Tantadel

abril 15, 2015

Mi amor por la brevedad literaria

En varios artículos he dejado claro por qué me desconcierta la disyuntiva: obra de gran aliento o brevedad. No he respondido. En los difíciles tiempos modernos, en el poco tiempo que dejan para leer, en los muchos competidores que la literatura tiene (cine, radio, televisión, pasquines, campañas políticas...), el ciudadano pierde horas para transportarse de un punto a otro; el del campo no encuentra una librería en varias leguas a la redonda. Y, como si lo anterior fuera poco, la crisis no tolera la compra de muchos libros al mes. Entonces: ¿por qué insistir en redactar obras de mil páginas o más? ¿No es esto una inconsecuencia o una grosería para los lectores? 

Repasando mis papeles me he encontrado con unos dedicados a Augusto Monterroso, sobre cuya argumentación quiero volver. Al parecer, y la idea estaba más desarrollada en notas anteriores, las grandes extensiones (que tanto fatigaron a Borges, que Marcel Schwob despreció y que Torri, Arreola y Valadés jamás quisieron abordar) impresionan a ciertos críticos y a la totalidad de los lectores. Tito Monterroso, de hermosísimos cuentos-gota en contraposición a las novelas-río, explicaba “que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos…” Me parece que, al revés, el autor de inmensas novelas inacabables en el fondo pretende redactar una historia de media página. La novela no es, como dicen algunos críticos malos, el género rey. Si la literatura fuera una ciencia estaría en el mismo nivel de popularidad Monterroso con sus pequeñeces geniales y Vargas Llosa con sus formidables novelas en dos tomos.

Personalmente, sin afanes críticos, ni como escritor que lo mismo he recurrido a la novela de trescientas cuartillas que al cuento de una línea, como simple lector, amo la brevedad, aunque este amor pasional no haya sido obstáculo para penetrar en mundos densos y totalizadores como los de Balzac, Víctor Hugo o Tolstoi. Considero que los textos cortos sugieren, despiertan la imaginación, lo hacen a uno meditar, reflexionar, paradójicamente, de manera larga y profunda, y esto entre nosotros lo ha probado en demasía el gran artista y maravilloso amigo Edmundo Valadés, quien escribió obras maestras del género breve y nos hizo conocer joyas universales de la síntesis. Ya en mi papel de narrador, a los entrevistadores siempre les he confesado ser más cuentista que novelista. Mi bibliografía, alrededor de 35 títulos, solamente tiene siete u ocho novelas, el resto son cuentos, la mayoría, más de trescientos, de unas cuantas líneas. Lo curioso es que comencé escribiendo un libro largo, Los juegos y al contrario de Juan García Ponce, he ido quitando páginas al texto literario, hasta dejarlo en un par de frases.

Mi respeto a la brevedad no es reciente. En 1970 existía una notable asociación, la Comunidad Latinoamericana de Escritores. El presidente era Carlos Pellicer, y en el resto de los cargos estaban Demetrio Aguilera Malta, Pedro Frank de Andrea, Carlos Solórzano, Ernesto Mejía Sánchez, Manuel Mejía Valera y Fedro Guillén. Para su boletín (el número siete) confeccioné una diminuta antología del cuento breve del siglo XX en México. Al efectuarla descubrí que no abundaban los textos cortos, aun así pude hallar valiosos trabajos de Alfonso Reyes, quien inicia la antología, y de otros como Julio Torri, Juan José Arreola, Ricardo Garibay, Eduardo Lizalde, Andrés Henestrosa, Salvador Elizondo, Carlos Valdés, José Emilio Pacheco y José Agustín. El investigador Lauro Zavala la ha citado como la antología mexicana inicial.

En el año de 1958, José Agustín y yo habíamos descubierto a Rulfo y Arreola y pronto tuvimos en las manos el primer libro de Tito Monterroso: Obras Completas (y otros cuentos). Desde el título estábamos impresionados gratamente. La lectura nos sumergió en un tipo de literatura fantasiosa, de enorme precisión y exactitud, donde las palabras ocupan su lugar adecuado y nada está de sobra. Un finísimo humor complementa la obra. El volumen de cuentos, rápido, llegó a la segunda edición, pero después transcurrieron los años y poco sabíamos del quehacer literario de Monterroso; ocasionalmente sus colaboraciones en revistas y suplementos culturales nos lo hacían presente. Si mal no recuerdo, lo conocí en casa de Manuel Mejía Valera, en una fiesta magnífica en donde estaban José Luis Cuevas, Óscar Chávez y Jaime Torres Bodet.

Diez años después de aparecido su trabajo inicial, Monterroso volvió a publicar: esta vez fue un libro muy importante, La oveja negra y demás fábulas. Utilizando géneros tan antiguos como la misma literatura, Tito creaba algo novedoso: textos que invitan al goce artístico y a la reflexión, siempre en medio del buen humor. Más adelante aparecieron Movimiento perpetuo (1972), Antología personal (1975), en donde el prólogo tiene seis líneas, Lo demás es silencio (1978), La letra E (1987). Los tengo dedicados por el autor, a veces fueron firmados en mi casa, otras en la suya, en un bar o en algún tedioso encuentro de escritores. Buena parte de su trabajo es mezcla de géneros: fábula (rompiendo la forma tradicional), ensayo, cuento, autobiografía, juegos de palabras endiabladamente ingeniosos y la totalidad de esta literatura coloca a Monterroso como a un verdadero grande de las letras, aunque él prefiriera escribir que era pequeño desde pequeño.

Para que esta nota quede completa, añadiré que Augusto Monterroso, a quien no le gustaba el Paraíso (“lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve”), me trajo de La Habana, hace años, mi más breve libro editado como una sorpresa para mí por la Casa de las Américas, Los fantasmas y yo: una antología de algunos de los cuentos más pequeños que he escrito sin querer, pues me encontraba absorto pensando en lo  hermoso que sería redactar un libro de mil páginas.

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