Tantadel

abril 22, 2015

Arte y comunismo en México 1/2

Cuando concluyó la etapa violenta de la Revolución Mexicana, muchos intelectuales y artistas miraron los resultados y se preocuparon por el rumbo que ya se vislumbraba: una etapa de caudillos y mucha distancia con la democracia y la justicia social prometidas. Muchos pensaron en la naciente Unión Soviética y centraron su atención en crear el Partido Comunista Mexicano. Era 1919. El año I del socialismo nacional.

Participaron sí numerosos intelectuales y artistas. Pero por desgracia, lo que nunca tuvo fueron masas obreras. El fin fue anticipado por José Revueltas en un libro doloroso editado en 1962, Ensayo sobre un proletariado sin cabeza. Luego de luchas estrepitosas y valientes, siguiendo el derrumbe del bloque soviético, el comunismo mexicano se desmoronó y formó sucesivas organizaciones que cayeron en los vicios y defectos del PRI. Sin embargo, en la parte estética, el viejo PC mostró mayor coherencia que otros organismos similares. Siempre existió la idea de definir políticamente la línea cultural, darle un amplio sentido social y poner las mayores expresiones artísticas al servicio del pueblo, de las masas trabajadoras.

Entre los recuerdos personales de mis casi veinte años de militancia en dicho organismo, las tareas que el Comité Central me asignaba en mi célula eran las de diseñar una política cultural. En este trabajo estuve cerca de personajes como Juan de la Cabada y Raquel Tibol. Lamentablemente las células de intelectuales y artistas eran inestables, el propio Comité contribuía a crear cierto desorden al cambiarnos de responsabilidades con rapidez y ligereza. Por ejemplo, de la célula de intelectuales y escritores me pasaron a una de periodistas, centrada en el naciente diario Unomásuno, y al poco tiempo me reubicaron en otra célula, que nacía junto con la UAM-Xochimilco. De allí, por recomendación de Enrique Semo, pasé a formar parte del cuerpo directivo de la legendaria revista de análisis marxista del Partido Comunista, Historia y Sociedad, la que al final dirigí con Sergio de la Peña.
Si el pensamiento socialista en México tiene una larga y hermosa historia (al respecto valdría la pena releer El socialismo en México, de Gastón García Cantú), es la Revolución Mexicana la que permite un mayor avance. Definida por don Jesús Silva Herzog y por los historiadores soviéticos N. M. Lavrov, M. S. Alperovich y B. T. Rudenko como un gran movimiento democrático burgués de acentuadas características nacionalistas y antiimperialistas, con celeridad encontramos uno de los mejores caminos artísticos y culturales: el país disminuye la presencia de la cultura francesa (dominante en aquella época), se redescubre a sí mismo en las clases despojadas y en la lucha que dieron contra la dictadura y por una dignidad nueva. De este modo aparece la novela de la Revolución, la Escuela Mexicana de Pintura, el muralismo, y en la música y la danza surge un rico nacionalismo que le dará prestigio a México.

En esos años los obreros eran escasos y sin formación ideológica, los campesinos una abrumadora mayoría que vivía alimentando el rencor y el deseo de cambio. Madero no era ciertamente Lenin, pero su levantamiento contribuyó a despertar las pasiones de una nación que dormía el inquieto y sórdido sueño de la paz porfiriana. A la Revolución Mexicana pronto se sumarían los aires positivos de una revolución de más empuje en su contenido social y político, en sus intentos de borrar el viejo sistema y de iniciar una vida nueva partiendo del año I del socialismo como lo señala el marxista Víctor Serge.

México no podía ser ajeno a la Revolución Rusa. Los libros de Marx, Engels y Lenin habían llegado a muchas manos. De este modo, en 1919 nace el Partido Comunista, nace con los errores que venían de Rusia, con la notoria ausencia de obreros y con una fuerte presencia intelectual y artística. La personalidad recia de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros es prueba de ello. Su escuela estética, para 1924, es ya una hermosa realidad y la convierten en credo político. En este año, por ejemplo, el Sindicato de Obreros Técnicos Pintores y Escultores crea El Machete, una publicación legendaria dirigida por Rivera, Siqueiros y Xavier Guerrero. Poco más adelante se convertiría en el órgano del Partido Comunista. Si hemos de aceptar los datos que muchos historiadores del tema ofrecen, El Machete llegó, en sus mejores momentos, pese a la persecución y al acoso, a un tiro de 50 mil ejemplares semanales.

Pero El Machete no estaba solo, ni las inquietudes de los artistas e intelectuales eran actitudes frívolas y de simple exhibicionismo. Fueron tiempos violentos y trágicos y los comunistas supieron dar la lucha y soportar la represión. Pronto otras organizaciones culturales aparecieron. Pese a los esfuerzos de los comunistas, en el PC se hallaban muchos artistas e intelectuales, académicos, hombres y mujeres de cultura, el gran ausente era, en efecto, la clase obrera. Pero el hecho de que los más grandes artistas fueran militantes comunistas hacía que las influencias fueran muy amplias y repercutieran en la cultura nacional. La lucha política y económica la llevaban a cabo ellos mismos. Y aquí resulta curioso percatarse de que el arte no era su mayor preocupación, lo era el transformar la estructura de México, modificar las relaciones de producción. En tal tarea ponen su mayor esfuerzo. En este sentido, recordamos más el trabajo de Tina Modotti como aguerrida militante comunista, que como la notable fotógrafa que fue.

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