Tantadel

junio 22, 2015

¿Qué tan difícil es pedirle perdón a un país?

Miguel Mancera acaba de hacer algo insólito: dio a nombre del GDF una disculpa por las víctimas del News Divine. No obstante que él entonces no gobernaba, hizo lo correcto. Algo semejante hay que pedir al gobierno federal, en manos priistas, que se disculpen por la masacre de Tlatelolco. De hacerlo, ganarían el respeto que les falta.

Los criminales nunca fueron juzgados. Descansan, se dedican a sus negocios particulares, siguen en activo o han tenido la muerte piadosa que a los muchachos les negaron el 2 de octubre. Ninguno, al parecer, sufre cargos de conciencia. Nadie hace luz respecto a los trágicos sucesos de Tlatelolco y su secuela de venganzas y castigos. El poder los une. Para que el asesinato no vuelva a repetirse hay que recordar la historia.

Pero si nunca hubo un tribunal de hombres justos para juzgar a los asesinos, las letras se encargaron de ello. La llamada literatura del 68, los libros que reflejan al movimiento estudiantil-popular, como lo denominara Valentín Campa, ha sido la responsable de la magna tarea. Aún no ha sido debidamente jerarquizada y analizada por sus méritos literarios y políticos. No aparece el crítico que se encargue de ese trabajo con rigor y objetividad. Quizá porque en México no existe la crítica literaria en tanto cuerpo especializado. Acaso también porque los acontecimientos aún sangran. No importa que esta literatura testimonial o periodística no esté adecuadamente valuada, el público-lector la ha aceptado y esto es lo importante.

Es probable que no contemos todavía con la gran obra sobre el 68; no obstante, hay un puñado de libros que a veces, sin preocuparse mucho de la estética, reconstruyen a su manera y con sus recursos el año de 1968. En todo caso, parafraseando alguna idea de Borges, podríamos pensar que la literatura del 68 es una sola y su autor es anónimo. Lo que importa en este caso es que la memoria del pueblo no se pierda y sepamos que las luchas por la libertad tienen un precio frecuentemente alto.

Entre los libros aparecidos en México destacan los de Luis González de Alba (Los días y los años), María Luisa Mendoza (Con él, conmigo, con nosotros tres), Elena Poniatowska (La noche de Tlatelolco), Carlos Monsiváis (Días de guardar), Carlos Fuentes (Tiempo mexicano), Octavio Paz (Posdata), el mío (El gran solitario de Palacio), Gerardo de la Torre (Muertes de aurora), Federico Campbell (Pretexta), Arturo Azuela (Manifestación de silencios), Fernando del Paso (Palinuro de México), Gonzalo Martré (Los símbolos transparentes), Alfredo Juan Álvarez (La hora de Babel) y Vilma Fuentes (Ayer es nunca jamás). Los escritores dejaron constancia de su inconformidad por la matanza.

Poco después de 1968, influenciado por el fatídico panorama, tomé la decisión de abandonar México. Obtuve una beca y me fui a París, en donde permanecí tres años. Allí escribí El gran solitario de Palacio. La primera edición fue en Buenos Aires, septiembre de 1971. Mis compañeros de colección eran, entre otros, Haroldo Conti, Carlos Droguett, Antonio Di Benedetto, y Clara Silva. La historia de este libro es curiosa. Lo escribí en París sobre notas que llevaba de México. Me apoyé en apuntes de la matanza de Tlatelolco que presencié y que serían el centro de la novela. La redacté de corrido. Uno de los capítulos, el que narra la muerte de unos estudiantes a manos de soldados, a bayoneta, lo hice durante un viaje en tren de París a Madrid. Al cabo de seis meses estaba terminado. La idea era enviarlo a la Ciudad de México, pero recibí en ese momento una oferta de Buenos Aires; además de la publicación me invitaban a presentarla. Sin titubeos acepté. El título El gran solitario de Palacio, proviene de una frase del presidente Gustavo Díaz Ordaz, quien en plena tormenta política se calificó como un solitario en Palacio Nacional. Me limité a ponerle el adjetivo. Los tiranos siempre están solos dentro de un bestial autoritarismo.

Concebí el libro como un mural. No se trataba solamente de hacer una crónica novelada del 68 ni un testimonio, mi intención era repasar los sesenta años de “revolución institucional” y analizar con ironía la lamentable parodia en que se convirtió. Martín Luis Guzmán la anticipó con genialidad en La sombra del caudillo. Algo más: equiparar a los gobiernos “revolucionarios” con las tiranías latinoamericanas. Crear a un dictador eterno al que cada seis años lo transformaban dándole nueva apariencia y un programa distinto. Antes de escribir la novela releí la escasa bibliografía sobre dictadores: Tirano Banderas, (1927), de Ramón del Valle Inclán y El señor presidente, (1946), de Miguel Ángel Asturias. Luego de 1973 aparecerían Yo el supremo de Augusto Roa Basto; El recurso del método, de Alejo Carpentier y El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez.

Peña Nieto y sus asesores deberían pensar e imitar la conducta de Mancera.


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