Tantadel

marzo 18, 2015

El sentido de la política: la búsqueda de lo imposible

La política —esa difícil participación en los asuntos del Estado y que Lenin magistralmente definiera como la expresión concentrada de la economía— en México tiene sus rasgos peculiares. Siendo estudiante me costaba esfuerzo aceptar que aquí tuviésemos políticos; me parecía un término muy elevado, sólo aplicable a aquellos personajes que habían actuado con especial talento, honestidad, firmeza y gran cultura. Me parecía, en todo caso, que poseíamos burócratas de distintos rangos y niveles. Por otro lado, encontraba que el término “político”, tal como lo maneja el sentimiento popular mexicano, es sinónimo de poderoso, arbitrario y seguramente deshonesto. Es una palabra peyorativa que produce temor, no respeto. Esto es el resultado de una lamentable y penosa actividad estatal.

Los grandes políticos de la humanidad por regla general tuvieron cualidades específicas. Entre ellas cabría destacar la pasión, la audacia y el deseo de trascendencia. Necesitaban el poder para utilizarlo según sus creencias y no para obtener solamente riquezas. No obstante, cada tanto, y con una frecuencia sospechosa, los políticos mexicanos insisten en hablar de servicio como la gran cualidad del arte de gobernar. Sólo que nunca añaden que por ello reciben enormes sumas de dinero y un inmenso poder que, con frecuencia, no es usado en forma correcta e inteligente. La política en México, por desgracia, es una lucrativa carrera; conduce a la riqueza y hasta hoy no ha sido capaz de brindarnos hombres distintos, en cuyo ejemplo podamos encontrar aliento, especialmente en el México cardenista y, obviamente, contando a la generación de liberales que en el siglo pasado supo mostrar una magnificencia difícilmente superable, con Benito Juárez a la cabeza.

En efecto, en nuestro país el político carece de grandeza, de visión histórica. Sólo busca el poder para satisfacer objetivos personales y jamás el bien público. Nunca ve el futuro. Tengo la impresión muy fuerte de que los políticos nacionales pocas veces tienen y desarrollan la sensibilidad, una cualidad que les permitiría gobernar mejor.

Recuerdo haber visto en el Kremlin la vajilla y los cubiertos que Lenin utilizaba: eran baratos, incompletos y los cuchillos estaban mellados. Nunca tuvo automóvil propio y, como Trotsky, no se interesaba en obtener riquezas para formar el ridículo patrimonio familiar. Únicamente pensaba en transformar a su país, en sacarlo del atraso. Murió en 1924, pero hoy todavía sabemos quién fue y tenemos una idea de lo que hizo, mientras que a nosotros mismos nos cuesta trabajo encontrar datos biográficos sobre Ávila Camacho y este nombre nada dice en el extranjero. Sólo el general Cárdenas rompió reglas y creó nuevas. Por su audacia y sensibilidad, su honradez, por ser directo, por no abusar de la retórica, hasta hoy sigue siendo considerado como el mejor de los gobernantes del México posrevolucionario.

En la escena XII de Calígula, de Albert Camus, Calígula habla de la importancia del erario, un asunto principal del Estado y de lo relacionado con él: “Todo es importante: las finanzas, la moralidad pública, la política exterior, él aprovisionamiento del ejército y las leyes agrarias”. Pero hay algo más importante para Calígula en tanto hombre que tiene el poder político: conseguir lo irrealizable. Por ello le pide a Helicón la luna y más adelante dice con cierta soberbia: “Tomo a mi cargo un reino donde lo imposible es rey”. Y esta ambición muestra al auténtico político, al capaz de transformar positivamente a su sociedad y tal vez a la humanidad.

Antes de Camus, un observador inteligente y sagaz como Max Weber había llegado a la misma conclusión. En uno de sus más hermosos trabajos, La política como vocación, Weber señala que “la política es un fuerte y lento taladrar de duras tablas. Requiere pasión y perspectiva. Ciertamente toda la experiencia histórica confirma la verdad: que el hombre no habría podido alcanzar lo posible si una y otra vez no hubiera tratado de alcanzar lo imposible”. Y también es el caso de Marx cuando decía que los filósofos sólo habían querido explicarse el mundo, mientras que él intentaba transformarlo.

Ojalá que algún día nuestros políticos nos den algo más que palabras gastadas y lleguen al poder a buscar lo utópico para el bien de la nación y no simplemente enriquecerse. Buscando quimeras Napoleón esparció los restos de la Revolución Francesa por Europa, Bismarck obtuvo la unidad alemana, Bolívar liberó a media América hispana, Lenin cambió el curso de la humanidad, De Gaulle recobró parte del poderío burgués de Francia y Fidel Castro construyó el socialismo a unos cuantos kilómetros de la principal potencia imperialista, no importa cuáles hayan sido los resultados finales. Es pues el momento de impulsar ideas grandiosas y acaso buscar o reinventar ideologías distintas a las propuestas existentes

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