Tantadel

abril 05, 2015

Ficciones bíblicas

En el cielo había (y tal vez sigan existiendo) injusticias, desigualdades, preferencias de Dios.

El sueño del donjuán
El sueño maravilloso, perfecto, de Casanova, de don Juan Tenorio y de todo conquistador amoroso, es cuanto antes llegar al cielo: porque saben que allí los aguardan, inquietas, once mil vírgenes.
“Pero ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?”
Cuando Dios recibió los resultados del censo celestial, entre asombrado e indignado, preguntó: ¿Ninguna virgen, teníamos once mil? Sí, señor, repuso tímido el arcángel que llevaba los datos, pero eso fue antes de que llegara Casanova.
La lucha de clases, ¿el principio del Demonio?
Sobre el Demonio, el soberbio Príncipe de las Tinieblas, he escrito reiteradamente, bajo la influencia del libro Historia del diablo, dondeDaniel Defoe deja traslucir su simpatía por ese ser enigmático e injustamente tratado. Nadie como él para mostrar la perversión de Dios, su maldad y sus bajas pasiones al mostrar algo atroz: la envidia. Ante la belleza y la consecuente vanidad de Luzbel, el Señor optó por vengarse haciéndolo caer en el infierno convertido en ser de fealdad inhumana.
Sin embargo, y luego de escribir El Evangelio según René Avilés Fabila, que implicó una exhaustiva investigación sobre todos los textos bíblicos y los escritos posteriores al cristianismo primitivo, hasta nuestros días, interpretaciones serias y lamentables, obras de genio como la deSaramago, aventuras estilo Hollywood como El código Da Vinci, caí en la cuenta que la verdadera historia del Demonio estaba más en Karl Marx que en la Biblia.
La interpretación de la derrota del ángel más hermoso, estaría más o menos en los términos siguientes. Si en el cielo todo es armonía, perfección y belleza y en apariencia nada la turba, ¿por qué entonces se dio una rebelión de ángeles encabezada por Luzbel?
Espartaco, un esclavo, fue capaz de erguirse contra sus amos romanos y el ejemplo fue seguido por miles y miles de hombres y mujeres privados de su libertad. Roma tuvo que echar mano de todas sus legiones y recursos para derrotar la revuelta. El origen fue la excesiva brutalidad impuesta a los esclavos o simplemente el hecho de que fueran sometidos y eliminada su libertad. Un momento decisivo es la eterna lucha de clases, una vez que la propiedad privada y el Estado surgen como tremendo y monstruoso Leviatán. Espartaco, lo cuenta de modo doloroso Howard Fast, murió crucificado.
Todo ello significa que en el cielo había (y tal vez sigan existiendo) injusticias, desigualdades, preferencias de Dios, una suerte de contradicción principal entre habitantes celestiales que todo lo tenían y otros que eran menos afortunados. Lo que Marx llamó sin ambages lucha de clases.
Lo ocurrido en el cielo no fue simplemente la caída del “soberbio ángel Luzbel”, como le llama el poeta Salvador Díaz Mirón, sino un intento de insurrección angelical encabezada por uno de ellos. Defoe habla en la obra citada de “la mitad del cuerpo angelical, o del Ejército de serafines”. Esto indica la violencia de la lucha resultado de una serie de injusticias o excesos del poder de Dios y sus más cercanos colaboradores. No hay duda, pues, que el Paraíso prometido como recompensa a una vida impecable, libre de pecados, puede ser un sitio donde el malestar de los menos afortunados puede llevar a otro amotinamiento, brote de rebeldía o de plano a una revolución incruenta en la que Dios pierda el poder y, al fin, exista una democracia celestial perfecta.
Los dinosaurios y la Biblia
El niño se acercó a su piadosa madre para preguntarle por los dinosaurios. ¿Qué son, cómo eran, cuándo existieron? Miró a su hijo con afecto y dijo:
—Son inventos de la ciencia y la literatura, no existen, jamás existieron. Tu padre y yo somos atentos lectores de la Biblia y sabemos que nunca aparece una sola mención a esas bestias terribles. Como recuerdas, en el Arca jamás hubo dinosaurios. Imagínate, con el tamaño que les atribuyen, no hubieran cabido en ella. La Tierra no es tan vieja como dicen los libros científicos actuales, fue creada por Dios poco antes de la aparición de Jesucristo. De tal manera que nada tiene una antigüedad de más de cinco o seis mil años. Ahora, niño, por favor, déjame rezar a gusto.
El pequeño, y ello es normal, aceptó como absoluta la sabiduría materna y siguió jugando con sus dinosaurios de plástico, ahora con una certeza: no existieron y, por lo tanto, jamás se extinguieron. En los museos de historia natural habitan enormes y habilidosos inventos de fósiles hechos por enemigos de la religión.

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