Tantadel

marzo 23, 2015

Los herederos de Abelardo y Eloísa

Supe de los celos no sólo por Otelo, sino por El diablo en el cuerpo, de Radiguet.

La hermosa y atroz historia de Abelardo y Eloísa supo conmoverme, a partir de ese momento vino la obsesión por la pareja, el hombre y la mujer. Desde adolescente seguí con fidelidad sus historias hasta comenzar a escribir las mías. Cuando editaron mi primer libro amoroso, La lluvia no mata a las flores, Joaquín Mortiz, 1970, venía de publicar obras en dos vertientes opuestas y hasta rivales: de literatura fantástica, Hacia el fin del mundo, y una novela de corte contracultural que desató una polémica intensa entre los intelectuales de la década de los 60: Los juegos, 1967. Adelante me centraría en el mundo del amor-pasión y en una novela nacida por la necesidad política luego de la masacre de 1968: El gran solitario de Palacio. Imposible escribir de amor cuando el Estado descargaba sus furias y odios presidenciales en los jóvenes.
Para escribir La lluvia no mata a las flores no sólo releí la gran literatura amorosa de mi adolescencia, sino que busqué llenar los huecos para saber algo más de un tema persistente, fundamental de la literatura. Supe de los celos no sólo por Otelo, también por la novela El diablo en el cuerpo, de Raymond Radiguet. No soy experto en literatura amorosa, trato simplemente de hacerla y para eso me he apoyado en multitud de libros.
Un caso más: El amor intangible, novela publicada hace unos siete años. Narro la historia de una pareja que se conoce a través de internet, algo ya común, pero al ingresar elementos fantásticos el amor no es entre los posibles amantes, sino entre ambas computadoras que se cortejan a través de las palabras que ellas transmiten y hacen suyas. Traté el género epistolar luego de la relectura de una breve novela, intensa y desconcertante, en la que un intelectual francés y una enigmática rumana intercambian correos. Una obra tan cautivante que al fin me invitó a tratar el tema de la misma manera, pero ahora a través de la nueva tecnología: La fiel Dacia, de Joachim Fernau. He hecho, en suma, literatura de la literatura y sí, de pronto, aparecen las inevitables experiencias personales.
Sin embargo, hay libros que amé desde la primera lectura que jamás me obligaron a escribir, al contrario, me inhibieron: En brazos de la mujer madura, de Stephen Vizinczey, publicado en 1965, y El animal moribundo, dePhilip Roth, de 2001. Imposible describir las emociones que ambas obras me produjeron, eran modelos deslumbrantes para temas que bien había llevado a la práctica como joven y, en tanto, como profesor universitario. Pero inevitable no caer en las simples parodias, así que las dejé de lado. No dudo que mis historias pudieran ser más y más pasionales, pero jamás podría tener la capacidad intelectual de ambos narradores.
En el libro ejemplar y fundamental para la gran literatura contemporánea, Voces cruzadas, su autor, el escritorMiguel Ángel Quemain, escucha en una entrevista lo siguiente de Vizinczey: “Un personaje no se construye. Si estás interesado en la gente y eres capaz de percibirla con intensidad, entonces los personajes llegarán y habitarán en ti”.
Allí está mi problema, los personajes femeninos que surgen en mi memoria sobre los temas tratados por Roth yVizinczey se deslavaron, los he convertido a fuerza de recordarlos y acaso de conversarlos en parodias, en historias más graciosas que dramáticas y eso no me interesa para una nueva novela amorosa, quizás en el cuento, sí. La aceptación de mi novela Tantadel, Fondo de Cultura Económica, 1975, se debió a la fuerza y el ardor del personaje femenino, el que estaba integrado por una suma de recuerdos amorosos que batían al narrador. En ese caso arranqué de la presencia de Carson McCullers en La balada del café triste, del Sabato de El túnel, de los celos deHoracio Quiroga en Historia de un amor turbioTantadel no es Graciela, Elsa o Miriam, es finalmente una ficción.
Luego de leer en Brazos de la mujer madura pensé en mis maestras de una materia fundamental: sexo y pasiones amorosas. La primera que llegó a mí tendría al momento del encuentro conmigo cerca de 40 años, yo apenas cursaba el bachillerato. Fue, considero, una pareja dispareja, sobre todo por el cinismo canalla de la juventud, mientras que ella, al menos en mi memoria, era suave y tierna, casi maternal. Nunca he hallado las palabras para narrar ese y otros encuentros iniciales, algunos con mujeres casadas antes de llegar a la universidad. No queda mucho de esas relaciones iniciáticas salvo la gratitud por el aprendizaje y el placer que me proporcionaron. Sin embargo, más aprendí de Henry Miller y de muchos otros autores que han tratado el amor-pasión, tema infinito.

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