Tantadel

junio 19, 2015

El eterno Juan Rulfo

Juan Rulfo recibe homenajes cotidianos con cada lector que lee sus cuentos o su novela. Provoca deslumbramiento. No requiere festejos oficiales. Nada detiene a esos dos maravillosos, soberbios libros que nos legara el escritor taciturno, de pocas palabras, sombrío, enigmático, de una gran cultura silenciosa, permanente inconforme, riguroso en extremo. Rulfo jamás ha sido olvidado. Jorge Luis Borges, en un libro formidable, Borges oral, observa ?y esto es algo fascinante? que Inglaterra ha seleccionado como su representante a Shakespeare, Alemania a Goethe, Francia a Víctor Hugo, España a Cervantes, Argentina al autor de Martín Fierro, a José Hernández. En México, pienso, elegiríamos a Juan Rulfo. Nadie como él para representarnos.

Juan Rulfo es un autor que desde el principio impresionó a escritores, críticos y público en general. Joseph Sommers expresa que Rulfo “encuentra la clave de la naturaleza humana en otra parte. Él se aproxima al lado opaco de la psique humana, en donde residen los oscuros imponderables: Este mundo, que lo aprieta a uno por todos lados, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndose en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre. ¿Qué hemos hecho? ¿Por qué se nos ha podrido el alma? Es esta zona, intemporal y estática como una tragedia griega, la que, en su misión, decide los avatares del encuentro del hombre con el destino”. En este aspecto, el valioso crítico Luis Leal, uno de los que más de cerca estudiaron a Rulfo, insiste: “...los personajes por lo general son seres desolados que dudan de sus propios actos y se entregan, con característica resignación, a lo que el destino les depare. Los personajes de Rulfo, por lo tanto, parecen ser movidos por fuerzas que no se derivan de sus propias convicciones, sino que emanan desde fuera”. Y esto es justamente lo que a Rulfo le da universalidad: la poética hondura de sus personajes, que son griegos, rusos, argentinos, españoles, portugueses, y tremendamente mexicanos. Álvaro Mutis, por su parte, ha contado con entusiasmo y regocijo la impresión que le produjo leer Pedro Páramo, de Rulfo. Su primer encuentro mexicano con García Márquez lo obliga a hablarle de esta obra de extraña perfección. Pronto García Márquez se contará entre los enamorados del escritor jalisciense. Carlos Fuentes y Mario Benedetti son otros que al nacer a la fama declaran la importancia de Pedro Páramo y de El llano en llamas. Y no hace mucho tiempo, el escritor español Arturo Pérez-Reverte le dijo con rabiosa claridad a un joven novelista mexicano que la maravilla de Juan Rulfo “es el caos de la lengua en una explosión imaginativa, que aparte de mexicano, tiene mucho de español… Pedro Páramo es una obra espléndida, la novela del siglo y no me explico por qué en España no está junto a Cien años de soledad.” Era, pues, imposible trabar relaciones con escritores, críticos o lectores de otras latitudes sin que apareciera el tema Rulfo. ¿Cuándo aparecerá el nuevo libro de Rulfo, La cordillera o lo que sea? ¿Qué responder? Sólo pedir respeto para quien no desea o no puede escribir más. Mejor hablemos de Comala. O de la extrema lentitud con la que sus personajes e historias se mueven, con penosas dificultades, en un mundo opresor. Pero, en efecto, ¿lo habrá paralizado su enorme y veloz éxito? No creo que esta discusión sea significativa. No es historia, es pura conjetura torpe. ¿Podríamos reprocharle a Tolstoi la larga extensión de La guerra y la paz o a Balzac el haber creado una Comedia Humana en tantos volúmenes? Hay que centrarnos en lo hecho y en todo aquello que surgió a partir de dos libros formidables, inagotables: el universo rulfiano, una compleja mezcla de realismo y fantasía que probablemente sólo las peculiaridades de México permitieron, pero que fue creada desde la cima del planeta, mirando hacia todos los puntos cardinales. Me parece que si otro hubiera sido el carácter de Juan Rulfo, bien hubiera podido afirmar con arrogancia lo que dijo hace muchos años Juan Ramón Jiménez; “todos los poetas españoles e hispanoamericanos jóvenes me deben algo; algunos mucho y otros todo”.

Sin embargo, Juan Rulfo sigue siendo enigmático. No he leído muchos trabajos que hablen de él como discreto trabajador del viejo Instituto Nacional Indigenista, desde donde se empeñó en mostrar el dolor de los indígenas y tampoco aquellos que señalen las tareas del Rulfo gremialista, de su labor por defender los derechos autorales en la Sociedad General de Escritores de México, al lado de Rafael Solana, José María Fernández Unsaín y Luis Spota. Y algo más grave, pocos se han ocupado del maestro, del que formó docenas de escritores en el legendario Centro Mexicano de Escritores. Todo se ha concentrado en su complejo universo literario y en su natural tendencia fotográfica. Dicho en otras palabras: hacen falta más investigaciones sobre el genial Rulfo para llegar al corazón del inmenso narrador jalisciense.


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