Tantadel

agosto 24, 2015

De Quincey, Poe y Baudelaire: espíritus afines (1/3)

Los sufrimientos de estos tres genios por razones explicables de la época y vidas azarosas se vincularon a las drogas o al alcohol.

Siempre me han llamado la atención los espíritus afines, las almas gemelas o las vidas paralelas, según la terminología de Plutarco. No es frecuente encontrarlas. Podrían ser algunos casos de amistad entrañable y semejanza cultural como los de Liszt y WagnerKafka y Max BrodBorges y Bioy CasaresMarx y Engels, donde las similitudes espirituales e intelectuales eran de hecho muy parecidas. Un caso notable es el de Edgar Allan Poe,Thomas de Quincey y Charles Baudelaire. Las suyas son realmente vidas paralelas: todas de hondura poética, de complejo y rico pensamiento, historias trágicas amparadas por las drogas y el alcohol. Pareciera que el centro de esa relación distante en lo físico, cercana en lo espiritual, es Baudelaire. Él tradujo a Poe y escribió un dolido libro sobre la muerte de Thomas de Quincey.
Baudelaire nació en 1821 y murió paralítico y afásico en 1867. Su vida, como la de Poe y De Quincey, no fue la mejor. Las deudas y los problemas económicos lo agobiaron buena parte de su existencia. Su prodigiosa obra literaria (Las flores del malParaísos artificiales y Poemas en prosa…) le atrajo persecuciones y escándalos. Poe fallece joven en 1849, igualmente perseguido por la pobreza y el alcohol. Mientras que De Quincey, el más enigmático de los tres, se extingue en 1859, dejando tras de sí aprietos y carencias. Es decir, Baudelaire los sobrevive y, de hecho, es quien escribe sus últimas palabras, sus epitafios. Los tres fueron los más intensos y originales escritores de su tiempo y cada uno de ellos fue incomprendido en su propio país.
De Quincey escribió, entre otros, dos libros memorables: Confesiones de un inglés comedor de opio y El asesinato como una de las bellas artes. El primero, de 1821, es una dramática autobiografía, el minucioso y desolado relato de una vida atormentada. En esta obra su novedoso sentido del humor, su capacidad para la sátira refinada, desaparece para dar paso a una serie de reflexiones duras e inteligentes sobre su tiempo. Al saber de su muerte, un apesadumbrado Baudelaire escribió Un comedor de opio para explicar la dimensión de la pérdida, tal como en su momento lo hizo con Poe: “Así que Poe se fue a Richmond; pero al ponerse en camino se quejó de escalofríos y de debilidad. Al llegar a Baltimore seguía encontrándose bastante mal, y tomó algo de alcohol para reanimarse. Era la primera vez desde hacía meses que ese maldito alcohol mojaba sus labios; eso bastó para despertar al demonio que dormía en él. Una jornada de excesos le llevó a un nuevo ataque de delirium tremens, su viejo conocido. Por la mañana, unos policías lo recogieron del suelo en estado de estupor. Como no le encontraron ni dinero ni amigos ni domicilio, le llevaron al hospital; y en una de esas camas fue donde murió”. 
Si en Confesiones de un inglés comedor de opioDe Quincey relata de los sorprendentes efectos de la droga en materia musical, en el texto apologético, el poeta francés resalta esa cualidad del opio. No sólo es capaz de prolongar los sueños más allá del reposo, sino que estimula su llegada y los embellece; son las flores del mal. De Quincey elogia el opio, le concede cualidades como la exaltación del espíritu y la agudización de los sentidos, algo semejante a los producidos por drogas modernas como el ácido lisérgico, conocido como LSD, y que tanto éxito tuvo en la llamada “década prodigiosa”, cuando el rock and roll llegó a sus más altos niveles de importancia, distante de los vulgares aspectos comerciales y en afanosa búsqueda de otros valores, poéticos y sociales.
Baudelaire no juzga al opio (que él mismo consumió), más bien señala sus grandes posibilidades para desarrollar facultades poco utilizadas. Más adelante, Aldous Huxley llamaría a este fenómeno Las puertas de la percepción y sus efectos de modo especial en los ojos, en los ricos matices y luminosidad de los colores.
Los sufrimientos de estos tres genios por razones explicables de la época y vidas azarosas se vincularon a las drogas o al alcohol, como en el siguiente siglo lo hizo Joseph Roth, que escribió La leyenda del Santo Bebedor (1939).  En México algo similar le sucedió al talentoso Silvestre Revueltas, muerto en 1940, y cuyo alcoholismo justifica su hermano José en un libro conmovedor:Apuntes para una semblanza de Silvestre (1966), versión dramática que me reconfirmara el músico Luis Herrera de la Fuente. Sin dejar de lado a temperamentos notables de las letras contemporáneas que permitieron la seducción, por una razón u otra, por las drogas y la bebida, tales son los casos de los norteamericanos de la Beat GenerationCharles Bukowski y Truman Capote, quien llegó al extremo de confesarse sin temores adicto al alcohol y a los estupefacientes. La lista es interminable, pero no es el objetivo de este texto. Es vislumbrar las temibles relaciones entre los estimulantes más agresivos y la sensibilidad artística que, por ejemplo, desataron la poética de Paul Verlaine. Particularmente en BaudelaireDe Quincey y Poe, tres inmensos literatos que abonaron las flores del mal con alcohol produciendo obras de luminosa eternidad.

No hay comentarios.: