Tantadel

abril 01, 2015

Fernando Sánchez Mayáns, poeta y dramaturgo

Fernando Sánchez Mayáns no fue otra cosa que un poeta, un poeta superior. Algunos podrían refutar mis palabras y decirme que también fue dramaturgo, ensayista, diplomático y promotor cultural. De acuerdo. Pero aún en tales casos siguió siendo un poeta de altos vuelos, soberbio, dueño de las más complejas formas del verso. En efecto, es un brillante dramaturgo, ensayista excepcional, un diplomático, pero en todos los casos vive el poeta. Incluso como amigo, su trato y conversación era la de un distinguido escritor de limpios y hermosos  versos. Nunca pudo ni quiso sustraerse a su vocación original, la que adquirió en su natal Campeche, cerca del mar y de los suyos, reafirmada en los años de infancia que transcurrieron en Baja California y los que más adelante le permitirían estudiar literatura en la ciudad de México. Después, en Nueva York, Miami, Roma, Guatemala o Barcelona, confirmaría plenamente su maestría en poesía. En el mundo de la diplomacia, como Jaime Torres Bodet, Octavio Paz y José Gorostiza, tampoco dejó de ser poeta, trabajó y actuó como tal, con la dignidad del prodigioso hacedor de metáforas e imágenes, de símbolos maravillosos que nos permiten, dada su riqueza, darles tres, cuatro interpretaciones.
Dentro de la rica gama poética, Fernando Sánchez Mayáns seleccionó básicamente el soneto. Quizá porque es una forma poética magnífica y sugerente, tanto así que ha sido utilizada, en sus distintas variantes, por grandes poetas: Dante y Petrarca, Ronsar y Shakespeare, Baudelaire y Mallarmé; más recientemente por Ezra Pound. En nuestro idioma, Sor Juana, Jorge Guillén, Alexaindre, Gerardo Diego y Dámaso Alonso lo escogieron para expresar pasiones y sentimientos. En México, Carlos Pellicer y Griselda Álvarez han sido sonetistas de excelencia. Dentro de esta lista de primer orden, Fernando Sánchez Mayáns ocupa un lugar cómodo, fundamental: los ha escrito genialmente, con brillantez y originalidad, con metáforas suaves y muy hermosas, deslumbrantes. Margarita Michelena, severa y feroz como crítica, notable escritora, quien asimismo cultivó esos célebres catorce versos o líneas, dijo que “a Sánchez Mayáns con La muerte de la rosa, en la que culminan sus grandes facultades de poeta y ser pensante… se le dan los sonetos con la más fina lozanía; se le dan porque es poeta de inagotable invención e irreprochable rigor”.
Llama la atención, por otro lado, que a semejanza de Shakespeare, Fernando se expresaba principalmente como poeta y dramaturgo. Ambos, ahora lo veo con claridad, le dieron al teatro la dignidad del lenguaje poético.
No he sabido, pues, de otro Fernando Sánchez Mayáns que no sea poeta. Haga lo que haga. Uno de los mejores trabajos sobre el poeta-dramaturgo es el escrito por Vicente Leñero y que sirve de prólogo a Tres obras de teatro. Allí es analizado el autor que velozmente tuvo un enorme éxito, desde casi adolescente. Su trayectoria es impresionante y llena de triunfos. El mayor es, sin duda, Las alas del pez, una obra premiada una y otra vez. La recuerdo bien, la vi en 1960 dirigida por Fernando Wagner, hay una intensa poesía en cada diálogo, en cada personaje, en toda la trama, particularmente cuando Daniel, el pez, pierde las alas en un final conmovedor. Otro más, sin duda, es el de Felipe Garrido y sirve como entrada al Teatro completo, editado por Conaculta y Escenología en 2004, volumen que incluye Sentencia conyugal, una novedosa pieza que no ha sido puesta en escena.
Felipe Garrido señala la vigencia del teatro de Fernando Sánchez Mayáns y es verdad: una sociedad que de nuevo se halla desesperanzada tiene en su dramaturgia un espejo dónde reflejar su incertidumbre, su desencanto ante el presente y la desconfianza ante el futuro. Fernando, y Salvador Novo lo hizo notar, “nos asoma a una vida, una atmósfera, un momento social, con sus auténticas palpitaciones…, de acuerdo con su tiempo”. Lo que ocurre es que ahora confirmamos que los errores se repiten, la historia es cíclica y cada generación enfrenta retos parecidos, algunas veces atroces, bajo diferente ropaje, vestidos o disfrazados para la gran obra dramática que es la vida cotidiana. En tal sentido, en El pequeño juicio, obra en un acto, se debate algo fundamental: los usos que nuestra sociedad le concede a la ley. Es una acabada metáfora del México que bien conocemos, con sus peores vicios políticos, sociales y culturales. No deja de ser interesante que en otra obra, Sentencia legal, la ley, como en Fuenteovejuna, quede en manos de la sociedad, es decir, en las del público que asiste al teatro y a quien el fiscal le pide el veredicto. Fascinante (inquietante es un mejor término en este caso) resulta el teatro de Fernando Sánchez Mayáns; como todas las obras mayores del arte, jamás pierden vigencia.
Ayer estuve pensando en el amigo querido, muerto hace ya varios años.

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