Tantadel

julio 06, 2015

Gustavo Sainz, hasta pronto

Me percato, al saber del fallecimiento de Gustavo Sainz, que soy parte de una generación que como tal no existió. Los que nacimos alrededor de 1940 y anhelábamos ser escritores, fuimos agrupándonos sin más ánimo que escribir e intentar dejar huella. Teníamos cosas en común, no nos gustaba el sistema. El nacionalismo nos agobiaba y tratamos de quitarnos de encima multitud de valores idiotas, cuando comenzamos a actuar. Era natural que nos hiciéramos amigos, intercambiáramos libros y sueños. Pero qué distintos éramos. Con el tiempo, al grupo original, se fueron sumando otros y unos más dejaron de escribir para convertirse en algo distinto al ideal común.

A Gustavo lo conocí en 1962, a través de José Agustín, mi más antiguo amigo, con quien mayor tiempo he compartido. Ellos dos y Parménides García Saldaña parecían entenderse bien. El orden de aparición no importa, pero vale la pena decir que surgieron La tumba, Gazapo, Pasto verde y pronto el éxito llegó a la generación. El Centro Mexicano de Escritores, tan arrumbado, como muchos de esa generación que Margo Glantz tuvo la pésima humorada de calificar de la “Onda”, permitió verdades y falsedades y la existencia de modestas leyendas que ahora veo desmesuradas. La mayoría de nosotros, los que ya nos frecuentábamos, pasamos por esa prodigiosa escuela de escritores.

Lo que es un hecho es que consolidamos la literatura urbana que hasta ese momento aparecía de manera esporádica, en casos aislados: El sol de octubre de Rafael Solana, La región más transparente de Carlos Fuentes, Casi el paraíso de Luis Spota, fueron al decir de Gustavo, un golpe que aceleró su desarrollo. Enseguida aparecieron Juan Vicente Melo, García Ponce, Ibargüengoitia, Del Paso y otros más. Era obvio, la literatura rural agonizaba y las ciudades crecían impetuosas con temas intensos y atractivos personajes. Nosotros éramos citadinos y nos fue fácil hallar nuestras tramas. Irreverentes e irónicos, rompimos con el lenguaje formal que era típico en la literatura mexicana. Pero fracasamos en dos cosas: una, consolidarnos como grupo generacional; dos, defendernos de las críticas excesivas que aparecían con regularidad, en un medio hostil, que José Agustín y Gustavo Sainz parecieron derrotar.

La última vez que escuché entre nosotros la palabra generación, me la dijo Gustavo Sainz durante una reunión literaria. Hay que apoyar a la generación, precisó. Pero poco o nada hicimos por ayudarnos.

Mi vida académica la inicié en la UNAM, en Ciencias Políticas. Impartía materias vinculadas a la ciencia política y la historia universal. Gustavo era el jefe de la carrera de Periodismo, ahora Comunicación. Me pidió (era un hombre lleno de ideas originales) que me cambiara con él y que entre ambos podíamos enseñar literatura a los que deseaban ser periodistas culturales. Diseñó rápidamente un programa breve y complicado, él impartiría literatura latinoamericana y yo europea. Los cursos duraban un año. De esa manera estuvimos un tiempo, intercambiando las materias que bautizó con sentido del humor como “Literatura de la abundancia y Literatura de la pobreza”. Al mismo tiempo, ya narrador exitoso, hizo una o dos antologías y me puso en ellas, un acto de generosidad no frecuente en este país.

Pero México no es fácil y Gustavo cayó en alguna de las pavorosas trampas del sistema. El escándalo lo obligó a no trabajar más en el INBA, desde donde solía ayudar a sus mejores alumnos, y salió de México. El resto lo sé por relatos de José Agustín y algunos breves encuentros que tuve con Gustavo en EU.

Además de ser complejo, el país sigue los refranes con devoción y le tocó a Gustavo aquello de santo que no es visto, no es adorado. Se nos fue olvidando. Mi último encuentro con él ocurrió en la FIL de Guadalajara, iba solo, sin el séquito que solía amarlo. Nos saludamos y le pregunté lo obvio: ¿qué andas haciendo? Aquí, me respondió, jugando al hombre invisible. Pese al éxito de algunos de sus libros, la burocracia cultural lo había olvidado, acaso por las mismas razones que lo arrojaron de México.

De su grave enfermedad me informaron dos de sus alumnos que también fueron míos: Arturo Trejo e Ignacio Trejo Fuentes. Pensé que era una exageración: ¿Alzheimer avanzado? Pregunté a varios amigos comunes y nadie supo darme datos confiables. El jueves pasado en Puebla me alcanzó la noticia: había muerto. Recordé nuestro arranque literario, las pláticas iniciales. Cierto, no supimos ser una generación pese a que fue nuestro propósito. Nos separamos y tengo la impresión de que ya quedamos pocos de aquellos muchachos chiflados que comenzamos a escribir entre fines de los cincuenta y principios de los sesenta.

Leer algunas notas sobre Gustavo, algo que hacía tiempo no veía, saber que no recibió los premios que merecía, me confirmó que la fama en México, como la memoria, son muy frágiles.

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