Tantadel

junio 05, 2015

¿Se investiga para hacer literatura?

Las universidades públicas son exigentes para la investigación, tanto que han permitido que el sistema educativo convierta una función clave en pesadilla burocrática difícil de cumplir puntualmente. Pero me pregunto, como resultado de mi doble tarea de investigar para alimentar la docencia y escribir literatura, ¿qué hago yo al respecto? Investigo como los demás, siguiendo las reglas impuestas. ¿Y la literatura, la ficción? Simplemente tiene reglas distintas. Hacer una novela, concebirla y edificarla exige métodos diferentes, quizá parecidos, pero más personales que generales. Es decir, el método para escribir una novela de Mario Vargas Llosa es otro del utilizado por Julio Cortázar. Y para colmo, el primero no utiliza los mismos planos de una obra a otra. Cambia, aunque siga siendo el mismo arquitecto.

Esto es algo que no saben a ciencia cierta, es un misterio, la mayoría de quienes llevan a cabo investigación científica. Piensan que escribir una novela es resultado de la “inspiración” o de un golpe de viento que de pronto nos pone un tema en la cabeza y en las manos. En principio, el buen escritor se ha formado leyendo, estudiando, investigando. Cuando tiene el tema, sea autobiográfico o distante de su propia experiencia, lo lleva a cabo investigando para darle veracidad a su obra. García Márquez narra en algún prólogo de un libro de cuentos que incluso tuvo que viajar a ciertos lugares para precisar recuerdos que se habían hecho vagos. Una novela con frecuencia es resultado en alto porcentaje de una investigación o al menos de un recorrido por multitud de libros. No es posible escribir de amor sin haber estudiado las obras clave de tal sentimiento o pasión.

Alejo Carpentier, uno de los más brillantes literatos del siglo XX, me explicó, a causa de una pregunta mía, cómo solía escribir. Palabras más o menos, dijo: Es un proceso largo, de años, hay que pensar largamente la estructura, el método, la forma. Luego diseño los personajes que pueden ser históricos o simplemente inventados. Les doy características físicas minuciosas, aunque no las transcriba, y enseguida arranco un largo proceso de investigación. Para escribir El siglo de las luces, me vi obligado a leer y releer infinidad de obras literarias e históricas sobre los siglos XVIII y XIX, que trataban del Caribe y Europa, sus encuentros enriquecedores y sus determinantes desencuentros, cientos de libros, de historia, ensayos, novelas. Por largo tiempo estudié y fui dándole solidez a la trama, a sus hechos y, desde luego, a sus personajes y diálogos. Escribí la novela y la corregí una y otra vez. Fue un trabajo agotador, concluyó el formidable narrador cubano, dueño del más bello estilo barroco del castellano. Esto, visto de otra manera, podría ser un ejemplo grandioso de novela histórica y no las tomaduras de pelo que hoy inundan las librerías.

El método en literatura -del que existen consejos, opiniones y hasta recetarios- es imposible concederle validez universal, como en los casos de la investigación científica. Saber cómo escribe sus novelas Philip Rooth de nada le sirve a un talentoso narrador argentino. Como en el periodismo, decía Manuel Buendía, el estilo es uno mismo, las reglas no suelen servir, los modelos fallan, las recomendaciones, así provengan de Vargas Llosa, que las hizo, son insuficientes, no hay posibilidad alguna de repetir lo que a Joyce o a Kafka les fue de inmensa utilidad. Cada quien debe buscar su propio camino, método y estilo, fuera de otros autores por más que uno los ame. No es lo mismo imitar, dejarse influir que ser una suerte de clon. El colmo, lo que yo vería con sentido del humor, es el plagio: admiró tanto a Charles Bukowski que lo copió literalmente, lo hizo suyo, como muchos han realizado.

Si de investigar se trata en mi caso literario, no periodístico ni académico, tuve que hacerlo con extremo rigor cuando escribí mi novela Réquiem por un suicida. La inicié con facilidad, pero luego del primer capítulo, descubrí aterrado que todo acerca del suicidio lo ignoraba. Para concluir una novela que fue finalista del Premio Planeta y lleva más de seis ediciones, estuve investigando sobre la muerte voluntaria unos nueve años. Al concluir, luego de leer obras de toda clase sobre el tema, pude escribirla casi de un tirón.

La historia de mi relación entre la investigación científica y la artística fue una ponencia leída cuando la UAM me hizo Profesor Distinguido, uno de los mayores honores que concede. Lo que ahora escribo me vino a la mente por un curso de periodismo literario o nuevo periodismo que estoy impartiendo. Una suerte de reacción ante las preguntas de los alumnos.


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