Tantadel

abril 08, 2015

La cultura en la UAM

De las tres funciones sustantivas de una universidad pública: docencia, investigación y difusión de la cultura, la UAM se ha hecho potencia en las dos primeras, sin embargo y esto carece de explicaciones lógicas, no posee una profunda difusión cultural, aquélla que incluso pensaba trabajar dentro de las unidades y vincularse al entorno que las rodea. Hoy las puertas no están tan abiertas al tiempo como indica nuestro lema. Acaso nos hemos cerrado entre nosotros mismos. Poca interrelación tenemos entre los campus. En estos días, luego de cumplir cuarenta años, he escuchado con alarma un desaforado chovinismo que preocupa. No somos solamente Xochimilco, Azcapotzalco e Iztapalapa, somos cinco unidades sumadas con la creación de Cuajimalpa y Lerma, y allí radica nuestro potencial. No bastan las declaraciones exaltadas sobre nuestra grandeza individual, sino intercambiar información con las unidades restantes.

La UNAM ha tenido décadas y décadas para crear una infraestructura sobresaliente. Tiene en sus institutos de investigación alta academia que puede presumir sin rubor y una asombrosa cantidad de premios nacionales y de miembros del SNI. No tenemos por qué verla como competidora sino como una universidad fraterna que pudo crecer ayudada por mejores tiempos. Sin embargo, en más de un aspecto, la UAM repite los éxitos de la que llamamos Máxima Casa de Estudios, olvidando que somos un proyecto alternativo que tiene que buscar, y obtener, su propio camino, distinto del modelo napoleónico, de escuelas y facultades. Nosotros tendríamos, por añadidura que revisar las formas en que trabaja el modelo divisional por el que hemos optado con severo espíritu autocrítico, enmendar errores, desviaciones y reforzar los éxitos de la docencia y la investigación, hoy tan llena de papeleos engorrosos, que doblegan el espíritu libre del docente-investigador.

El descuido más visible radica en la difusión de la cultura y aquí es alarmante. Pocas veces hemos tenido funcionarios culturales de alto rango y dedicados a crear una política cultural general y otras por unidades, respondiendo a las necesidades y peculiaridades de cada una. Recuerdo cuando hace más de treinta años tuvimos en Xochimilco largas discusiones para ver cómo crearíamos las áreas de investigación. Hoy funcionan y dan resultados positivos, son células por afinidades y temas y son asimismo interdisciplinarias.

¿Y la difusión cultural? Cada unidad marcha como puede y a veces lo hace bien, pero pocas veces hemos tenido intentos (yo recuerdo algunos de los iniciales) de sentarnos a discutir qué hacer en cultura. No pocas veces he sentido el desdén de ser literato en un mundo de científicos duros y sociales. Exactamente hace cuarenta años, una economista de Xochimilco me dijo irritada: ¿De qué nos sirve un escritor?, olvidando mi formación académica de Ciencias políticas. No me ha sido fácil ascender. Tardé años en llegar a titular “C”, porque no se sabía cómo valorar una novela, un ensayo literario o un libro de cuentos.

La concepción de una nueva universidad parece no haber descuidado ningún aspecto. Hay un bien fundado optimismo y poca autocrítica. El medio que nos rodea a las universidades públicas, en general a la educación, no es el más adecuado. Lo podemos comprobar con los números que son pésimos y preocupantes. El Estado ha olvidado su papel rector y sobre todo ha descuidado a una de sus mejores creaciones históricas: la cultura y la educación.

La UAM tiene la obligación de buscar desesperadamente las maneras de modernizarse, de tener recursos adicionales, como ya lo hacen otras universidades públicas. Los tiempos han cambiado y nos son hostiles. Necesitamos reorganizarnos pensando que estamos inmersos en un mundo globalizado por el neoliberalismo, aún así, las universidades públicas deben preservar lo mejor de nuestra historia y nunca perder de vista los aspectos sociales, justo ellos, son la razón de nuestro trabajo. Es el desafío y no es poca cosa, especialmente si consideramos la indefensión en que el actual Estado mexicano nos ha dejado. Si antes era un impulsor formidable (Luis Echeverría fue quien por una extraña mezcla de razones académicas y políticas, dispuso la creación de la UAM), ahora con Peña Nieto, como corolario de gobiernos cada vez más distantes de los valores que fortalecieron a la educación pública, avanzamos como podemos con presupuestos cada vez más mezquinos.

El capitalismo mexicano es torpe e incompetente: en naciones como Alemania, Japón o Finlandia, la educación es la clave del desarrollo. La educación y la cultura.

En México el sistema político nacional es la garantía perfecta de mantener y aumentar nuestro formidable subdesarrollo económico, político y cultural. Podemos dejar el atraso en que nos ha metido el Estado, pero será creando nuevas formas de adquirir recursos y modificando la mentalidad de quienes prácticamente habitamos en la educación superior, lo que implica repensar el sindicalismo universitario y los conceptos de pésima política que nos detienen y nos convierten en mercados públicos llenos de grafitos simplones. Ignoro qué tanta validez tienen hoy las palabras del presidente Salvador Allende pronunciadas en Guadalajara: “La revolución no pasa por las aulas”. Pero hay algo claro: sin un proletariado fuerte y progresista, con un campesinado atrasado, con partidos de una clara ideología izquierdista, con medios oportunistas e intelectuales desorientados al servicio del poder, carecemos de puntos de apoyo para la transformación. La lucha para evitar las graves contradicciones que nos brinda la globalización capitalista persistirá largo tiempo.

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