Tantadel

julio 13, 2015

Cómo es Dios y cómo el diablo

Las interpretaciones que sobre el ser divino realizó el arte occidental lo muestran perfecto; nadie en el cristianismo lo pensaría deforme

Aunque muchos han afirmado haber visto a Dios, es obvio que se trata de exageraciones místicas. Lo suponemos de belleza superior dentro del concepto occidental. La Biblia explica que hizo al ser humano a su imagen y semejanza. Para los artistas plásticos es el prototipo de la perfección: rubio, barbado, de ojos azules. Su hijo, Jesucristo, es distante de alguien nacido en lo que hoy denominamos Oriente Medio. Pero es hijo de Dios y admirable en consecuencia. No sabemos con precisión científica cómo es, sin embargo, lo suponemos deslumbrante, acaso luminoso. Un musulmán tiene la certeza de que nadie ha visto a Dios, de allí que su religión carezca de representaciones. Una mezquita está vacía, impera el espíritu de Alá, a diferencia de las iglesias y conventos cristianos atiborrados de deidades hermosas, como griegos y latinos vieron a la mayoría de sus divinidades. Simplifican: si Cristo es hijo de Dios tiene que ser perfecto, nadie en el cristianismo lo interpretaría deforme.
Sandro Botticelli, en la Versión del Magnificat, pintó a un encantador niño Jesús, en brazos de su distinguida madre, rodeados de personajes bíblicos de trazos delicados; sus ropajes son lujosos, distantes de lo que realmente debió ser el nacimiento en un pesebre. La devoción de la Iglesia fue estimulando, tanto la belleza de la corte celestial como las elegancias de los protagonistas divinos. Vírgenes, santos, ángeles, mártires, arcángeles, discípulos de Jesús, él mismo y, desde luego, su padre, siempre adornados. Vista en detalle, La última cena, en la visión de Leonardo, destaca la presencia física de los comensales, incluso, Judas Iscariote no luce mal pese a la cercanía de la traición. El recorrido iconográfico por las grandes catedrales, modestas iglesias, museos, galerías y conventos nos convencen de que la fealdad es ajena al cristianismo. Jesús es perfecto, desde niño-sabio que doblega a los expertos, hasta su atormentada muerte temporal. La resurrección aumenta su hermosura. Un sufrimiento ennoblecedor y un trágico halo de primor sombrío. Es la herencia de la visión griega, de la exquisitez. Los cristianos, poco imaginativos, la duplicaron, puesto que los romanos la hicieron suya y es bajo la grandeza imperial de Roma que surge el cristianismo. Pruebas de ello son obras de El GrecoRafaelLeonardoCarpaccio y Correggio, donde Jesús y su madre son sublimes. Sin defectos.
Dios es belleza infinita y bondad desbordada y su antítesis, el demonio, evidentemente es de extrema fealdad y perversión total. Se llamaba Luzbel y era, como su nombre indica, un bello ángel, tanto que osó equipararse a Dios y éste lo castigó dándole una fealdad inimaginable. En realidad, no sabemos cómo representarlo pese a las pistas que hallamos en textos bíblicos. Le conceden distintas formas: lo equiparan a un dragón, le ponen cola, cuernos y ojos malvados. La imaginería aquí es extensa y realmente ingenua. A los antiguos, sin duda, les aterrorizaban sus representaciones, ahora un filme de ciencia-ficción o de espanto, merced a los efectos especiales, logra figuras horripilantes.
En Florencia, existe un mosaico de Coppo di Marcovaldo, titulado Hell: allí Satanás posee cuernos de toro y de sus descomunales orejas brotan sendas serpientes que muerden a dos víctimas. El ser demoniaco devora un cuerpo humano y con las manos mantiene a dos más. Uno puede verla durante largo rato y más que asustarse, admirarla. El célebre Giotto ha dejado su versión del infierno en una obra que se conserva en Padua, donde coexiste con el cielo en un muro donde uno luego de aburrirse mirando el orden y las poses celestiales, pasa al averno. Se nota recargado por la cantidad de pecadores que siempre serán más que los santos. Pero si uno fija la atención en los detalles, ninguno es espantable. Dragones, serpientes y monstruos que apenas estremecen a niños y beatas.
El fuego provoca pánico a cualquier ser vivo. En este caso, hay un demonio en Pisa, El juicio final, que sacude al espectador. Como en una versión del infierno de Andrea Orcagna, en Florencia, donde una especie de lobo monstruoso muerde la cabeza de una pecadora cuyo rostro no refleja dolor sino piadosa resignación.
Para alimentar mi necesidad de terror, regreso al Lucifer que Fra Angélico pintó y permanece en Florencia, en el Museo de San Marcos. Negro, lúgubre, con cuernos pequeños y tímidas llamas, devora y mutila cuerpos humanos. Su mirada amarillenta inspira respeto. En la parte superior, diminutos diablos estimulan el fuego de varios calderos donde pecadores hierven para siempre. Aunque el infierno y el cielo sean invenciones, en el arte permanecerán por siglos. Los demonios suelen ser, como los animales fantásticos, una mezcla de diversos seres zoológicos, como la serpiente que invita a Eva y Adán a desobedecer a Dios en la obra de Masolino da Panicale, exhibida en Florencia, en Santa María del Carmine: un reptil cuya cabeza es femenina. Más que terror, inspira morbo, en nuestra época sería una aberración circense o una perversa práctica de laboratorio.
Pobre Luzbel, ha sufrido mucho y tiene la eternidad al frente.

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