Tantadel

abril 29, 2015

Rogelio Cuéllar, el artista inmenso

La invención de la cámara fotográfica no sólo produjo asombro, creó una nueva forma de arte. Hoy es testimonio y parte fundamental de la estética dentro de una concepción más amplia e inteligente. Quien mejor sugiere una nueva visión al respecto es Gilles Lipovetsky triunfando sobre aquellos que se empeñan en detener el tiempo en los clásicos, sin duda postura válida, pero inactual. La definición de cultura se ha enriquecido.

Algunos de los comentarios más lúcidos sobre la cámara fotográfica le corresponden a Susan Sontag. En su libro Sobre la fotografía, precisa: “El inventario comenzó en 1839 y desde entonces se ha fotografiado casi todo o eso parece. Esta misma avidez de la mirada fotográfica cambian las condiciones del confinamiento en la caverna, nuestro mundo. Al enseñarnos un nuevo código visual, las fotografías alteran y amplían nuestras nociones de lo que merece la pena mirar y de lo que tenemos derecho a observar. Son una gramática y, sobre todo, una ética de la visión. Por último, el resultado más imponente del empeño fotográfico es darnos la impresión de que podemos contener el mundo entero en la cabeza, como una antología de imágenes”. Tal reflexión me obliga a recordar que durante mis años iniciales, conocí el mundo a través de imágenes. La palabra fue posterior, cuando aprendí a leer. Las tarjetas postales que mi padre me hizo llegar de Italia y Francia fueron un punto clave para entender la magnitud y complejidad del mundo que me rodeaba: Roma y París eran muy distintas a México. Más tarde vi fotografías de otro tipo, que me condujeron a una visión íntima: al conocimiento del cuerpo humano, femenino y masculino. Hasta entonces nunca lo vi con detenimiento, en detalle, no me parecía hermoso, era simple envoltura y nada más. Fueron las fotos de desnudos las que me hicieron reflexionar en el cuerpo como arte, no la pintura curiosamente. Las imágenes que vi fueron de Tina Modotti, ella misma, retratada por su esposo Edward Weston. La mujer artista y revolucionaria fue un asombroso descubrimiento: su plácida y rotunda belleza despojada de ropajes me cautivó.
Pese a las acciones de la censura, la fotografía y el erotismo se relacionaron muy pronto y muy pronto fueron arte, no simple provocación pornográfica. El desnudo es natural, parte de la historia, desde la antigüedad a la fecha, encontramos pueblos enteros que prescinden de ropa o utilizan sólo la necesaria más con fines de protección ante el clima que con motivos púdicos.

Siguen sucediendo cosas inexplicables. El desnudo femenino ha terminado por ser aceptado, ¿y el masculino por qué no? En alguna época dirigí el suplemento cultural, El Búho, donde solíamos mezclar las imágenes con los textos. Los artistas acostumbraban mandar mujeres desnudas. Pero un día un pintor envió el dibujo de un hombre desnudo. Las líneas eran de una enorme belleza y la postura tenía toques románticos. La publicamos. Tanto los directivos del diario como los lectores nos llenaron de protestas. Era posible soportar un cuerpo femenino sin ropas, pero no el de un hombre.

La mojigatería no sólo se ha ensañado con la literatura y la pintura, más recientemente con la cinematografía y la fotografía. De muchas maneras es la continuación de una pugna que nace en Occidente con la consolidación de los valores cristianos impuestos por una clerecía retrasada destinada a manipular los valores antiguos, venidos de muy hondo, de la Grecia Clásica, por ejemplo, y que busca mantener un predominio pleno utilizando paradigmas que ciertamente han funcionado. Nada hay que ocultar del ser humano, así pensaron Johnn Lenon y Yoko Ono al dejarse ver desnudos en su disco Unfinished Music 1: Two Virgins de 1968. La vestimenta es para protegerlo del clima, no para salvar almas. Los más arrojados artistas plásticos se atrevieron a mostrar los cuerpos desnudos, jamás los vieron pecaminosos sino bellos. Admirar la hermosura del desnudo es normal. En México la poeta Griselda Álvarez elogió abiertamente el cuerpo del varón despojado de ropas, para ella la perfección total, plena.

México ha producido fotógrafos de talla internacional, Manuel Álvarez Bravo y Dolores Álvarez Bravo, Pedro Meyer, Héctor García… Entre los que han destacado recientemente tenemos a Rogelio Cuéllar, en búsqueda siempre de la belleza desmesurada. La obra que ahora edita la UAM-X, muestra a un fotógrafo plenamente lúcido, maduro y sabedor del punto donde está la hermosura del cuerpo humano. Preocupado por la experimentación, ha sido capaz de mostrarnos la belleza del amor-pasión, de los seres desnudos, los momentos más notables del encuentro de la pareja. El desnudo es un tema muy frecuente, y siempre provocativo, en la historia de la fotografía: desde que Louis Jacques Mandé Daguerre usó su propio invento en 1839 para retratar esculturas desnudas hasta Rogelio Cuéllar, el cuerpo despojado de indumentarias, expuesto a la atención del público sensible o acaso morboso, las lentes, antiguas y modernas, con instantáneas o cuidadosamente posadas, los secretos del ser humano han sido mostrados. Fue en sus orígenes un negocio, pero asimismo un arte que continuaba la tradición de pintores y escultores de mostrar desnudos. Las relaciones lésbicas, el coito, el pene y la vagina aparecieron con claridad. Las prohibiciones y actos de censuras fueron inmediatas. Igual que todo lo prohibido prosperó y finalmente se convirtió en arte, en erotismo sincero. Como el que ahora hallamos en la obra de Rogelio Cuéllar, una distinguida manera de utilizar la lente.

Rogelio Cuéllar nació artista, consolidó su vocación con la fotografía. En lo personal no lo imagino sin ella desde hace lustros que lo conozco. Me gustan sus fotografías, sabe dónde está la luz adecuada y el momento exacto del clic, lo que no es fácil. Oprimir un botón no es complicado, pero conseguir que esa acción instantánea se convierta en obra maestra, es distinto. Las imágenes de Cuéllar son delicadas, poéticas. Son un paso en la historia de la fotografía, formas innovadoras, aunque viene en línea directa de las imágenes eróticas del viejo daguerrotipo, es visible el avance que corresponde a la visión del mundo moderno, menos conservador y en plena búsqueda de otro tipo de belleza.

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