Tantadel

abril 27, 2015

Un escritor memorable: Alejo Carpentier

El nombre de Alejo Carpentier es parte íntima de mi biografía literaria. No me atrevería a ponerlo como una influencia sobre mi trabajo, nada más complejo que inútilmente tratar de meterse en su delicado y puro barroquismo, de largas e impecables descripciones, una filigrana prosística impecable. Desde luego que no. Lo es porque desde joven lo leí y amé, porque me orienté cultural y políticamente por sus opiniones inteligentes y porque al final fue generoso con su tiempo y me dejó ser su amigo. No tengo otras pruebas que varios libros suyos con cálidas dedicatorias, a veces llenas del buen humor que lo caracterizaba.
Si he de comenzar por el principio, lo conocí en casa de un importante editor español asociado con Martín Luis Guzmán, supongo que alrededor de 1964. Entre los invitados, no más de siete, estábamos José Luis Martínez, Emmanuel Carballo, Gustavo Sáinz, José Agustín y yo. Oírlo era entrar a un reino maravilloso, de ingenio y sabiduría, inteligencia y buen humor. Narraba sus viajes, encuentros con grandes personalidades y anécdotas que todos festejábamos por la agudeza. Aunque el centro de la plática era la naciente Revolución Cubana y la manera en que esperábamos que cambiara América Latina y quizás África, Alejo intercalaba historias sobre Diego Rivera, Igor Stravinski y André Breton. Los más jóvenes éramos los más callados. Yo esperaba al final entregarle un papel con unas cinco preguntas sobre su literatura. Algunas eran pedantes e insufribles, otras de un simplismo total y todas padecían lo que Lenin pudo calificar como infantilismo de izquierda. No me atreví a darle la hoja de papel escrita en máquina.

Cuando llegué a París a principios de 1970, llevaba mi máquina de escribir, la dirección de Severo Sarduy, los saludos de Emmanuel Carballo para Alejo Carpentier y más nada. Lo busqué en la embajada y pregunté por él. Una secretaria me dijo en perfecto cubano que estaba ocupado escribiendo un prólogo sobre Thomas Mann, imposible recibirme. Dejé un recado. No acababa de salir cuando Lilia, su esposa, me alcanzó: “Chico, espera, una cosa es que no pueda recibirte esta semana, otra que no quiera verte. ¿Qué tienes en tu agenda para el viernes próximo?”. Acabo de llegar, no conozco a muchas personas y sólo tomo el Metro de Place Gambetta a Luxemburgo, donde recibía clases. Quedé en ir a su casa a cenar.

Qué deslumbramiento, acababa de llegar y ya tenía una invitación a cenar con Alejo Carpentier, autor de novelas dentro de la escuela que él mismo creó: lo real maravilloso, como El siglo de las luces, El reino de este mundo, El recurso del método, La consagración de la primavera, El acoso, Viaje a la semilla. Periodista por añadidura, musicólogo y excelente pianista, algo que me confirmaron músicos de la talla de Luis Herrera de la Fuente.

A esa reunión inicial se sumaron muchas otras. Siempre había personajes invitados, recuerdo una noche en que me correspondió sentarme junto a Julio Leparc, entonces celebridad del cinetismo. Evidentemente el eje de las pláticas era Alejo, un momento hablaba de Eremburg, en otro de Picasso y más adelante contaba alguna de las ruidosas bromas de Diego Rivera o de Artaud.

En 1971 obtuve uno de los premios de la Casa de las Américas y fue el pretexto para que Alejo me preguntara si ya conocía Cuba. No, es una pena, respondí. Se puede subsanar, dijo Alejo, y al mes estaba yo en La Habana, recorriendo emocionado sus calles y participando de una legítima euforia popular.

Años después, en Milwaukee, entablé una cordial amistad con el narrador norteamericano de origen cubano, Premio Pulitzer con su novela Los reyes del mambo tocan canciones de amor, Óscar Hijuelos. Lo primero que hizo cuando supo de mi amistad con Carpentier fue preguntarme cómo era personalmente. Le interesaba su prosa narrativa. Del otro extremo, el cubano Cabrera Infante, en su memorable novela Tres tristes tigres, hace una formidable parodia del estilo barroco de Alejo, al narrar la muerte de Trotsky.

Las cosas en Cuba han sufrido modificaciones y poco queda del optimismo revolucionario y de los llamados de Ernesto Guevara para crear el hombre nuevo. Alejo Carpentier ha muerto y a mí me quedan sus libros firmados, su sonrisa franca y su plática que inalterablemente era una clase de la más divertida cultura universal. Hace algunos años visité en La Habana la casa donde vivía su viuda, Lilia, pregunté por ella y un cuidadoso portero me dijo: la señora está muy enferma, no recibe visitas. Me entristeció saberlo.
Supongo que es una ociosidad decir que su valía está más allá de los premios, obtuvo el Cervantes y el Medicis Extranjero, pero no está de más señalar otra pifia de la penosa Academia Sueca: no haberle dado el Nobel a un hombre de especial talento y de serio y distinguido compromiso político.


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