Tantadel

julio 26, 2015

Esculapio, el enemigo de todos*

Fue educado para la medicina: conoció todos sus secretos y se familiarizó con aquellas plantas que tenían propiedades medicinales y logró técnicas de curación insólitas. Su inteligencia era excepcional y pronto se hizo un hombre sabio que fue más allá de su tiempo.

La medicina tiene a Esculapio como su dios. Dios de la medicina y la curación, protector de los sanadores y de los grandes médicos desde los tiempos de la Grecia clásica.
Esculapio fue hijo de Apolo y una guapa mortal, Corónide. Cuenta la historia que la mujer, su madre, era insaciable, no se conformó con los amores de Apolo y lo engañó. El castigo fue despiadado: la deidad mató a la adúltera y el hijo fue entregado al cuidado del centauro Quirón.
Esculapio fue educado para la medicina; conoció todos sus secretos y se familiarizó con aquellas yerbas y plantas que tenían propiedades medicinales y logró técnicas de curación insólitas. Su inteligencia era excepcional y pronto se hizo un hombre sabio que fue más allá de su tiempo y anticipó el futuro. A su paso fue dejando oráculos o santuarios donde se practicaba la medicina. En ellos, los enfermos esperaban el restablecimiento de la salud. Son, pues, un remoto antecedente de los hospitales o sanatorios como los conocemos. El más afamado de todos fue el templo de Epidauro, donde por siglos se dieron curaciones asombrosas. Esculapio es un héroe asombroso, citado por Homero, Píndaro, Hesíodo y por Aristófanes en su comedia Pluto.
Jamás perdió el espíritu aventurero y se unió a los argonautas, encabezados por Jasón, en la búsqueda del fantástico vellocino de oro. Nunca la historia de la humanidad registra a un grupo de hombres de semejante valor y capacidad para actuar ante los conflictos y la adversidad. Una celebérrima epopeya donde la acción individual tiene menos importancia que la empresa común, algo que anticipa las ideas de Marx y que ponen en tela de juicio el grandioso papel que el inglés Carlyle le concede al héroe.
En ese viaje memorable, los conocimientos de Esculapio aumentaron llegando a tal nivel que se sintió por encima de los dioses: ¡claro!, podía sanar a su antojo y así evitar la muerte. Cuando consiguió dar con la fórmula para resucitar a los difuntos comenzó la metamorfosis. En un principio, regresaba de la muerte a los hombres más valiosos como Tindáreo, Himeneo, Hipólito y Glauco, pero más adelante resucitaba a cualquier cadáver que se encontrara o le pusieran al frente, sin importar su origen o las acciones que en vida llevó, si merecía regresar del más allá o seguir entre los muertos.
En mucho se adelantó al milagro que Jesucristo hizo al revivir a Lázaro. Se hizo, en consecuencia, todavía más arrogante y jactancioso, pues tenía en sus manos uno de los poderes de Zeus. Fue cuando las deidades del Olimpo se preocuparon seriamente. De todas, la más irritada era Hades, quien le rogó a Zeus su intervención. Así fue, pese a la oposición de Apolo: un rayo fulminó a Esculapio. El afligido padre consiguió al menos que su hijo se convirtiera en símbolo de la medicina en reconocimiento a sus facultades, una especie de dios menor o semidiós, aunque ya sin el poder de la resucitación.
¿Qué sucedió exactamente, que la historia y la mitología ocultan con celo?
El poder de Esculapio había llegado a ser atroz: ¡halló la anhelada inmortalidad! Eso le permitía competir con los dioses. Zeus fue sensato (Hades tenía razón y Apolo estaba hablando como un padre): y dijo: —No podemos despoblar un mundo para sobrepoblar el otro.
Esculapio entonces pasó a ser una tediosa deidad de hospitales y sanatorios a la que poco le rinden culto. En realidad, al final de su existencia, Esculapio era odiado por todos, menos por Apolo.
A la larga, y esto lo vemos hoy, en pleno arranque del siglo XXI, y en contra de un agudo Malthus que veía saludable la existencia de las enfermedades y las guerras para evitar la sobrepoblación. Me refiero al fascinante trabajo deThomas Robert Malthus (1776-1834), Ensayo sobre el principio de población, donde entre otras cosas aconseja la limitación de los matrimonios y nacimientos para evitar un mayor empobrecimiento de las clases desprotegidas, libro que pudo ser escrito bajo el influjo del crítico y ácido humorista Jonathan Swift (1667-1745), particularmente por Una modesta proposición para evitar que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres y para hacerlos útiles al público.  Zeus, simplemente, alargó el terrible final: los adoradores de Esculapio han seguido en su trabajo para sanar y prolongar la vida de los hombres, merced a ello, el infierno no crece con rapidez, porque los pecadores logran prolongar cada vez más su muerte y eso tiene un agobiante efecto multiplicador en el planeta.
No está de más señalar un dato curioso, ocurrido más adelante a un adorador de Esculapio: Hipócrates. Fue un insuperable alumno, estudió a fondo sus investigaciones y trabajos, y durante todos sus años de vida, le rindió culto puntual; sin embargo, nunca gozó del aprecio del dios quien no le permitió conocer la fórmula de la inmortalidad: Hipócrates era, para el gusto de la deidad, de un exagerado patriotismo y para colmo un sentimental.

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