Tantadel

mayo 22, 2015

El humor en la literatura mexicana

En nuestro país el humorismo y la fantasía son géneros ajenos, apenas cultivados. Tampoco aparecen frecuentemente en el resto de América Latina, excepción hecha de Argentina. Me gustaría saber con exactitud por qué razones los latinoamericanos miramos con mínimo respeto al humorismo y a la literatura fantástica. Algunos sociólogos de dudoso paladar artístico afirman que se debe al sentido trágico que padecemos, el que nos obliga a ser realistas y solemnes. Y viéndolo bien, es posible que no estén alejados de la verdad. América Latina es un medio continente infeliz, pero baila, canta, juega futbol, grita eslóganes agresivamente nacionalistas... Está contenta, dicen las encuestas. En realidad lo que trata es de olvidar la compleja situación que la mantiene abrumada: deuda externa, dificultades políticas, inestabilidad económica, ahora el narcotráfico y unas no sencillas relaciones con las naciones del llamado Primer Mundo.

Pero centrémonos por ahora en el humor y hablemos sólo de México. Aquí consideramos al humorismo literario como algo menor, acostumbrados como estamos a escribir dramas y a considerar al mundo un inmenso valle de lágrimas. Y esto también puede ser cierto. No creo que un indígena despojado, obligado a una vida miserable, de explotación perpetua ?si pudiera y supiera leer? apreciaría la lectura de Swift o Bernard Shaw. Antes tendrá que resolver problemas primarios de compleja solución. Claro, esto es un caso extremoso. Miremos a la clase media intelectual, ésa que compra libros habitualmente y va a las universidades, el resultado es parecido: prefiere el realismo, un realismo solemne. Es decir, tampoco sabe reír. Habría que hacer una investigación para saber con exactitud sus preferencias en materia literaria. Mientras tanto, hay que conformarse con tener a la mano una precaria lista de humoristas.

Jorge Ibargüengoitia, sin duda nuestra mejor carta en tales terrenos, decía que invariablemente sus familiares le preguntaban: ¿Por qué no escribes libros serios, deja esas tonterías (imagino que se referían a Los relámpagos de agosto, La ley de Herodes, Maten al león o a sus espléndidos artículos de Excélsior, parte de ellos recopilados en volumen: Viajes en la América ignota). Y ?perdonen la inmodestia? yo he pasado por las mismas: muchas personas, mis alumnos universitarios entre ellos, me interrogan: ¿cuándo escribiré sobre las tragedias de los campesinos mexicanos y la explotación y la miseria de nuestros obreros? Una hermosa alumna uruguaya, en la Facultad de Ciencias Políticas, me recriminó: “En sus libros no está clara la lucha de clases. Tampoco veo las tragedias de los explotados.” Su sectarismo iba parejo con su solemnidad, su belleza fue lo único que me impidió reprobarla.

En realidad sí he escrito sobre temas políticos tangibles, los que siempre son una desgracia. Corrupción, creciente criminalidad, ineptitud de políticos y funcionarios. En Los juegos y en El gran solitario de Palacio, por ejemplo, dos obras realistas, hice algo o mucho de crítica social, sólo que la hice con sentido del humor, utilizando la sátira y la ironía que ?suponía y supongo? llegan más lejos y calan más hondo, sobre todo cuando tenemos lectores avezados. No debemos olvidar lo que significó para la lucha antinazi la película de Charles Chaplin El gran dictador, que pudo ridiculizar a Adolph Hitler y restarle más fuerza que cien obras serias. Me gustaría saber algún día que mi Solitario ha servido para desgastar el terrible presidencialismo mexicano.

No podemos negar el proverbial sentido del humor del mexicano. Por supuesto, existe. Sólo que no se encuentra en la literatura. Se halla en conversaciones chispeantes de cantina, en los letreros de camiones materialistas, en las insolencias que decimos cuando pasa frente a nosotros una mujer guapa; existe embozado para satirizar a la política nacional (y aquí hay cierta razón para el ocultamiento: el Estado ha perseguido a la broma política, a la sátira contra el régimen, a la caricatura graciosa, al chiste porque sabe que desgasta la figura del alto funcionario público y lo vuelve tan falible como cualquier otro). Lo más curioso es que el mexicano, en términos generales, no ha sabido explotar la riqueza humorística que posee, en cuanto se sienta frente a la máquina o frente a la computadora, para estar a tono, se pone trascendente. En efecto, no escribe pensando en posibles lectores o críticos, lo hace, para entablar un diálogo intenso y aburrido con la Historia (con mayúscula, por supuesto). Nadie esquiva el trato con la solemnidad. El humorismo literario está en buena medida, dentro de nuestras letras, en Arreola, en el citado Ibargüengoatia, en Tito Monterroso. También se presenta en José Agustín, Parménides García Saldaña y María Luisa La China Mendoza, y sobre todo en los más jóvenes, generaciones que han sacudido a la “seriedad” y a la solemnidad para tomar las cosas con sentido del humor, con desenfado y naturalidad.

El camino en este sentido ha sido lento. Mientras que en Inglaterra, Francia, Estados Unidos, digamos, el humorismo se desarrolla sin mayores contratiempos, en México padece tortuguismo, pero hay esfuerzos para ir más rápido, dejando de lado la atroz solemnidad, que si bien nos atrae el respeto de las buenas conciencias, nos garantiza el sueño de los lectores. Es un magnífico soporífero con la ventaja de no crear hábito.

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