Tantadel

junio 07, 2015

Carson McCullers y la literatura sureña 2/3

Quizás el gusto de esta narradora por la música haya derivado en esa prosa delicada de adagio, de pianísimo, nunca de allegro

He llegado a la época de las relecturas y a la búsqueda de libros y autores que se me escaparon a causa del novelista actual que innovaría las letras universales. Vuelvo a aquellos libros que en etapas de formación me impresionaron. A veces me confirman sus valores y otras aparecen aires de decepción. Las obras de Carson McCullers están entre las primeras. Sólo que ahora encuentro mayor belleza de la que antes capté. Son relatos de un arte supremo, de una perfección casi mágica. Su realismo es pura apariencia, Carson McCullers escribió sobre seres irreales, fantásticos.
Centrémonos en Reflejos en un ojo dorado y en La balada del café triste,porque entre nosotros son más fáciles de obtener y porque suelen venir juntas en un volumen. La primera tiene un inicio excepcional que, de inmediato, capta la atención del lector: “Un puesto militar en tiempo de paz es un lugar monótono. Ocurren cosas, pero se repiten una y otra vez. El mismo plano de un campamento contribuye a la monotonía. Enormes barracas de concreto, filas idénticas de cuidadas casitas de oficiales, el gimnasio, la capilla, el campo de golf, las piscinas —todo está proyectado ciñéndose a un patrón más bien rígido—. Pero quizá sean las causas principales del tedio de un puesto militar, el aislamiento y un exceso de ocio y seguridad, ya que si un hombre entra en el ejército sólo se espera de él que siga los talones que le preceden. Y a veces pasan también en un puesto militar ciertas cosas que probablemente nunca se repitan. Hay un fuerte sureño donde, hace pocos años, se cometió un asesinato. Los participantes en esta tragedia fueron dos oficiales, un soldado, dos mujeres, un filipino y un caballo”.
El célebre dramaturgo Tennessee Williams explicó que esta breve novela “es una de las obras más puras y profundas concebidas con el sentido de lo terrible que es la oscura raíz desesperada de casi todo el arte moderno más significativo, desde Guernica, de Picasso, hasta los dibujos humorísticos de Charles Adams”.
Habría que añadir que, pese a las insistencias de diversos críticos, su mundo literario es único e irrepetible. Acepto que hay ciertas afinidades entre Carson McCullers y Faulkner y Capote, más con el primero que con el segundo, y que, en efecto, hay alguna relación con Flannery O’Connor y William Styron, pero son muchas más las diferencias con todos ellos.
Carson McCullers es una mujer eminente, que observó detenidamente no los movimientos de sus paisanos, sino los mecanismos mentales que ordenaban esas acciones. En Reflejos en un ojo dorado no hay explicaciones para que alguien meta un gatito en un buzón o para que una mujer se corte los pezones con unas tijeras de podar pasto o que la señora Penderton, la dueña del caballo Firebird, sea una hermosa retardada incapaz de hacer una suma más que para recordar a sus muchos amantes.
Podríamos decir que sus obras son de un alto grado de observación sicológica y que en términos literarios se traduce en eficaces personajes de historias torvas y trágicas, narradas con brutal naturalidad y un lenguaje maravilloso.
Carson McCullers también estudió música, pero sus más afortunadas clases fueron de creación literaria en la Universidad de Nueva York y en Columbia. Quizá su gusto por la música haya derivado en esa prosa delicada de adagio, de pianísimo, nunca de allegro. Y es que para hablar del alma de sus personajes no se necesitan aspavientos ni ruidosas descripciones.
En Frankie y la boda, el enfrentamiento generacional, la inseguridad de los jóvenes y un mundo de incomprensión es el eje de una historia de apariencia sencilla, pero que refleja grandes evoluciones de la vida estadunidenses, particularmente en el sur, que se sigue antojando como un vasto territorio desgarrado por múltiples problemas que ni el oeste ni el este de esa nación poseen. La guerra civil y los problemas raciales, un modo de vida predominantemente agrario y un espíritu ajeno a los cambios, son algunos elementos que detienen el avance impetuoso que se dio en otros territorios estadunidenses.
La narrativa de Carson McCullers tiene una elegante sencillez y es resultado de muchas lecturas y de un rigor inusitado que le permitían pulir sus frases, algunas memorables, como aquélla que encontramos en Reloj sin manecillas: “La muerte es siempre la misma, pero cada hombre se muere a su manera”. Es una narrativa de hondura poética, un universo de sutilezas y extrañas experiencias, de aires melancólicos, gobernada por la soledad y la incomunicación. Su talento para narrar va más allá de lo habitual; yo la considero genial.
No soy crítico experto, me he limitado a admirarla y gozar la belleza extraña de sus historias, de sus personajes reales e imaginados, seres anormales o complejos y retorcidos, dentro de escenarios detenidos en el tiempo, como aquellos que encontramos en La balada del café triste, ruinosos, a punto de derrumbarse.

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