Tantadel

abril 06, 2015

Algarabía, una revista distinta

Entre los jóvenes y no tan jóvenes existe una emblemática revista amena, divertida, inteligente, dueña de una rica variedad temática: Algarabía. La buscan y disfrutan cada número. Va en el 127 y es mensual. Por añadidura, es el eje de una serie de publicaciones que incluyen revistas infantiles y libros originales. Una empresa exitosa que se preocupa por divertir y enseñar, tal como le gustaba a Cervantes de Saavedra. La veo como parte de esa mezcla audaz, vigorosa y atractiva que llamamos Nuevo Periodismo y que en México suele terminar en libros más que en artículos. Tom Wolfe, uno de sus creadores, lo definió como la hábil mezcla de literatura y periodismo. Quienes lo han puesto en práctica o intentaron teorizar sobre este fenómeno: Truman Capote, Norman Mailer, o entre nosotros, García Márquez, Ricardo Garibay y Vicente Leñero, le hallan virtudes interesantes: es una ruptura con un periodismo viejo, anquilosado y solemne. Con rigor, no es un fenómeno novedoso, para muchos viene del Diario del año de la peste, de Daniel Defoe, 1772, y para algunos profesores optimistas de Comunicación nace cuando dos conquistadores, Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo, escriben respectivamente Las cartas de relación e Historia de la conquista de la Nueva España. Algo discutible. Hoy, quienes trabajan en el tema dentro del abanico que ofrece el periodismo cultural tendrán que incluir a Algarabía. Bien lo dijo Kapuscinky: se aprende más política en una galería de arte que en los círculos del poder.

Algarabía es una publicación que tiene cualidades insospechadas. Es retadora (“Léeme y sabrás”) y sus materiales son misceláneos e inalterablemente atractivos: en el que ahora circula exitosamente hay temas sobre el lenguaje taurino, la Casa del Lago, en los momentos en que fue un lugar de constantes innovaciones, una nota graciosa sobre la Isla negra, refugio del legendario Pablo Neruda, un intenso trabajo sobre la generación que conocemos como La Ruptura, minificciones, informaciones, concursos, datos enriquecedores y divertidos y una cantidad de materiales agudos que le han dado notoriedad y convertido en un caso único. Por fortuna no tiene tonos de pesada academia ni de profundos mensajes a la humanidad, posee a cambio una muy buena y cuidada prosa, un diseño poco convencional y no es monotemática.

Algarabía es un cordial resultado del esfuerzo colectivo, un amplio grupo se esfuerza por brindarnos una revista quizás única en el país. Otras tendrán más recursos o nombres sonoros y medio huecos o manchados en su nómina. Es una publicación original y con nombres novedosos, tiene altas ventas y es codiciada por coleccionistas. Se apoya en bromas, efemérides y hasta en datos curiosos, raros. Prevalece el buen humor, la hacen mujeres y hombres que se divierten trabajando en una idea que comenzó hace más de una década, crece y se ha consolidado como una revista inteligente que sabe reunir materiales distinguidos con algunas fascinantes notas de color, como antes se decía a ciertas bromas.
El equipo que la concibe, la diseña, escribe los materiales, lo hace con pasión y eso se nota en cada número. En lo personal no soy muy amigo de revistas nacionales: las veo en los extremos: o son muy pesadas o tan ligeras y frívolas que no resisten una crítica por superficial que sea. En cambio, Algarabía se deja leer y crea hábito. En este número 127, por ejemplo, aparece un excelente trabajo sobre aquellos que formalmente dieron el paso para romper con la ruta única propuesta por la Escuela Mexicana de Pintura. Tiene datos básicos, comentarios agudos y finalmente le concede al lector un buen panorama de las nuevas manifestaciones de las artes plásticas en el país. El trabajo se llama “Rebeldes del arte mexicano”, escrito por Victoria García. Sin duda, un cercano y solidario escenario para que pintores y narradores, poetas y dramaturgos se reunieran en torno a la necesidad de romper con el arte del pasado, lo concede la nota sobre la Casa del Lago. La recuerdo en aquellos tiempos, cuando al frente estaba Juan Vicente Melo y entre los asiduos, quienes revitalizaban la cultura nacional, estaban García Ponce, Huberto Bátiz y muchos más. Allí vi una soberbia puesta en escena de La cantante calva de Ionescu, dirigida por Juan José Gurrola. En suma, era un punto que atraía a cientos de personas ávidas de buscar otras posibilidades estéticas.

Sé que no es fácil hacer que tales proyectos culturales funcionen y se conviertan en un éxito,  pero el equipo de Algarabía lo ha conseguido. No dejemos de lado que los suplementos y secciones culturales han venido a menos, sus mejores días parecen haber pasado. Los existentes son francamente discutibles, salvo esfuerzos tenaces y nobles como el de Víctor Roura. He podido comprobar que aquellos que la leen, cambian y quedan convencidos de una certeza: la buena revista o el gran suplemento, es un camino seguro y ameno para llegar a la cultura sin aburrirse.

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