Tantadel

abril 20, 2015

¿Persiste el compromiso del intelectual?

Viendo la política mexicana, tendríamos que aceptar que las ideologías han muerto y que la nueva historia se hace con el triunfo de una praxis seleccionada y montada con palabrería. El intelectual no cuenta más. Marx poco habló del compromiso político del intelectual. Más lo hicieron Lenin, de pasada, Trotski con mayor profundidad, y Gramsci estudió las relaciones entre el intelectual y el poder. El estalinismo le dio un peso excesivo y sin duda brutal al compromiso, le pedía demasiado al artista, pero sobre todo le exigía complicidad y silencio, le exigía mentir y la pena de muerte era el castigo a todos aquellos que se negaban a caer en el grotesco juego de Stalin. Por ello, durante décadas, en Europa y luego en América Latina, el tema se discutió infatigablemente con resultados absurdos. De pronto un mediocre poeta resultaba un gran creador por ser un hombre comprometido con las luchas políticas y al revés, un autor de la talla enorme de Borges fue descalificado por la izquierda de su tiempo al comprobársele que no admiraba a los soviéticos ni a los cubanos y sí, a cambio, aprobaba la guerra de Vietnam y la presencia de tiranuelos asesinos como Pinochet. Fue el comienzo de una guerra feroz que el narrador y poeta argentino miró con total desdén, seguro como estaba de su genio, de ser el único escritor del siglo XX que había creado una revolución literaria.

Hace muchos años entrevisté a docenas de escritores mexicanos, a todos les formulé la pregunta que más me gustaba: ¿qué tanto un intelectual debía comprometerse con la sociedad, servir de orientador en el cambio radical? La mayoría se veía a sí mismo comprometido políticamente con la izquierda, ésa que hoy no existe, la que se diluyó con los triunfos perredistas y derivaciones panfletarias como Morena. Augusto Monterroso me contestó preguntándome con agudeza qué le pedía a un bombero: ¿compromiso social o capacidad para eliminar el incendio? La respuesta es obvia: el bombero tiene como principal tarea apagar el fuego. Pero, y aquí estaba mi duda, qué ocurre cuando deja de ser bombero para convertirse en un ciudadano común, es decir, cuando no hay incendios: podría ser un crítico del sistema que mal le paga y lo mantiene en completa indefensión ante los elementos económicos sin control.

Es decir, el intelectual no sólo escribe, hace arte, también reflexiona socialmente y tiene que votar y dar clases y conferencias y hasta opinar sobre política por más ajeno que se diga o sienta a ella. Claro, aquél que se ha metido a trabajar al servicio del sistema no tiene voz o sus palabras carecen de valor o mérito en cuanto al tema político. Pero ¿y los demás? ¿A fuerza deben ser útiles al gobierno esté quien esté allí? ¿Qué necesidad tienen los artistas en vincularse de modo servil al poder? ¿No saben que la historia se recupera del desconcierto que los medios provocan y recapacitará ante la actitud de escritores como un Héctor Aguilar Camín o una Elena Poniatowska, quienes han puesto su talento al servicio de quienes tengan poder y sepan compartirlo?

El gobierno de Fox, sin proponérselo, dio una excelente radiografía de los artistas e intelectuales. Masivamente modificaron sus criterios ideológicos, de priistas más o menos avanzados, se pusieron a sus órdenes. Allí siguieron, en la diplomacia y en la burocracia cultural. Muy atrás quedaron los buenos ejemplos donde los artistas se mezclaban con la política crítica, como Sartre, Alberti, Simone de Beauvoir, Brecht, Bretón, Neruda, Revueltas y Vallejo. Mario Benedetti lo decía de manera más dura: “Se me ocurre que sería muy lamentable para cualquier artista auténtico la mera aceptación de la idea de que una de las posibles funciones de la obra de arte sea la de absolver mágicamente a su creador de todas sus cobardías. El hecho de que reconozcamos que una obra es genial, no exime de ningún modo a su autor de su responsabilidad como miembro de una comunidad, como integrante de una época”.

Es cierto que por ahora son las redes sociales quienes hacen la crítica más aguda y maniquea, pero también es cierto que, por necesidad de tener “héroes” y caudillos, han perdido de vista su tarea de denunciar corruptelas y manejos turbios de un escritor afamado. Hay literatos que hacen su carrera y fortuna a fuerza de adular. La lista es larga y canalla. La miramos en los medios con disfraz de mártires y dueños de la verdad absoluta.
La mayoría de nuestros intelectuales y artistas imaginan que basta con intentar la obra maestra, el resto no importa. Tal parece que el solitario acto de crear (pintar, escribir, componer, esculpir) no fuera un hecho social. Cierto, al escribir una novela o un poema estamos únicamente frente al papel. Pero ese papel, la pluma, la máquina, la computadora, han sido confeccionados por manos de trabajadores explotados y enajenados por sus patrones, líderes sindicales y por la pesada estructura socioeconómica existente. Y si pensamos en esto, la soledad disminuye o cobra un sentido diferente.

   Sin embargo, los tiempos han cambiado, pocos parecen recordar que la política y el arte pueden y deben tener puntos de contacto, pero no en el empleo burocrático y los apoyos materiales traducidos en premios y caricias oficiales, sino en la posibilidad de ser críticos e impulsar los mejores valores de la humanidad.  Nadie debe impedirnos pensar que la historia no recuperará la imagen difícil de aquellos novelistas y poetas que optaron por restarle tiempo a su arte y vivir con larga miseria para ser críticos del país y hacer tareas por todos aquellos que se han convertido en una preocupación fingida: los millones de pobres de México y los conflictos internacionales que nos afectan. Debemos recuperar las obsesiones de los surrealistas, quienes buscaban transformar el arte y también la vida.

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