Tantadel

mayo 10, 2015

El nacimiento de Frankenstein y Drácula

La Villa Diodati se queda sola con los fantasmas de quienes la habitaron y los monstruos que crearon para alejar el tedio.

El 18 de junio de 1816, en Ginebra, junto al lago Leman, en la Villa Diodati, se reúne un grupo que, de muchas maneras, alcanzará la celebridad: Mary Shelley y su esposo, lord Byron y John William Polidori, quien ha llegado hasta el sitio en calidad de secretario del notable poeta romántico. Son días húmedos y aburridos: para ahuyentar el tedio recurren a la literatura fantástica germana, poblada de seres extraños y sobrenaturales. El centro de la reunión es un Byron ya famoso. Propone redactar una historia fabulosa. “Escribamos cada cual un cuento de aparecidos”, precisa Mary Shelley. El opio, el hachís y el vino estimularon el talento y la imaginación de estos seres portentosos que representaban lo más avanzado de la sociedad.
Del grupo, sólo dos escribieron el tema sugerido: Mary Shelley y John William Polidori. De tal manera nacen El doctor Frankenstein o el moderno Prometeo, de la primera, y El vampiro, del último, un cuento que al ser editado en Londres, 1819, le fue atribuido a Byron, ya que lord Ruthven, el vampiro de Polidori, tenía algunas de sus características: elegancia, belleza física, cierta crueldad, refinamiento, sensualidad, inteligencia y origen aristocrático. Byron rechazó la autoría. La novela se convirtió en un clásico, en tanto que el cuento seguirá un camino discutible e incierto. Pero, por olvidado que tengamos a Polidori, puso en su malvado personaje los elementos que en lo sucesivo tendrán los demás vampiros, incluido Drácula,de Bram Stoker.
A pesar de la antipatía que Polidori le producía a Byron, lo condujo hasta la Villa Diodati, quizá para lastimarlo. Polidori no era un recién llegado a la literatura, escribía, traducía y su padre tuvo tratos con Horace Walpole, autor de magníficas novelas góticas, entre otras El castillo de Otranto. Pero Byron era impredecible, temperamental: de un lado, amaba las más nobles ideas libertarias, del otro era capaz de descender a los infiernos. Es decir, el inmenso poeta de Childe Harold (por cierto, según narra Mary Shelley, el Tercer Canto fue escrito y leído en esa Villa) respetaba las ideas progresistas y al mismo tiempo gustaba, como BaudelaireDe Quincey y Poe, de algunas perversiones.
El grupo de Villa Diodati no corrió con buena suerte. Byron pereció a los 36 años de edad luchando por la libertad de Grecia; Shelley, a los 29 ahogado en el golfo de La Spezia, y Polidori se suicida, enloquecido, cercano a los 25. Tampoco Mary es más afortunada: muere en 1851 a los 53. Parecieran víctimas de una maldición. La Villa Diodati se queda sola con los fantasmas de quienes la habitaron fugazmente y los monstruos que crearon para alejar el tedio.
Frankenstein, sin grado académico ni alternativa, ha llegado a ser una celebridad: la novela de Shelley sigue vendiéndose por millones y el cine ha hecho innumerables versiones. No hay duda de que algunas películas son excelentes. como la que hiciera famoso al actor Boris Karloff en 1931 y la que ha dirigido y actuado el británico Kenneth Branagh, cuyo espantable ser interpreta de modo convincente Roberto De Niro. Sin embargo, ningún filme o versión teatral ha logrado mantener intacto el espíritu de la novela, su hermoso trabajo de prosa, su inteligente estructura y respetar la tesis de la inmortalidad del hombre enfrentada a Dios o la naturaleza. La creación del doctor Frankenstein nunca tuvo nombre, pero ha tomado prestado el de su artífice literario. Y Frankenstein, como Drácula, representan profundos cambios tanto en la ciencia, como en la religión y desde luego en la moral. Creo que particularmente en la obra de la Shelley el hombre reta, como Prometeo, a los poderes celestiales y logra vencerlos, aunque el castigo por ello es terrible e impiadoso.
En cambio, Polidori con lord Ruthven no tuvo tanto éxito. El cuento El vampiro, al desligarlo de Byron, fue muy criticado. Pese a ello ha sido guía de los subsecuentes vampiros. El cuento es, a mi juicio, impecable, pero concluye abruptamente, como si al autor le quemara las manos.
Es probable que nunca haya habido una reunión tan fructífera para el arte como la de Villa Diodati. No dudo que en otros momentos hayan coincidido personas de igual genio, pero en ese momento, el trágico grupo fraguó, como un juego, a dos celebridades: el vampiro que cuajaría con Drácula de Stoker y en la monstruosa criatura del doctor Frankenstein, hecha con pedazos de cuerpos humanos, dos prodigios que ya forman parte de los mitos de la cultura occidental y que, pese a versiones paródicas, siguen aterrorizándonos y estimulando nuestra creatividad. Fueron dos seres condenados por sus autores a una patética soledad, a vivir siempre incomprendidos por una sociedad inalterablemente atrasada. Pero hay algo claro: Mary Shelley y Polidori consiguieron el sueño de la humanidad: vencer la muerte.

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