Tantadel

julio 08, 2015

Tres libros de Andrea Montiel, tres

Andrea Montiel nació y vivió entre artistas e intelectuales. Es poeta principalmente, pero gusta también de promover la cultura, no importa que antes de escribir sus primeros versos haya estudiado psicología. Con frecuencia son actividades que se complementan y se ayudan. Así al menos la veo yo, sensible al arte y enamorada de las letras, desde hace muchos lustros. Primero la leí, su libro Temporal sin tiempo, editado por la UAM en 1985, lugar donde desde su fundación trabajo como profesor, y supo conmoverme. Más adelante, no mucho más la conocí porque además teníamos que conocernos, los nombres de algunos de sus familiares me eran, me son, admirables. Así es que comparto la opinión de un querido amigo desaparecido, Eduardo Césarman, quien por razones culturales, la entendía mejor que yo: “Andrea Montiel es psicóloga de profesión, poeta por vocación y una gran mujer por destino”, palabras que escribió en el prólogo de Para recordar la lluvia.

En esta ocasión Andrea nos presenta tres plaquetas: En el solsticio de verano, durante las lluvias vesperales (edición bilingüe, español/francés), Desde el olvido y Para recordar, la lluvia.

En la primera la poesía se dirige hacia la figura paterna. En esta obra Armando Montiel Olvera, conocido por su trabajo como compositor, pianista y director. Andrea, dice el pianista Raúl Herrera Márquez, “nos conduce por el arduo recorrido de tres fases de la pérdida: la inminencia de la muerte ineluctable, el doloroso desenlace y, finalmente, la añoranza y el consuelo”. Los poemas son dolidos para la escritora y dolorosos para sus lectores. Su voz alcanza registros muy altos.

Para recordar la lluvia, es igualmente una obra conmovedora donde la poeta le canta a la abuela, a Eugenia, “la bien nacida” y en este poema hay delicadas referencias al pasado histórico. Dicho en palabras de la misma Andrea, mantiene “la tradición del hablar en estos versos y estrofas a la manera de las romanzas y cantos sefardíes” y cada tramo de su vida es anticipada por una eficaz repetición de los dos primeros versos y dos más que la precisan: “Eugenia, la bien nacida/ era el nombre de mi abuela/ parida al final del siglo/ buen mazal que tuvo ella…”

Con versos plenos de nostalgia, Andrea reconstruye sus recuerdos y los extiende a su madre, a Rosa: “Que no me manquen las fojas/ ni me manquen las ideas/ que hoy quiero hablar de mi abuela/ de mi abuelo y la de mi madre.” Pero el eje de este poema es Eugenia, la que salió de Turquía, llegó a Cuba y descendió del barco en Veracruz, después fue a Barcelona, “donde guerras padeció”. Finalmente, “Tras sus espaldas los mares/ la casa, el llanto y el cielo/ hasta que de tanto en tanto/ en México se quedó./ Esta patria le dio techo…”

En Desde el olvido, dedicado a su madre, Rosa Rimoch, soberbia soprano, Andrea le declara su total admiración, pero ese amor va intercalado con palabras tristes, es evidente que esa pérdida la afectó de manera muy profunda, diría inimaginable. Existen varios testimonios emotivos y desgarradores del sufrimiento que la muerte de su progenitora ha provocado en varios escritores. Suele ser un momento punzante. Yo mismo tuve que escribir un libro para paliar al fallecimiento de la mía. Lo mismo ocurre en Desde el olvido.  Al inicio la historia de Rosa duele: “Mujer niña de nadie/ hija de la guerra/ perseguida por la muerte./ Mujer libre andarina/ dueña de tus sueños/ y el templo de tu alma./ Naciste con luz del candelabro de los siete brazos/ y por años te guiaron las seis puntas de la estrella de David./ La música encauzó tu vida/ tu voz/ tus manos tenues/ y Cristo clavado en tu mirada se conjugó a tu origen.”

Los recuerdos de Andrea sobre su madre son momentos muy bellos, lo más fascinante es que de pronto dialoga con ella, se dirige a ella, sigue viva. Acaso por tal razón, casi al final de la hermosa obra, escribe: “Pétalos de Rosa por ti madre/ para celebrar tu vida/ para festejar tu muerte.”

Orgullosa de sus orígenes y de los suyos, sus familiares más entrañables, Andrea Montiel logra retratos magistrales de todos ellos. De allí que la notable escritora Angelina Muñiz-Huberman, precise en las páginas introductorias lo siguiente con su prosa elegante: “Andrea Montiel hace honor a sus antepasados al continuar con el amor a una lengua más poderosa que el correr del tiempo. Su verso fluye a la manera tradicional y las palabras de dulce pronunciación se convierten en imágenes de un preciado álbum de familia…”

Ernesto Sábato y Mario Vargas Llosa han dicho por separado que escribir sobre sus fantasmas, sus temores y penas, alivia, logra ahuyentarlos. Lo dudo. Al leer la bella poesía de Andrea Montiel, percibo un intento de recuperarlos, de tenerlos vivos, junto a ella. Sin duda los ha inmortalizado, pero su dolor se mantiene porque ellos viven sí a su lado, pero en un mundo intangible el que con frecuencia no basta ni calma el dolor.

Confío en que las tres obras que hoy presentamos, pronto se fundan en una sola para tener una idea más profunda de ese “álbum de familia” que menciona Angelina Muñiz-Huberman.

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