Tantadel

mayo 27, 2015

Arte y periodismo

Mi pasión por la literatura de Truman Capote arrancó cuando leí A sangre fría, recién publicada y yo muy joven. A partir de ese momento, he tenido una inmensa admiración por el periodista y literato. Siempre me he preguntado cómo un hombre tan lleno de genio y capaz de utilizarlo para escribir algunos de los grandes libros de nuestro siglo sea capaz de dejarse atrapar por las drogas y el alcohol, en detrimento de la belleza física y el talento. Truman Capote estuvo sometido a tratamientos, una y otra vez fue a parar al hospital, sus amigos le abandonaron o desaparecieron, y él no podía detenerse. Su muerte ocurrió el 23 de agosto de 1984. Por alguna razón que no recuerdo llegó a mi poder el cable que anunciaba su muerte y aún lo conservo. Poco antes, en Madrid, había comprado Música para camaleones y leído en el vuelo de regresó a México. Su prosa es perfecta, sus observaciones agudas, cada relato una obra maestra. Es un autor que puedo leer una y otra vez. Desayuno en Tiffany’s, A sangre fría, Otras veces, otros ámbitos, Las musas son escuchadas, son libros que procuro usar como textos con mis alumnos. Más aún, a uno de mis cuentos le puse “Miriam”, en evidente homenaje a Truman por su maravilloso y perfecto relato que lleva este mismo nombre. Y sus declaraciones que tanto escandalizaron (Soy homosexual, soy alcohólico y soy un genio) me encantaban. De su generación admiro a Norman Mailer, pero tal vez me siento más satisfecho con la literatura de Capote.

En la biografía que Gerald Clarke escribió sobre Truman Capote parece no quedar nada fuera, están su infancia, sus años de formación, el éxito, quiénes fueron sus amigos, quiénes sus enemigos, a dónde viajó, cuáles fueron sus amantes y la manera en que escribió algunos de sus más importantes libros. Sin embargo resulta curioso que para narrar su muerte apenas utilice una media docena de páginas y recurra a una serie de observaciones médicas sobre las razones de su fallecimiento. Capote era un ser destructivo y autodestructivo; sus relaciones eran por regla general tormentosas. Avanzó hacia el triunfo a grandes pasos y no supo qué hacer con él, cómo administrarlo. Una sociedad refinada y frívola lo consumió. No tenía sesenta años cuando murió.

“Hepatitis complicada con flebitis y múltiple intoxicación por fármacos diversos”, según el forense que efectuó la autopsia. Clarke habla con timidez de un posible suicidio, no deseaba darse otra oportunidad. Le faltaba mucho por escribir, entre ello un libro prometido, Plegarias atendidas, estaba harto de sus viajes al hospital, de la incomprensión de quienes lo rodeaban y optó por una sobredosis. El biógrafo nos recuerda que antes habían muerto Marilyn Monroe y Montgomery Clift, dos personas que se entendían bien con Capote y también habían desaparecido diversos compañeros de andanzas como Tennessee Williams, a quien por cierto está dedicado Música para camaleones. ¿Para qué, entonces, seguir viviendo? Sin fuerzas para defenderse, se dejó caer en el alcohol y en las drogas, sentía pasión por los fármacos (contemplaba las pastillas como joyas) y más de una ocasión tomó fuertes dosis de coca. Cierto, había tenido éxito y un tanto fastidiado poco esperaba de él, se sabía un clásico de la literatura. A diferencia de la mayoría no le importaban los reconocimientos internacionales, tenía asegurado al público lector, cosa que, por ejemplo, ha perdido más de un premio Nobel con el tiempo. En estas condiciones, si Capote sentía que ya poco o nada le quedaba por hacer, ¿por qué seguir en el mundo de los vivos? Había frecuentado la muerte una y otra vez, en los hospitales parecía morir por minutos y hasta por horas. Lo más infortunado para nosotros, sus devotos lectores, fue que se enamoró de la muerte y se le entregó por completo. Cuando falleció casi nada quedaba de aquel hombre ambicioso, arrogante y atractivo que fue. Sus últimas palabras fueron dos: “Siento frío”. Es claro que junto a él estaba esa dama hermosa y terrible que llamamos muerte y que la humanidad ha preferido darle una apariencia sombría o esquelética.

Tal vez Gerald Clarke olvidó en su intento por reconstruir la vida de Truman Capote, uno de los hombres más fascinantes y talentosos de nuestra época, que desde que comenzó a vivir iba hacia una muerte dramática, poco común. No regresa a sus orígenes, como si se tratara del Ciudadano Kane, llega al final que había vislumbrado desde pequeño. Sólo que para tenerlo, antes había que pasar por una vida intensa y un éxito deslumbrante.


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