Tantadel

abril 10, 2015

En recuerdo de Isabel Fraire

La noticia de la muerte de Isabel Fraire me impresionó vivamente, me la dio su hijo Rolando, con voz entrecortada y desde un auto en el que venía al DF. La distinguida poeta y ensayista perteneció a una generación memorable que aún busca a sus grandes biógrafos e historiadores, a una donde estaban narradores como Juan Vicente Melo, Juan García Ponce, Jorge Ibargüengoitia, Salvador Elizondo, Inés Arredondo, Carlos Valdés, dramaturgos como Juan José Gurrola, pintores como Fernando García Ponce, críticos como Huberto Bátis (mi primer editor en el Fondo de Cultura Económica en 1969) y Rita Murúa. Todos de talento y un sentimiento solidario entre ellos. Habría que añadir a personajes legendarios de teatro como Nancy Cárdenas, también poeta, Beatriz Sheridan, Héctor Azar, José Luis Ibáñez y Hugo Argüelles que coincidieron en una época fascinante de México, cuando aún vivían y actuaban los escritores ateneístas y los Contemporáneos y Estridentistas. Alfonso Reyes era una figura fundamental, Rulfo y Arreola se consolidaban y acababa de iniciar su éxito rotundo Carlos Fuentes. En política, José Revueltas nos inquietaba.

Isabel Fraire nació en el DF y estudió Letras en la UNAM. Enamorada de la poesía, poeta ella misma desde la adolescencia, escribió ensayos sobre poetas y narradores y fue notable traductora. Cito algunas de sus obras: Poemas, Sólo esta luz y Poemas en el regazo de la muerte, premio Villaurrutia 1978. Su especialidad fue la literatura inglesa, lo prueban trabajos como Seis poetas de lengua inglesa. En 1966 fue incluida en la más severa antología de cuantas se han realizado, Poesía en movimiento dirigida por Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis, que siempre me hace pensar en la exitosa canción “Poesía en movimiento”, de Johnny Tillotson que estuvo en el primer sitio del Hit Parade en 1960.

La generación a la que pertenece Isabel Fraire es anterior a la mía. La suya brillaba. No se trataba de una generación accesible, era difícil, arrogante y en más de un aspecto autodestructiva. En una época trabajaron en la Casa del Lago, su paso por allí fue sin duda célebre y borrascoso. La convirtieron en un auténtico centro de arte y cultura, donde prevalecían la provocación y un espíritu renovador que no ha vuelto a darse.

Imagino que mi generación quedó en deuda con ellos. No sólo por sus propios libros, sino porque introdujeron una multitud de narradores y dramaturgos europeos, cuya lectura sigue siendo trascendental para los nuevos escritores. Poco interactuamos nosotros y ellos. De mi parte, entrevisté a Juan García Ponce y Salvador Elizondo. Conversé con el mejor de los humoristas, Jorge Ibargüengoitia, tuve el honor de que Juan Vicente Melo escribiera el primer ensayo importante sobre mi trabajo inicial y entrevisté en radio a Juan José Gurrola, unos meses antes de morir, quien me pareció un genio lleno de insolencia y desprecio por aquellos que aunque estuvieran rodeados de mucho prestigio, él no los consideraba talentosos. Dijo cosas francamente irónicas y poco usuales en México. Admiré profundamente a todo el grupo de Isabel, sin importar cuánto desdén mostraron algunos hacia nuestra generación, la siguiente, la que Margo Glantz tuvo el desatino de calificar como la onda y más adelante, en un segundo libro, poner más distancia entre ellos y nosotros, al titularlo Onda y escritura.

Isabel Fraire también fue ensayista. Sus trabajos no sólo son agudos y hermosos, se preocupaba por la figura inconmensurable, la prosa perfecta, de Juan José Arreola, el hombre generoso con tantas generaciones y autores que la lista se pierde, la fotografía del México profundo de Héctor García, el cine de Juan Manuel Torres, otro compañero suyo de generación, quien muriera prematuramente, la literatura de Juan Vicente Melo, a quien yo miraba tan desprotegido e inocente en un mundo perverso, generoso en una sociedad avara y egoísta. Lo visité en Jalapa poco antes de su muerte: los dolores lo consumían, pero nunca perdió la lucidez, su gusto por la música ni su capacidad para escribir bellamente. Isabel estudió asimismo a Pound, Eliot, Stevens, Cummings y Cardenal.

De aquellos escritores que me impresionaron, pocos quedan. Isabel Fraire fue una sobreviviente de un grupo inteligente, culto y fascinado por el arte. Es en efecto una poeta de especial sensibilidad y periodista de altos vuelos que muestra una faceta que ninguno de sus compañeros tuvo: el interés por las cosas del mundo político. Debe su fama, sin embargo, a la poesía. En México tendría que ser considerada y leída como gran autora de poesía. Pero el país padece una pésima memoria y vive con una preocupación pseudo intelectual: estar al día, saber cuáles son las novedades. A Fraire la seguirán leyendo dentro de muchos años. Su estrecha vinculación con la poesía principalmente inglesa y norteamericana, le dan un toque de fina elegancia. Octavio Paz lo dijo de mejor manera: “Su poesía es un continuo volar de imágenes que se disipan, reaparecen y vuelven a desaparecer. No imágenes en el aire: imágenes de aire. Su claridad es la diafanidad de la atmósfera en la altura…”

Por desgracia un largo prólogo que escribí para sus ensayos políticos y sociales reunidos, se extravió. Llevaré su conducta gentil y sensible y su hermosa poesía hasta el fin de mis días. A mi alrededor el mundo que conocí desde la niñez desaparece, pocas figuras quedan. Estoy desolado.

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