Tantadel

junio 14, 2015

Carson McCullers y la literatura sureña 3/3

Describió personajes de una gran complejidad sin recurrir a muchas palabras, sólo ateniéndose a los gestos y movimientos de manos.

Los mexicanos nos sorprendemos del éxito local que pronto alcanzaron algunos de nuestros narradores. Pero Carson McCullers a los 22 años era una celebridad. El corazón es un cazador solitario la reveló como una novelista de talla internacional. Los siguientes títulos sirvieron para confirmar la opinión y extender su fama con traducciones múltiples y versiones cinematográficas.
No es un caso único. Raymond Radiguet falleció poco después de los 20 años. Meses antes había escrito El diablo en el cuerpo, y Rimbaud, sin cumplir 30, enmudeció: todo lo había escrito ya. La perdurabilidad de McCullers se debe no tanto a sus historias terribles como a su fuerza expresiva. En Reflejos en un ojo dorado, dentro de una escena violenta, el capitán Penderton va del tono frío (“Me das asco”) al iracundo (“¡Te mataré!”); Leonora “se quitó el jersey, hizo una bola con él y lo arrojó a un rincón. Luego, con toda intención, fue desabrochándose el pantalón de montar y se lo quitó. En un momento se quedó desnuda junto a la chimenea. Su cuerpo resultaba magnífico frente al fulgor dorado y naranja del fuego. Sus hombros eran tan rectos que las clavículas formaban una línea preciosa y pura. Entre sus pechos redondos había venas azules y delicadas. Pronto alcanzaría su cuerpo la plenitud de una rosa de sueltos pétalos, pero ahora la suave redondez estaba sujeta y disciplinada por el deporte. Aunque permanecía allí de pie muy quieta y plácidamente, había en todo su cuerpo una vibración sutil, como si al tocar su carne rubia se pudiera llegar a sentir el lento y vivo fluir de su sangre lozana”. Una descripción de un fino erotismo, que continúa mientras la extraña mujer se pasea desnuda por la casa con movimientos lánguidos y sensuales, observada a través de la ventana por el perturbado soldado Williams, el personaje más oscuro de McCullers.
Poco más adelante, en la hermosa y sorprendente descripción de la señora Penderton, McCullers escribe: “Leonora Penderton no temía a los hombres, ni a los animales, ni al diablo. A Dios no le había conocido nunca. Si oía el nombre del Señor se acordaba de su padre, que algunas tardes de domingo leía la Biblia. Dos cosas recordaba de aquel libro con claridad: una, que Jesús había sido crucificado en un sitio llamado Monte Calvario; la otra, que en alguna ocasión había tenido la ocurrencia de montar una burra”.
Uno, como escritor, se esfuerza  porque los principios y finales de cada historia sean contundentes, convenzan al lector. Carson McCullers los hacía de manera natural, sin frases grandilocuentes, con una elegante sencillez. Veamos el final de Reflejos en un ojo dorado: “El cuerpo del soldado tenía incluso en la muerte un aire de bienestar cálido y animal. No se había alterado su rostro grave, y sus manos morenas yacían con las palmas hacia arriba sobre la alfombra, como si durmiera”.
La manera en que concluye La balada del café triste, una suerte de epílogo, pues antes hemos dado por concluida la historia de una patética Miss Amelia en un pueblo desolado, donde no hay buen licor y las almas se enferman de aburrimiento, es a la vez desconcertante y mágico: “¿Quiénes son estos hombres, capaces de hacer una música así? Sólo doce mortales, siete muchachos negros y cinco muchachos blancos de este condado. Sólo doce mortales que están juntos”.
Los aspectos sicológicos son resaltados con maestría por Carson McCullers. Lo hace, como ha dicho el crítico Straumann, como una sorprendente mezcla de “casos virtualmente clínicos y de una franca narración de horror. Un capitán del ejército sureño que tiene ‘un delicado equilibrio entre los elementos masculinos y femeninos, con las mismas susceptibilidades de ambos sexos y sin las potencias activas de ninguno de los dos’, mata a un soldado a quien lo une una mezcla de amor y de odio, y que durante semanas enteras ha estado observando por la noche a la mujer del oficial”. ¿Y qué decir de la enfermiza relación de Miss Amelia y el jorobado? Quienes han visto en esto una estética del horror no están lejos de la verdad. Como en Poe, lo enfermizo, lo morboso sirve para crear una novedosa y soberbia narrativa.
McCullers puso su enorme talento al servicio del reino de la imaginación y el sur de EU se pobló de figuras fantasmales, inasibles, que vagan por las páginas memorables de una autora tímida, de grandes ojos nostálgicos que, como decía Borges, la sabían escritora. Su obra no tolera otra lectura que la estética. Es probable que con el paso del tiempo el sur haya modificado su apariencia, lo que a nadie le importa; lo que ha quedado para siempre es el misterioso universo que creó con los elementos que le dio su natal Columbus, Georgia. Imágenes como la siguiente, nunca se repetirán: “Era agosto, y el firmamento había estado ardiendo toda el día sobre el pueblo como una sábana de fuego”. Como tampoco el arte prodigioso de una mujer que describió personajes de una gran complejidad sin recurrir a muchas palabras, sólo ateniéndose a los gestos y movimientos de manos, a los impulsos del alma y a rostros como máscaras de gran infelicidad.

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