Tantadel

marzo 15, 2015

Literatura y periodismo

En la década de los sesentas comenzaron a aparecer en EU escritores que preferían trabajar en diarios y revistas. Tom Wolfe acuña el término Nuevo Periodismo para señalar a la mezcla de dos lenguajes: el periodístico y el literario. Esto aparece como una novedad asombrosa y así lo deja ver Ryszard Kapuscinski en su libro Los cinco sentido del periodismo. En el México del siglo XIX, ante los inauditos hechos políticos, una multitud de literatos se convirtieron en periodistas para mejor dar la batalla, primero, contra el conservadurismo y más adelante contra la invasión estadunidense y la intervención francesa. Algunas de las mejores características del Nuevo Periodismo, la ironía, el buen humor, el lenguaje coloquial y una sintaxis audaz, se dieron en la segunda mitad del siglo XIX. Escritores como Ignacio Ramírez, El Nigromante e Ignacio Manuel Altamirano convirtieron el acartonado periodismo en ágiles notas que estaban más cerca de la creación que del informe de hechos precisos. Durante la Revolución Mexicana ocurrió otro tanto. De este modo fue apareciendo nuestro Nuevo Periodismo. La llamada Novela de la Revolución Mexicana contiene tantos elementos autobiográficos que resulta imposible no ver la mezcla de periodismo y creación literaria. Algunas obras como Memorias de Pancho Villa de Martín Luis Guzmán son falsas autobiografías y la mayor parte de las novelas de José Vasconcelos no son más que autobiografías. Hay, pues, deliberada combinación de géneros con tal de lograr obras maestras.
Los antecedentes pueden remontarse muy atrás. Hay quienes citan El diario del año de la peste de Daniel Defoe (1722), como precursora y los tenemos que van a dos libros de rapiña: Las cartas de relación de Hernán Cortés y La crónica de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, ambos vistos como tareas de “comunicadores”. Kapuscinski hace su lista e incluye a poetas como Eliot y Wordsworth y narradores como Balzac, Dostoyevski, Orwell y Malaparte. Ello equivale a dar como hechos informativos o periodísticos, seguramente históricos, libros de memorias, diarios, crónicas de viajes, autobiografías, etcétera. En tal sentido, Michel Tournier los separa y explica que los anteriores son parte del género documental. Pero yo considero que muchos de esos libros “documentales” con frecuencia son parte de la ficción del escritor, de su imaginación, a veces en forma deliberada, otras como resultado de recuerdos imprecisos o borrosos. La historia es asimismo inexacta por más que la consideremos una ciencia. Por siglos aceptamos la existencia del ave Roc sólo porque el llamado padre de la historia, Herodoto, la citaba en sus Nueve libros de historia. Pero sabemos que la historia es variable y sufre modificaciones según las simpatías personales del “científico social” que analiza al personaje: no es lo mismo el Benito Juárez de Francisco Bulnes o de José Vasconcelos que los de Héctor Pérez Martínez o Ralph Roeder. Para los primeros es un canalla, para los segundos un héroe impecable. Ello nos lleva a una complejidad mayor que produce una riqueza que debemos explotar sin miramientos. Hace algunos años dicté una conferencia magistral en una universidad estadunidense, el tema era discutible y fascinante: la autobiografía como literatura, como ficción. En este trabajo lo central era despojar de precisiones a los géneros escritos y darles una atractiva ambigüedad o una falsedad definitiva. No es posible confiar en libros autobiográficos que han sido escritos en la vejez o en diarios de mitómanos (los artistas suelen serlo), pero sí creer en ellos por su belleza. La autobiografía y sus variantes padecen egocentrismo y un deseo de verse a sí mismos como ejes de todas las acciones, lo cual es normal. Churchill pasó de la política al mundo de la historia y enseguida, gracias al premio Nobel, a la literatura.

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