Tantadel

abril 26, 2015

Un gigante llamado Diego Rivera

En el terreno político, el gran muralista mexicano osciló, tuvo diversas actitudes, todas ellas dentro del marxismo.

a ciudad de Detroit, impulsada justamente por la Ford Motor Company, en 1986 festejó el nacimiento del pintor como uno de los actos más espectaculares, en donde hubo, entre otras cosas, mesas redondas y conferencias sobre la vida y obra de Rivera. Todo concluyó con una magnífica cena de gala: los señores con smoking y las damas de largo, para brindar con champaña por un comunista.
Uno de los caminos por los que llegué al marxismo fue mi admiración porRivera y por Siqueiros. Al primero jamás le vi, me limité a contemplar cientos de ocasiones sus murales y cuadros. Al segundo, lo entrevisté por televisión (Canal 13) y, más adelante, lo traté en Cuernavaca y en París. La lucha política que ambos dieron, en especial Siqueiros, me pareció formidable, parte de un pasado irrepetible.
Diego Rivera en lo político osciló, tuvo diversas actitudes, todas ellas dentro del marxismo. Fue estalinista, pero en algún momento de su vida se acercó a la legendaria figura de León Trotsky, no sólo le ofreció la hospitalidad de su casa, sino que abrazó las posiciones del revolucionario ruso.
Finalmente, Diego se alejó del trotskismo y volvió al seno de la Tercera Internacional. Hasta su muerte, militó en las filas del perseguido, equivocado y heroico Partido Comunista. La suya fue una militancia decidida, no era simplemente un carnet, salía a las calles y combatía por sus ideas.
Quizá su actitud más firme, más decidida, fue el antiimperialismo. En murales, cuadros y proclamas manifestó su aversión por la “última fase del capitalismo”. Tuvo problemas en Estados Unidos y en México, pero jamás modificó su criterio. Sabía de la peligrosidad del imperialismo y lo combatió sin importarle las consecuencias. Tuvo la osadía de aceptar murales en distintos puntos de la Unión Americana, en donde pintó imágenes y símbolos progresistas. ¿Quién no recuerda sus obras solicitadas y destruidas por Rockefeller a causa del mensaje político que destilaban?
La vida de Diego Rivera fue apasionante. Es difícil separar la verdad de la leyenda, como señalaba Ilyá Ehrenburg. Su fabulosa mitomanía lo impide. Pero hay hechos concretos, parte de la historia que nos brinda elementos para juzgar su obra portentosa y su inquieta vida. Ciertamente le correspondieron tiempos complejos, tanto en el arte como en la política. Los comunistas de aquellas épocas eran dogmáticos, sectarios y de una ortodoxia poco común a causa del ascenso del fascismo, de la guerra y de las contradicciones nacionales e internacionales que los condenaban irremisiblemente a una vida de persecuciones y trabajo clandestino y agresiones.
En EU tuvo admiradores, el viejo Henry Ford fue uno de ellos; también tuvo enemigos irreconciliables. Lo más curioso es que dentro de estos últimos estaban comunistas estadunidenses, quienes lo condenaron por “haber pintado en edificios capitalistas”.
Los errores de la Unión Soviética, la fuerza de la Alemania nazi, el deterioro de las potencias europeas, el surgimiento de Estados Unidos como país plenamente imperialista, el cerco tendido a la URSS para estrangular al naciente socialismo, en fin, todo creaba un clima sofocante y la claridad en las luchas políticas y aun artísticas no era lo normal.
Pese a todo, Diego Rivera supo destacar, crear una fuerte leyenda en torno a su personalidad, en donde la política, un arte combativo, las mujeres y las declaraciones truculentas (como aquella de comer carne humana para mejorar el cuerpo y la mente), fueron unos cuantos elementos para escandalizar burgueses.
En un homenaje a Siqueiros, en la entonces Rotonda de los Hombres Ilustres, invitado por el INBA, hablé de la impresión que de niño me produjeron los murales de los llamados tres grandes de la pintura nacional. Ahora no estoy tan seguro de que me causen la misma emoción, en especial cuando a su alrededor únicamente miro turistas bobalicones, frecuentemente yanquis, tratando de descifrar sus mensajes obvios y hasta ramplones, mientras que los mexicanos pasan de largo sin conmoverse.
Lo más curioso en esta relación personal es que estuve en Detroit, en ese inaudito homenaje de cuatro días que la Ford (fiel a la memoria de su creador) le hizo a Diego Rivera. Fui, representando a Excélsior, elegante, tal como me lo exigió el protocolo por la obra de un artista marxista que luchó siempre contra el imperialismo estadunidense. Entre los cientos de invitados (una élite intelectual y artística internacional) no estuvieron, como en el lejano 1932, algunos trabajadores descendientes de los ocho mil obreros que defendieron los frescos de la destrucción que proponían las fuerzas anticomunistas.
Ver la totalidad de la obra de caballete de Rivera reunida en la antigua fábrica de autos, donde están algunos de sus mejores murales, fue algo emocionante en mi vida. Inolvidable.

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