Tantadel

marzo 25, 2015

Literatura y sociedad

Las discusiones sobre la relación entre sociedad y arte han llegado a ser fatigantes. Pero eso no es lo grave. Lo terrible del caso es que luego de tanta polémica todavía no hemos llegado a ningún acuerdo. En especial ahora que se ha derrumbado el socialismo real, el que con tanto empeño propuso tesis en favor de un arte comprometido y que sólo sirvió para ocultar una realidad lamentable. Sin embargo, hay diversos puntos que arrojan mayor claridad. No hay duda, por ejemplo, de que la literatura (para circunscribirnos al tema) es un reflejo social, algo que influye sobre la sociedad como antes ésta la ha determinado. Tal como Madame de Staël lo propuso hace unos doscientos años. Pero no se trata de un reflejo sencillo y elemental sino de algo más elaborado y difícil. Una historia, una anécdota, tendrá que pasar por largos procesos para convertirse en arte.

Ahora bien, es cierto que para algunos pensadores marxistas, Althusser entre ellos, la literatura no es una ideología, es una relación con ella: Más claramente una forma de percibir la ideología. Y la ideología es en su turno la refracción de la existencia social, del sistema económico que predomina en un momento dado, nos guste o no. Digamos que en una sociedad de clases, la ideología es clasista y expresa y defiende los intereses de tal o cual clase en el poder, aunque puedan coexistir diversos intereses, aun los opuestos a esa clase en el poder.

La literatura, independientemente de lo que piensen sus creadores, es en efecto un producto social. Podría ser, como a los primeros soviéticos les gustaba decir, un espejo de la realidad. Sólo que esta realidad, como señalé, no está tomada fotográficamente, no es la pura materia prima. Hay todo un complicado proceso que permite a esa realidad convertirse en literatura. Y en este fenómeno, “la clase dominante ?lo ha explicado Jacques Leenhardt en la Lectura política de la novela? organizadora de la esfera cultural, impone un orden ideológico del discurso, cimienta toda legitimidad literaria”. Con el entierro del socialismo real, muchos han creído ver el fin de un arte político o politizado. Lo que murió fue el congruente recetario ideológico que Zdhanov le presentó a Stalin y que éste, gustoso, hizo suyo. Todo este bagaje de torpezas viajó por el mundo a través de las maletas de los comisarios políticos del PCUS. En América, Latina, por ahí, todavía permanece vigente en los militantes de viejo cuño.

De otro lado, la resistencia a aceptar que el arte es un reflejo social, es inadmisible por su inconsistencia: Me parece que la investigadora francesa Jacqueline Held, en su libro Los niños y la literatura fantástica, función y poder de lo imaginario, precisa esto de manera distinta y muy aguda, citando a Bernard Epin: “En el nivel de los cuentos nos damos cuenta de que las obras clásicas que los niños se apropiaron hace mucho tiempo, hayan sido escritas para ellos o no, no son ni las historias moralizantes, ni las historias azucaradas. Detrás de los cuentos se perfilan conflictos políticos, sociales, referencias a la sexualidad, y a la realidad trágica y a menudo cruel de las relaciones humanas. Si esas obras pertenecen a la literatura infantil, no es por cierto por lo insulso de sus temas o por la imagen idílica del mundo de la infancia que proponen”.

Y algo parecido ocurre con la literatura de ciencia-ficción, la seria, naturalmente. No son más que metáforas de una realidad bien conocida. ¿O podríamos olvidar a los negros en Ray Bradbury emigrando del planeta para evadir el racismo? Nada en la gran literatura es evasión, sí, a cambio, una serie de destellos de un mundo complejo y, a veces de conducta difícil y contradictoria. Habrá que añadir, según queda señalado en alguna página del marxismo clásico, que la estructura económica no tiene por qué coincidir con toda exactitud con la superestructura artística. Ésta no irá al rumbo opuesto, pero tampoco dejará de forjarse en ese crisol que la motiva o condiciona.

Tal vez éste sea el momento de una nueva reflexión estética. Ya sin el pesimismo de quienes abogan por un arte sin “compromisos” ni con el optimismo de los que deseaban que el arte tuviera la condición militante, de abrir una nueva discusión al respecto. Con la tranquilidad de que una buena parte del dogmatismo ha desaparecido, hoy que Borges es editado en Cuba y que Solyenitzin no es perseguido, es el momento de pensar en los extraños movimientos del arte. Nunca olvidaré la sorpresa que me causó saber que un impresionante defensor de la burguesía, cuando ésta era una clase pujante y revolucionaria, Balzac, era un hombre de salones aristocráticos y nostalgias monárquicas.

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