Tantadel

marzo 11, 2015

¿Queda algo de la Revolución Mexicana?

Políticamente la Revolución Mexicana ha muerto. Su agonía comenzó al concluir el periodo de Lázaro Cárdenas, momento estelar de un movimiento que dio extraordinarias figuras, conmovió a todo el continente americano y atrajo figuras del orbe entero, incluida la naciente Unión Soviética. Entra, pues, en un hospital, cuando en 1940 el sucesor de Cárdenas, Manuel Ávila Camacho, se declara católico públicamente, sin importarle las largas luchas entre la reacción y los liberales, los conservadores y las fuerzas progresistas.

Lentamente la Revolución desaparece, sus hazañas quedan en las páginas de los libros, en los acartonados discursos de la clase gobernante y en bares ilustrados con fotos épicas de Casasola. Después del general Cárdenas, cada presidente de la República se inclina más a la derecha: cesan las políticas sociales, los logros políticos y económicos. En 1968, con exactitud, el 2 de octubre de 1968, la Revolución muere violentamente cuando fuerzas militares y policiacas, en una maniobra conjunta, asesinan de golpe a más de quinientos estudiantes. Me tocó estar en medio de aquella muchedumbre que corría desesperada de un lado a otro huyendo de las balas, viendo a mis compañeros morir. En esos momentos, México abiertamente se había colocado al lado de Estados Unidos y sólo mantenía relaciones con Cuba a causa de las tradiciones diplomáticas nacionales de no intervención y autodeterminación de los pueblos.

Sin embargo, la palabrería “revolucionaria” no acabaría sino hasta el periodo de Miguel de la Madrid, en 1984. Con él, escuchar hablar de revolución y mirar alrededor resultaba irónico y ofensivo para aquellos que por miles murieron en la gran gesta, mucho más para la memoria de intelectuales y artistas que, como David Alfaro Siqueiros y José Revueltas, sufrieron cárceles y persecuciones. Ya con Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo no existía ni siquiera el recuerdo de la Revolución. Con el PAN, concluyó una larga etapa política y económica del país.

México entra de lleno en el mundo del conservadurismo, en lo que los marxistas llamaron el reflujo; triunfa la globalización, el modelo neoliberal impulsado por Margaret Thatcher y Ronald Reagan se extiende sin importar si coincide o no con las historias patrias y los valores de tantas naciones pobres. Sin el mundo del socialismo real, derrumbado de forma estrepitosa, permite y estimula la era de las privatizaciones a ultranza, de la entrega de los recursos nacionales a empresarios extranjeros. En suma, las viejas políticas sociales y el papel del Estado rector se vienen abajo. De nueva cuenta padecemos una enferma relación entre un puñado de familias multimillonarias y millones de miserables, de mexicanos en condiciones de extrema pobreza. Contradicciones de toda índole provocadas por un capitalismo salvaje.

Sorprende que el PRI siga sintiéndose “revolucionario” o el PRD suponga, nostálgico por el cardenismo, algo semejante con su revolución democrática. Mucho más que los más inquietos jóvenes recurran a figuras simbólicas por décadas, que hoy nada o poco dicen. Tenemos “zapatistas” y “villistas”, parodias de parodias. Hay que buscar no una nueva terminología ni recurrir a figuras irrecuperables, sino pensar una propuesta ideológica lo más seria, responsable y meditada a la luz de la nueva realidad que nos rodea. No podemos seguir dependiendo de las ocurrencias de los partidos y los gobiernos. Tampoco es posible emular a lo que queda del socialismo real: quedó en fracaso completo. Las luchas siguen y muchas son graves y dramáticas, aquí y en Oriente Medio, donde entre norteamericanos e israelitas, aplastan pueblos enteros.

Ignoro si se trata de pensar en una nueva revolución, de lo que estoy seguro es que el actual edificio mexicano es por completo obsoleto. No es tolerable escuchar los llamados de líderes que piensan que su mensaje es divino (y anacrónico) o de partidos anquilosados como los existentes, que suponen tener alguna novedad o acaso, sí, su cinismo y desfachatez. Nada nuevo proponen. Ninguno de ellos. Si la sociedad está harta de los restos de la revolución que surgió esperanzadora hace poco más de un siglo, debe comenzar por concluir que no existe más, quedó atrapada en las páginas de una historia épica, y que debemos poner el reloj a la hora exacta, para romper con los propósitos siniestros del capitalismo en los tiempos de la globalización.

No hay comentarios.: