Tantadel

junio 12, 2015

Roberto Vallarino, alguien peor que yo

A Roberto Vallarino lo conocí cuando fundamos el Unomásuno. Era joven, agresivo, de mal carácter y arrogante, pero a cambio tenía mucho talento literario y un ojo crítico agudo para las artes plásticas. En algún momento, cuando todo marchaba y el diario crecía en prestigio y calidad, le obsequié mi libro Fantasías en carrusel, una reunión temática de mis cuentos cortos. Hojeó y ojeó el libro y me dijo: “lo leo y te entrevisto”. Cuando días después apareció el trabajo de Vallarino, lo leí con temor. Tenía una amplia entrada cordial y una entrevista breve, pero con preguntas agudas.

Con el tiempo, y a pesar de las diferencias de carácter y grados de violencia, nos hicimos amigos. Bebíamos y yo tenía que tolerar un ego peor que el mío, desatado. Juntos viajamos por el país. Alguna vez supe de una estancia suya en España, donde todos los que trataron con él habían quedado aterrados por sus excesos y disposición para ordenar al que se dejaba.

Pero si como poeta era suave, de bellas imágenes, como ensayista era polémico, claridoso, podríamos decir de modo coloquial, y como articulista o columnista era demoledor, en ocasiones cruel y conseguía aversiones por montones. Le encantaba ser un monstruo aterrorizante. Sin embargo, su poesía y su trabajo sobre pintores y escultores impresionaba. Recuerdo dos ensayos suyos, ambos escritos de manera poco ortodoxa, uno sobre Sebastián, el otro sobre Byron Gálvez, extraordinarios. Las artes plásticas vistas desde la perspectiva de un poeta talentoso que convierte las metáforas visuales en imágenes literarias.

En otro momento, fuimos a Pachuca a un homenaje a Byron Gálvez, nos citamos en algún café de la Condesa y comenzamos a beber, otro tanto hicimos en el trayecto y al final, luego de hablar del trabajo artístico de Gálvez en presencia del gobernador en turno, fuimos a un camerino del teatro donde fue el acto y agotamos otra botella. Yo regresé al DF entre brumas, siempre conducidos por un chofer al servicio del gobierno hidalguense. Roberto se quedó con un grupo de amigos más suyos que míos que años después me topé en Bogotá, músicos encabezados por Jorge Reyes y Ariane Pellicer…

Al final de sus días, todavía joven y enfermo de los riñones, Roberto seguía igual, ni sus males lo detenían, era más bravucón todavía y no se controlaba ante una botella de calidad. Recuerdo que una vez estábamos en casa de una actriz, bebiendo whisky, y yo, por hacer una frase, dije: La gran literatura mexicana no es Carlos Fuentes, sino Juan García Ponce. Eso fue el detonador de un extraño impulso en Roberto, quien sentía una desmedida admiración por esa generación integrada, entre otros, por Juan Vicente Melo, Juan José Gurrola e Inés Arredondo. Tomó el teléfono y marcó. “Juan, Juan, estoy con René Avilés Fabila, quiere decirte algo”. Y me pasó el teléfono. “Hola”, dije con voz tímida a un narrador que tenía tiempo de no ver. Del otro lado de la línea me contestó una voz absolutamente incomprensible, era la de Juan García Ponce ya muy grave y literalmente incapacitado para hablar. Le comenté algunos de sus libros recientes y repetí la idea que había desatado aquel absurdo encuentro y me despedí. Le regresé el auricular a Roberto, quien le dijo que estaba de acuerdo con mi idea y colgó. “Que gracias, que tienes razón”. Seguimos bebiendo.

No era un amigo fácil. Su tendencia era la de crear enemigos, algo que parecía disfrutar. Cuando colaboró conmigo en El Búho, en Excélsior, tuvo una columna escandalosa que tituló “Misantropías”, allí madreó escritores y ofendió a la mitad intelectual del país. Cada domingo yo recibía el periódico y una larga lista de reclamos. Un quejoso fue Ignacio Solares, amigo querido, compañero de generación.

La última vez que bebimos juntos fue un jueves, lo sé bien porque ese día grababa un programa radiofónico en IMER y a Roberto le correspondía ser entrevistado. Fue una plática notable, estaba de buen humor e hizo alarde de cultura y agudeza. Respondió con inteligencia y se burló de cuanto escritor pudo. Concluimos a la una de la tarde y me invitó a tomar una copa a su casa. Oye -lo defendí de sí mismo-: no hace mucho te operaron, tu esposa te dio un riñón, cómo vas a beber. “El whisky no me hace daño”, replicó con los lugares comunes de quienes gustamos del alcohol. “Una vez José Revueltas me dijo que el vino blanco no le afectaba”. “Sí, Pepe, una copa o dos, no tres botellas”. Pero me dejé arrastrar a su casa en Coyoacán y le advertí que sólo estaría hasta las tres de la tarde. De acuerdo. Llegamos a su casa y en minutos acabamos con la botella, pasamos al anís y fumamos mariguana. A las tres en punto, Rosario tocó la puerta y yo, conforme a lo establecido, me despedí de Roberto Vallarino. Cuando abrí la puerta y salí hacia el coche de mi esposa, pude ver cómo abría los ojos y ponía cara de terror: “¿Qué hiciste, qué bebiste? Nos vamos a casa. Imposible ir a la comida”.

No volví a ver a Roberto, supe de su muerte por algún amigo común. De entre tantos colegas y amigos, enemigos o falsas amistades, él era de una enorme sinceridad y su tono brusco era una forma de defenderse de un medio francamente hostil.

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