Tantadel

julio 17, 2015

Las revoluciones fracasadas

No cabe duda: la Revolución Mexicana fue a la larga un fracaso rotundo, poco queda de ella. Su principal herencia está en las artes. Las otras revoluciones épicas han terminado sin la grandeza esperada. Por ahora, aunque muchos las siguen anhelando, no llegarán. No hay condiciones para ello. El victorioso capitalismo salvaje las redujo a meras utopías. 

   Veamos. Menos conocida que 1984, Rebelión en la granja (Animal Farm), de Orwell, es la patética metáfora del destino de las revoluciones triunfales que luego de mil hazañas y logros magníficos terminan en un callejón sin salida.

   Desde la Revolución Francesa hasta las del siglo XX, la mexicana, la rusa, la china y la cubana, por citar las más importantes, todas fueron emotivas historias de mayúsculos movimientos populares que intentaron cambiar el curso de la historia y obtener beneficios para la libertad y la democracia. Sin embargo, esas transformaciones sociales, por más que sean invocadas y sus conquistas constituyan avances en diversos aspectos, fracasaron inevitablemente.

   La revolución soviética, que despertara las esperanzas de millones de personas, igual que la de los animales de Orwell, concluye en desilusiones. La anhelada transición del socialismo al comunismo jamás llega y el Estado, en lugar de desaparecer, se fortalece y sigue siendo represor. Trataron de eliminar las clases sociales y algunas contradicciones, pero en su sitio surgió una burocracia autoritaria de poderío draconiano.

   En México, la Revolución trajo consigo innegables innovaciones. Sólo que pronto se desvió de los orígenes y en la actualidad sus principios son meras frases en la retórica oficial, gastadas y sin sentido. Florece la corrupción y las injusticias predominan. Una partidocracia mantiene férreo control y la distribución de la riqueza es por completo desigual.

   Ciertamente, cada movimiento social significa progreso en todos los aspectos. Pese a la paralización o a los retrocesos, algunos cambios logran sobrevivir. Napoleón asfixió a la Revolución Francesa, pero su ejército imperial marchó por toda Europa destruyendo a la vieja aristocracia. Su paso impetuoso por Ulm, Egipto, Marengo, Austerlitz, le permitió, como lo ha señalado el historiador E. Tarle, dar “terribles golpes a la estructura feudal”. Las luchas napoleónicas, pese a todo, son el afianzamiento de la burguesía, que aparece agresiva y ávida de poder. Los sueños populares de la república universal, libertad, fraternidad e igualdad no se llevan a cabo. No obstante, l’ancien régime se derrumba en la ruta del emperador que surgió de una hermosa y dramática revolución.

     George Orwell, escritor y anarquista británico, fue un combatiente. Rebelión en la granja es mucho más que una sátira al estalinismo, es sin duda la representación del fracaso de todas las revoluciones que hemos conocido. En China, masas campesinas  tomaron el poder en aras del marxismo-leninismo y lo convirtieron en estalinismo. Pronto Mao Tse-Tung se divinizó y creó una burocracia autoritaria. Los chinos hoy buscan angustiosamente un “decoroso” camino hacia soluciones capitalistas (“Una patria, dos sistemas”), niegan la solidaridad proletaria y el internacionalismo. El Estado y el partido son brutales explotadores. Como en Orwell, una vez que el proceso revolucionario llegó a un clímax, la degeneración comienza. Los animales se vuelven oportunistas y chovinistas, los vicios reaparecen, los errores se hacen comunes, la corrupción se entroniza y la revolución es traicionada o frenada para ir a la inversa de lo que Lenin calculó para vencer los obstáculos: se camina más hacia atrás que hacia delante.

   Orwell nos da con Rebelión en la granja la infausta realidad de las revoluciones. Es una obra amarga en donde la ironía no produce sonrisas, sino dolor. Como Swift y en las fábulas clásicas, utiliza a los animales para mostrar las imperfecciones humanas y el modo en que éstas se reflejan en sus creaciones sociales. Sus frases célebres, como aquélla de que todos son iguales, pero algunos son más iguales que otros, nos conducen sin remedio a una atroz visión de la malograda propuesta marxista: la sociedad sin clases ni explotadores, sin contradicciones, en donde los beneficios se distribuyan equitativamente. Habrá que ver en esa obra de Orwell la parodia a todas las revoluciones, en especial aquéllas que se realizaron en nombre de Marx y Lenin. El nuevo hombre es una falacia.

   Rebelión en la granja es una luminosa novela política, una caricatura amarga. No es posible pensar que sólo es la ridiculización del estalinismo, es también la historia del fracaso de todas las revoluciones. Lo he dicho varias veces. La tragedia es que ahora Marx y Engels forman parte del socialismo utópico. Cualquier intento subversivo, como el de Grecia, de inmediato es sujetado por el neoliberalismo galopante.

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