Tantadel

mayo 13, 2015

Juan José Arreola o la perfección literaria

Juan José Arreola fue un maestro en todos los sentidos. Arreola sabía más de los demás que de sí mismo, ahora estoy seguro, he podido confirmarlo con las relecturas y el recuerdo de sus largas conversaciones. Por tal razón se anticipaba a sus críticos de aquella época y que hoy son sus más rendidos fanáticos. “La acusación tan reiterada que se me ha hecho de manierista, de amanerado, de filigranista, de orfebre, lejos de ofenderme, me halaga. Dentro de mi experiencia personal, incluso en mis textos juveniles hay algunos pasajes en los que reconozco que he conseguido mi propósito. Lo que yo quiero hacer es lo que hace cierto tipo de artistas: fijar mi percepción del mundo externo, de los demás y de mí mismo.”
Los críticos y los escasos lectores en México, siempre pedantes y demandantes, sin saber nada sobre los misterios de la creación, le pidieron a él y a Juan Rulfo más de lo que podían o querían dar y así contribuyeron a su silencio literario. Arreola, en todo caso, se salvó debido a que también era un escritor oral. Todos los días algún “exigente” pedía otra novela de Rulfo o el nuevo libro de cuentos de Arreola, sin saber de las dificultades estéticas y de los problemas sicológicos que los rodeaban. No todos son torrentes o ríos interminables. Con maestría y rigor, dueño de un talento excepcional, con una belleza agresiva y una calidad que sorprende y abruma, construyó una obra de modestas extensiones, sí, pero de una grandeza ilimitada.
Arreola (así lo pienso porque lo he leído y observado desde mi juventud) no aceptó el muralismo sino el cuadro de caballete, las miniaturas. No quiso ser Beethoven o Wagner sino Chopin, Liszt o el Paganini de los Caprichos, no el de los conciertos. Ambicionó escribir, y lo consiguió, cuentos irrepetibles, textos de un virtuosismo maravilloso. Dudo mucho que se haya propuesto alguna vez redactar la fatigante novela-río que a Vargas Llosa o a Fuentes tanto les deslumbra. Fue desde sus orígenes a la precisión, a la economía verbal, a las más hermosas imágenes, porque Arreola, que bien utilizó la prosa, interiormente fue un poeta perfecto. Lo sabemos porque sus citas más recurrentes son versos, a veces dichos en español, otras en francés y otras más en inglés o en italiano.
Él dijo: “Tal vez mi obra sea escasa, pero es escasa porque constantemente la estoy podando. Prefiero los gérmenes a los desarrollos voluminosos, agotados por su propio exceso verbal.” Más adelante precisó: “He escrito poco porque me limito a extender la mano para cortar frutos más o menos redondos. Sólo en casos muy contados he hostigado una idea. Los cuentos se me plantean como oleajes, ritmo, marea. Me gusta reflexionar en la necesidad de que las abstracciones se vuelvan concreciones, porque es una especie de nostalgia de belleza y de forma.”
También fue un espíritu original. Al contrario de lo que sus críticos afirman, no anticipó a Julio Torri ni fue epígono de Jorge Luis Borges o Kafka. Fue un escritor perfecto al que las palabras le permitieron, como a otros los colores o los sonidos, hacer arte sublime, perfecto.
Hoy nadie lo critica ya. Ha entrado por méritos propios en la consagración, aunque sigue siendo un escritor de élites, de minorías. Pero en el pasado fue acusado una y otra vez de extranjerizante, de no ser un espíritu nacional. Juan José respondió: “Yo me apoyo aparentemente en mi índole de mexicano, por eso mi lucha ha sido desesperada y algunas veces incomprendida. Incomprendida, porque es de buen gusto tacharme de extranjerizante; desesperada, porque me muevo dentro de un tipo de literatura en el que abundan escritores notables.”
Arreola vio bien el mundo, su mundo, su universo. Conocía a sus detractores y les restaba importancia, sin embargo, siempre tuvo, tarde o temprano una respuesta para todos ellos. Definió bien a los mejores escritores de su tiempo como Fuentes, Borges y el propio Rulfo. Pero básicamente desdeñó los afanes de crítico literario que todos llevamos dentro. Se preocupó por escribir en lo más íntimo de su espíritu y a ser extrovertido para compensar su falta de excesos literarios. Lo más raro es que siempre hizo literatura. De sus palabras, del Arreola oral, han salido multitud de obras. La palabra educación, Y ahora, la mujer, Arreola y su mundo, sus autobiografías contadas. Todavía hay material radiofónico y televisivo suyo, sólo es cuestión de hurgar en aquellos sitios donde Arreola hizo alarde de buen decir.
Este tipo de libros orales, que Arreola contó o dictó o que fueron el resultado de sus palabras, pudieron quedarse dispersas, pero Jorge Arturo Ojeda reunió discursos y pláticas y los convirtió en libros. Otro tanto hizo su hijo Orso Arreola y Fernando del Paso en largas entrevistas realizadas antes de la muerte del escritor.
¿Por qué? Porque sencillamente Arreola tuvo en su interior un bien organizado discurso de hermosas palabras e inteligentes conceptos. Sólo hacía falta dejarlo hablar (o tal vez obligarlo): Por su boca brotaban en torrente impetuoso metáforas, imágenes, ideas, palabras, todo ello de fascinante prosodia invisible, de bella sintaxis inasible. Se ha señalado una y otra vez, con la devoción y el respeto debidos, que Arreola tenía notables capacidades histriónicas; fue asimismo o antes que otra cosa, actor y su mundo no sólo fue de libros y escritores, también lo fue de escenarios y personajes. Más de una vez, Arreola se mencionó a sí mismo como un juglar en cuya modernidad se notaba la nostalgia de mejores tiempos. Creo que Claudia Gómez Haro logró definirlo de manera magistral: “escribir y hablar son las dos alas de una misma ave y esta ave fantástica es Juan José Arreola.”

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