Tantadel

abril 19, 2015

Carlos Fuentes, el éxito como vocación

El autor de Aura desdeñó el trono vacante por la muerte de Octavio Paz
A la mayoría de los grandes escritores del siglo XX los conocí a través de mi padre. A otros como RulfoArreolaPellicerBonifaz y Fuentes pude llegar por propio pie. El éxito abrumador de este último, de fantástico cosmopolitismo y elegancia abrumadora, me llamó la atención y, a mis poco más de 15 años de edad, leí La región más transparente, me deslumbró y fui a la librería El Caballito, donde firmaría ejemplares de su novela. Permitió que fuera uno de los primeros en recibir su autógrafo. Salí emocionado y he conservado el ejemplar con amor, se encuentra en el Museo del Escritor.
Fuentes se hizo notar con Los días enmascarados, libro de cuentos que Arreola revisó. En declaraciones iniciales dijo que se iría de México para encontrar las críticas indispensables para saber qué clase de obra hacía. Supuse que era una exageración. Pero lo cierto es que no tenemos una crítica seria que nos haga saber los méritos y los defectos de una novela o un libro de poemas. Emmanuel Carballo, amigo cercano, señaló, parafraseando a Vasconcelos, que leía a Fuentes de pie. Sus panegiristas son miles (a excepción del tonto Carlos Abascal, quien prohibió a su familia leer Aura), y lo estudian en distintas facetas. Pontificaba desde Europa sobre el México que apenas conocía.
El éxito de Fuentes despertó envidias y oleadas de admiración. Jesús Arellano, un escritor de filoso humorismo, lo acusó de plagio y hasta dio pistas, tanto en La región más transparente como en Aura; en el primero la presencia del Manhattan Transfer de John Dos Passos era evidente; en el segundo, la de Henry James con Los papeles de Aspern y dio precisiones en un trabajo ciertamente ocioso, que más adelante retomaría Enrique Krauze. Nada ocurrió salvo que no le concedieron el Premio Nobel de Literatura. Carlos reconocería no el plagio, sí las influencias. En sus primeras fastuosas intervenciones de autor exitoso precisó en Bellas Artes (ciclo “Los narradores ante el público”): que ya tenía alas propias para volar. Desde entonces desdeñó a sus críticos y se hizo amigo de todo aquel que pareciera tener talento. A diferencia de PazFuentes se negó a ser caudillo cultural. Aceptó participar en el reinado de Octavio, pero pronto, a pesar de la influencia de El laberinto de la soledad y de la admiración por Piedra de sol, rompieron abruptamente luego de la publicación de un texto perverso de Krauze, interesante y de tres bandas: El guerrillero dandy. Se acabó la amistad. El novelista se limitó a decir que una “cucaracha” había dado al traste con la espléndida relación.
En su libro autobiográfico, En esto creoFuentes nada dice acerca de sus relaciones con el poder, que las tuvo; tampoco acerca de sus enemistades peligrosas, alardea sus muchas lecturas de los grandes escritores que aplacaron o inquietaron su espíritu. Es parecida a las de Collingwood y Bobbio, autobiografías intelectuales, pero sin el toque de transformador que estas dos tienen. Fuentes respiraba aires de frivolidad. Desdeñó el trono vacante por la muerte de Paz. Como a este “ogro filantrópico” le gustaba el poder y lo ejerció. En México, los intelectuales que gobiernan políticamente a la poco mundana y excesivamente antidemocrática “república de las letras” pertenecen a la estirpe de los intelectuales orgánicos, quienes con habilidad ponen su talento al servicio del poder y reciben méritos exagerados: están sobrevaluados.
Fuentes obtuvo casi todos los premios y reconocimientos con su talento y autoexilio europeo. Podría decir, so pena de ser cursi, que gobernaba espíritus y no personas, que lo respetan o fingen respetarlo. Poco venía a México, y cuando lo hacía era por una razón poderosa: la publicidad. Cultivó esmeradamente su imagen. Daba la impresión de ser insensible o ajeno a las penas familiares. Gracias al infaltable Monsiváis sabemos sus gustos cinematográficos. La fama ante todo. Es leyenda. En París se habla de él, en Viena, Nueva York, Londres o Buenos Aires, no existe país donde no haya libros suyos. No tan célebre como Rivera y Frida, su obra es referencia mexicana o casi, porque un profesor estadunidense decía irónico que era el primer autor chicano. Su elegancia y distinción fueron proverbiales en un mundo que se globaliza en ropa no casual, sino en harapos como los que hicieron célebre a su tocayo Monsiváis. Un reportero lo describió: “Sólo bebe vino blanco y champaña. Le gusta comer en restaurantes donde el trato es cálido y, por ello, en Londres, su lugar preferido es el conocido como La familia...”.
Carlos Fuentes fue capaz de reunir a los partidos en pugna. Lo amaban el PRI, el PAN y el PRD. Cruzó pantanos sin mancharse. Fue embajador de Luis Echeverría en Francia, se desgañitó señalando, junto con Fernando Benítez, que era Echeverría o el fascismo. Renunció al cargo cuando Díaz Ordaz fue nombrado representante de México en España, retornando a la heroicidad contestataria de los tiempos en que visitó a los muchachos rebeldes en París 68. Su éxito hubiera convocado las envidias de ReyesVasconcelos,Guzmán



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