Tantadel

abril 03, 2015

La plaga de los zombis llega a la política

Hasta 1968 y por culpa del cineasta George A. Romero, los mortales pensábamos que los zombis eran exclusivamente parte del folklore de un país pequeño (la mitad de una isla) y con una historia realmente trágica y no exenta de interés político desde que fue colonizada por franceses y poblaron la isla de negros. El personaje de mayor interés fue sin duda Toussaint Louverture, quien antes de convertirse en dictador, fue el autor de la independencia en 1795 y en consecuencia la primera república de América. Poblada principalmente por negros traídos de África como esclavos, le dieron a Haití peculiaridades y rarezas que han hecho un punto de referencia macabro. Dueños de un bizarro catolicismo donde predominaron tradiciones traídas desde sus lugares nativos, lograron resucitar muertos y ponerlos a perseguir vivos no sin antes aterrorizarlos con actitudes más que dramáticas, risibles.

Una vez que Georges A. Romero convenció a todo el planeta que era un genio con escasos recursos, arrancó la manía de hacer filmes y libros sobre muertos vivientes. Los hemos tenido de toda clase y ya hoy resultan ridículos e idiotas, con muecas absurdas y pasos robóticos. Pese a que son ya un lugar común principalmente en la cinematografía, siguen atrayendo a los espectadores más vacuos. Allí tenemos la saga de la Milla Jovovich y hasta el héroe Brad Pitt se han enfrentado a estos monstruos ahora producto de un perverso laboratorio o víctimas de la contaminación. En la literatura no hay novedades. Refritean las películas que ya son parodias de parodias del peor gusto, aunque de pronto aparece alguna hecha con talento y un par de glamorosas mujeres audaces, con un guión más o menos original, que respeta una idea preestablecida: los zombis son idiotas por más que ya algunos han optado por pensar, por razonar.

México no es muy original desde hace años. Menos en cine. Ya las momias aztecas lucharon contra el Santo y Blue Demon. Y otros galanes han salvado inocentes féminas de los muertos vivientes. Con idénticos resultados, perdieron. Ahora noto alarmado que los zombis han pasado a las letras. Un montón de narradores de escasa imaginación han recurrido a ellos. No deja de ser cercana a la recuperación de una novelística pseudohistórica, cuya fórmula es simple. Tomas una gran figura de la historia y le añades cualquier cantidad de pendejadas. Que el libertador sea homosexual o un mujeriego, que se enamore de su sobrina, en fin, no hay mucho que inventar, sino calumniar sin méritos literarios. Ninguno es Fernando del Paso.

Recién he leído que para los narradores mexicanos “el zombi es un recurso literario para hablar de los medios actuales”. Híjole. Qué profundidad. En consecuencia, un buen grupo aborda  historias de muerte, violencia, ajuste de cuentas y, ¡sopas!, añoranzas por la eternidad. Con este bagaje cultural y filosófico ahora tenemos un montón de zombis mexicanos. Perfecto.

Nos falta hacer algo más original y serio: que los políticos sean zombis. Por lo pronto ya hay datos: a los fanáticos de López Obrador les llaman “pejezombis”. Bien vistas las cosas, los políticos mexicanos sin excepciones son zombis, tienen cero ideas y con esa formación peculiar se lanzan a gobernar a una población ingenua y desconcertada. Le tiene pánico a los zombis llamados políticos, saben de sus facultades y de su capacidad para asesinar y devorar mexicanos. Sin tener consciencia han agotado presupuestos y salen de mausoleos como el PRI, el PRD, el PAN, el Verde Ecologista, Morena y demás basura a hacer de las suyas con movimientos más risibles que pavorosos.

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