Tantadel

julio 27, 2015

¿Queda algo por privatizar?

El triunfo a escala planetaria es de la economía de mercado, de lo que muchos con indignación denominan capitalismo salvaje. ¿Por qué sería lo contrario ahora que el socialismo se ha derrumbado estrepitosamente y algunos países en vano tratan de quitarse el peso de sus reglas? Es cierto: el capitalismo no es un humanismo, es un sistema que funciona a base de la explotación de una minoría sobre la mayoría. Sus valores son sencillos. Un grupo de multimillonarios son capaces de generar multitud de empleos. Pero no hablan de la concentración de la riqueza y de la forma inequitativa en que ésta es distribuida. La fuerza poderosa que el neoliberalismo ha alcanzado le permite imponer sus reglas. Aquí y allá. Grecia, por ejemplo, tiene un gobierno de tendencia izquierdista y con exigencias naturales, fue doblegada. Tendrá que “apretarse” el cinturón, privatizar todo lo que sea posible, exprimir a sus habitantes y someterse.

Para desgracia de unos y alegría de otros, en Cuba, pasará algo semejante. Dependerá de la capacidad y la fortaleza de lo que queda de los sueños de aquellos que hicieron una revolución pensando en un modelo más generoso, soñando con imponer un modelo socialista. En China y en Vietnam, ocurre otro tanto. Los procesos capitalistas avanzan extrañamente con la participación del Estado, el que jamás se extinguió, es un Leviatán brutal que olvidó a los que imaginaron que con el tiempo y los avances revolucionarios desaparecería para quedar en una modesta maquinaria que administraría esa especie de paraíso proletario donde las clases sociales desaparecerían. Sólo queda, como país comunista, Corea del Norte. Pero dudo que pudiera ser un modelo a seguir. Hay allí una dictadura hereditaria criminal.

México es un país que se ha prestado, no sin resistencia popular, a la absorción de lo público por lo privado. Luego de una revolución violenta y de clara orientación popular, comenzó a declinar. La lucha de caudillos, ocurrida una vez que fue creada una constitución avanzada, se ocupó de eliminar rivales hasta que Plutarco Elías Calles sobrevivió y se hizo el jefe máximo. Con Cárdenas hay un paso adelante, vuelve a los orígenes y la revolución alcanza su punto más alto. Las preocupaciones sociales afloran y la nación se sacude ante las expropiaciones. Por razones complejas, nacionales e internacionales, al concluir el mandato de Cárdenas, arranca el camino hacia la derecha. Es gradual y lento, pero es seguro. La revolución se torna palabrería hueca y se establece una dictadura de partido. Pero no vivimos solos en el mundo y los sucesivos gobiernos van cediendo lo ganado con el hoy manido llamado a la modernización. Recuerdo al historiador Gastón García Cantú ante el presidente Fox, señalándole que en lugar de pensar en privatizar Pemex, debería llevar a cabo una seria reestructuración, eliminar la corrupción y poner la empresa no en manos de particulares sino en la de expertos ingenieros y administradores nacionalistas. Fue una plática absurda. Fox no escuchaba, era un empresario que tuvo la fortuna de dormir en Los Pinos seis años. El resto lo sabemos.

La tendencia privatizadora no comenzó con el PAN en el poder, sino con el propio PRI, ya distante de las preocupaciones sociales de los revolucionarios de 1910-1917. Se preocupó por “modernizar” al país privatizando lo posible. Hoy no existen límites. Nos explican que la única posibilidad de salir del atraso y la pobreza es poner en manos de particulares los recursos naturales.

Pero quizás eso no sea tan grave como suponer que debemos hacer sacrificios, tan drásticos, pero menos ruidosos como los que la economía del euro le impone a los griegos. Que es posible que cohabiten la economía de mercado y ciertos métodos marxistas, que a China le ha funcionado. Lo que se esconde en ese gigante detrás del Partido Comunista es una fuerza especulativa que poco considera a los habitantes. Una dura burocracia controla la producción con resultados positivos, pero a costa de la libertad y la democracia. La partidocracia mexicana se ha uniformado y nadie piensa en seguir otra ruta que no sea la de la libre empresa. Al coro político se han sumado sin escrúpulos los medios y los intelectuales. Se piensa en arreglar la casa ruinosa, pero a nadie se le ocurre modificarla profundamente.

Durante la época de Adolfo López Mateos había alguna resignación pudorosa: “Somos de izquierda dentro de la Constitución”. Las voces de los progresistas defendían la esfera de lo público, era lo correcto y criticaban a los ricos y voraces empresarios. Parecía una actitud sincera. No, simplemente pavimentaban el camino que nos ha llevado a donde hoy estamos. No deja de ser llamativo que nuestros indignados quieran reformas, dejando intacto al sistema que ahora es un fantástico productor de multimillonarios, algunos altruistas, pero voraces al fin. Tenemos a la vista tiempos donde ya hasta el agua será controlada por empresas privadas. No por el Estado.

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