y escribir sobre sus creaciones memorables.       
Anguiano perteneció a los grandes artistas de la Escuela Mexicana de Pintura que tanto prestigio y brillo le concedió a México. Su obra está en colecciones privadas y en grandes museos como el del Vaticano. No deja de llamarme la atención que la mayoría de los integrantes de esas generaciones hayan también recurrido a la palabra escrita para mejor darse a comprender. Anguiano, como antesSiqueiros, utilizó con sensibilidad e inteligencia la literatura, y una especie de texto oral que le permitió expresarse más ampliamente.
El ideal de belleza femenino de Anguiano, ése que lo hizo pintar cuadros sorprendentes, nació de un bello poema de BaudelaireLa giganta, donde describe a una mujer poderosa, de “magníficas formas”, “una joven giganta” a la que ama y desea “recorrer despacio sus magníficas formas;/ escalar sobre las vertientes de sus rodillas gigantes,/ y a veces, con los soles malsanos,/ cansado, la fatiga se extiende a través de la campiña,/ dormir descuidadamente a la sombra de sus senos,/ como una aldea tranquila al pie de una montaña.”
Tal es su ideal de belleza, venus poderosas, protectoras, con aires de Rubens, antítesis de las esbeltas mujeres de Modigliani. La literatura matizada por esculturas y pinturas supo conmoverlo. Venus y vírgenes, diosas, poetas y hechiceras que le fueron entrañables. En Anguiano la presencia de la mujer es una constante, de La Malinche a Pita Amor pasando por alguien fundamental: sor Juana.
Anguiano nos da una clave más para conocer la estrecha relación que le ha dado a la literatura y a la pintura. “Algunos libros —declaró el artista— que han influido en mi obra son: Los de abajo y La luciérnaga, de Mariano Azuela;Historia de la revolución rusa, de León Trotski; la poesía de López Velarde y parte de la obra de José Juan Tablada, también el libro de José Luis MartínezHernán Cortés, que está escrito sin apasionamientos. Senda hispana de libertad es otro libro de cabecera, de mi amigo el historiador y escritor Silvio Zavala...”. Mención especial merece Don Quijote, también una presencia benefactora para Anguiano, por ello ha sido un tema recurrente y desde luego una estrecha y firme liga con Eulalio Ferrer. No obstante, como es natural, Anguiano desciende de las grandes y rigurosas tradiciones de los mejores artistas plásticos de la humanidad. Visitó cientos de museos y en todos hizo apuntes. Era un hombre-historia.
Asimismo es, dentro de la gran tradición mexicana de pintura, un soberbio muralista; pero es en su obra de caballete donde el pincel de Anguiano brilla de modo peculiar y produce un ambiente de cálida magia y misterio. Recordemos solamente cinco cuadros: Dolientes, óleo sobre tela, 1957; Desnudo, sanguina sobre papel, 1978; El hombre de la mandolina, óleo sobre tela, 1944; La espina, óleo sobre tela, 1952; y su celebérrimo Autorretrato, 1947.
Hay un antes y un después en todas las personas. En Raúl Anguiano está en la enigmática Bonampak: nada sería igual después de aquel viaje memorable y legendario. Allí el maestro encontró un mundo asombroso, de personajes fantásticos, colores inimaginables y una fauna irreal, difíciles de encontrar, y que lo deslumbró y cautivó: fue posiblemente un encuentro con el otro Anguiano y vio prodigios como mujeres indígenas con iguanas en la cabeza, lacandones, sacerdotes.
La imaginación se desató ante los murales de Bonampak, el descubrimiento lo deslumbra, sube y baja escaleras, entra en los edificios abandonados misteriosamente por los mayas y todo aquello le marca con hondura. Es extraño que lo prehispánico penetre en su vida en la forma de un descubrimiento arqueológico y no como un acto de distante veneración como en Diego Rivera. Su gran amor Brigita, esposa aguda e inteligente, inquieta como el mismo Anguiano, ahora demanda lo justo: el homenaje que su obra requiere y el digno museo donde debe estar. 

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