Tantadel

marzo 16, 2015

¿Qué hacer ante los medios de comunicación?

El antipeñismo no es una moda fácil, sino el resultado de una mala relación de Los Pinos con los muy discutibles medios de comunicación y con los intelectuales y líderes de la opinión pública. La objetividad se ha perdido en una locura informativa, donde la nota roja y la información amarillista, ruidosa, se han mezclado íntimamente con la política. Cierto: es el sistema político en su conjunto quien ha provocado tales resultados. Con la alternancia política pasamos de una censura presidencial a la tiranía de los dueños de los medios, aunque es obvio que no sucede en todos los casos. La generalización es válida.

Peña Nieto es sin duda, como en mi novela El gran solitario de Palacio, mi versión del 68, el personaje principal. Padece la soledad del poder ahora medio absoluto. Transitamos a la posibilidad de decir lo que se nos ocurra. Pero un político como el presidente no debería de carecer de asesores de primer nivel en todos los campos, principalmente en el de las relaciones públicas y la comunicación. Desde que cayó en las trampas que sus enemigos le sembraron, en tanto candidato, no ha dejado de hacerlo. ¿Quiénes lo aconsejan? Al parecer nadie o quienes lo hacen son pésimos e inexpertos o sus peores enemigos.

Lo que realmente sucede es que la herencia de Fox y Calderón, quienes fueron los primeros vapuleados por los medios con total irrespeto, se ha extendido hasta llegar a las generalizaciones más grotescas o ridículas. Alguien escribió en las redes sociales en son de broma (cierta, en realidad): Los alpinistas del Pico de Orizaba subieron vivos, vivos los queremos. Que se vaya Peña Nieto. Y lo mismo ocurre en el caso de Carmen Aristegui: el único responsable es el jefe de Estado y ella es imparcial, cuando jamás ha hecho críticas severas a, por ejemplo, López Obrador o a los intelectuales que después de décadas de sumisión ante el poder, ahora lo descubren malvado y diabólico, el único culpable de todos los males y ellos los salvadores con sus tardías y seguras palabras. Que se vaya Peña Nieto.

Por cierto, sobre el tema tan mal debatido, a base de agresiones y sin reflexiones profundas, López Obrador consideró (La Jornada, sábado14) que “el conflicto entre MVS y el equipo de Aristegui no responde a presiones de Los Pinos hacia el dueño de la estación de radio, aunque señaló que muchos medios sí son presionados...” Es decir, a un conflicto de intereses individuales.

Por mí, se puede ir. Atrapado en el hielo del viejo marxismo-leninismo, jamás he votado por el PRI ni me gusta el sistema político, todo, en su conjunto. El PAN es abominable a mis ojos, como lo son el PRD posterior a Cárdenas y sin duda Morena, tan lleno de ex priistas y chapulines. Me formo mis opiniones políticas sin la ayuda de los grandes periodistas. Pero no soy ingenuo ni compro todo lo que los grandes “comunicadores” venden. Encuentro en otra parte los males de la nación, en donde también cuenta la fragilidad e ignorancia ciudadana. Sorprende más que académicos e intelectuales serios de pronto salgan con simplezas que en otro país nadie aceptaría. Ni López Obrador es Dios ni Peña Nieto el demonio.

Los políticos en general son de claroscuros y como tal debemos analizarlos. Hoy sabemos de la “Casa Blanca” y de la casa de descanso de Videgaray, pero nunca hemos sabido cómo y de qué vive Andrés Manuel. Lo justo sería demandarles a los tres explicaciones. Sólo que los aduladores de Peña Nieto son pésimos y los de Andrés Manuel son realmente notables comunicadores, que se mueven en las redes como peces en el agua del malestar social. No es un problema de carisma, sino de eficacia y cierto nivel de audacia. El primero se zarandea en la comodidad de la oposición y el apoyo de medios que aparentan seriedad, el segundo en un limitado saco de frases hechas, discursos huecos y una total rigidez, la del PRI tradicional.

Hay un vacío de buena comunicación, inteligente, crítica e imparcial que nos oriente. Por ahora es un fastidio completo ver los medios y las redes plagados de frases huecas y una retórica aplastante y apenas convincente.

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