Tantadel

agosto 30, 2015

De Quincey, Poe y Baudelaire, espíritus afines (2/3)

El resultado que obtenían los fumadores de opio era sorprendente. Algo más que limitarse a escuchar la orquesta e imaginar trazos.

¿Pero qué tienen que ver las drogas y el alcohol con la música y el arte en general? Pienso, basándome en las lecturas de Baudelaire y De Quincey, que son importantes porque, entre otras cosas, aguzan el oído y la vista y permiten multitud de interpretaciones distintas de lo escuchado o de aquello que los compositores imaginaron al escribirlas. No fueron las tesis de su contemporáneo, el notable musicólogo Eduard Hanslick (De lo bello en la música), que descartaba los sentimientos en la música y rechazaba la posible estética de los “sueños opiáceos”; tampoco las de Wagner, quien veía la poesía en la ópera ni las de Copland al recomendar cómo escuchar una sinfonía o un quinteto.
Al respecto, vale la pena cederle la palabra al propio De Quincey: “El difunto duque de Norfolk solía decir: ‘El lunes próximo, si el viento y el tiempo lo permiten, me emborracharé’; del mismo modo, yo solía fijar de antemano para un tiempo dado la frecuencia, cuándo y con qué circunstancias accesorias y detalles agradables perpetraría una incontinencia de opio. Esto me ocurría raramente más de una vez cada tres semanas, pues en aquella época no podía aventurarme a pedir a diario (como hice después) ‘un vaso delaudanus negus caliente y sin azúcar’. No; una vez cada tres semanas era suficiente; y el día elegido era un martes o un sábado por la noche; mis razones para ello eran éstas: martes y sábados eran los días en que durante muchos años se celebraban funciones nocturnas en el King’s Theatre, Opera House; en esas funciones cantaba la Grassini (Giuseppina Camila Grassini, contralto, 1773-1850) y su voz era para mí la más encantadora que había oído hasta entonces.., en aquel tiempo era con mucho el lugar de Londres donde se podía pasar más agradablemente una noche. La entrada de patio costaba media guinea, pero hay que añadir la molestia de la etiqueta. En cambio, por cinco chelines se entraba en la galería, menos incómoda que el patio de muchos teatros. La orquesta se distinguía de todas las orquestas inglesas por su dulce y melodiosa grandeza, aunque confieso que su composición era insoportable a mis oídos por el predominio de los instrumentos estridentes y, a veces, por la tiranía del violín. Estremecedor era el placer con que casi siempre oía a esta angélica Grassini. Me sentaba temblando de expectación cuando se acercaba la hora de su dorada epifanía; temblando me levantaba del asiento, incapaz de sosiego, cuando aquella voz celeste de arpa cantaba su propia y victoriosa bienvenida en el threttánelo-threttánelo del preludio. Los coros eran una divinidad y cuando la Grassini aparecía en algún intermedio, como ocurría a menudo, y vertía su alma apasionada como Andrómeda en la tumba de Héctor, yo me pregunto si algún turco, de todos los que han entrado en el paraíso de los opiómanos, pudo haber tenido la mitad del placer que yo sentía. Pero, en realidad, hago demasiado honor a algunos bárbaros suponiéndolos capaces de voluptuosidades semejantes a las intelectuales de un inglés. Porque la música es un placer intelectual y sensorial, según el temperamento del que la oye”.
De Quincey, pues, poseía una explicación filosófica de la relación entre el oído y la música. Qué significan los sonidos: “...basta con decir que un coro de armonía complicada despliega ante mí, como en un tapiz de Arras, toda mi vida pasada, no como si fuera recordado por un acto de la memoria, sino como si estuviera presente y encarnado en la música; sin ser ya penoso de contemplar, pues el detalle de los incidentes ha desaparecido, o aparece mezclado en una abstracción caliginosa, con sus pasiones exaltadas, espiritualizadas y sublimadas”.
El resultado que obtenían los fumadores de opio era sorprendente. Algo más que limitarse a escuchar la orquesta o las voces e imaginar trazos y arabescos. Puede ser utilizada para reconstruir y evocar. Se trata de un diálogo sui géneris entre la persona que escucha la gran música y aquello (la orquesta) o aquél (cantante o instrumentista) que la emite. Y en todo esto, al decir del hombre que escribió la más formidable versión de La monja alférez yLa rebelión de los tártaros (entre nosotros traducida por Salvador Elizondo), el opio o cualquier otro poderoso estimulante juega un papel destacado.Thomas de Quincey descubrió que un intelectual, un artista, puede valerse de las drogas para aumentar un goce estético más profundo al escuchar a los grandes maestros.
Los comentarios de Baudelaire machacan en la contralto favorita de De Quincey: “Eran los felices días de la Grassini. La música penetraba entonces en sus oídos, no como simple sucesión lógica de sonidos agradables, sino como una serie de memoranda, como los acentos de un embrujamiento que evocaba ante la mirada de su espíritu, toda su vida pasada. La música interpretada e iluminada por el opio, ésta era la orgía intelectual cuya grandeza e intensidad puede fácilmente concebir cualquier espíritu un poco refinado. Muchos preguntan cuáles son las ideas positivas que contienen los sonidos; olvidan, o más bien ignoran, que la música, bajo este aspecto es pariente de la poesía, representa sentimientos más que ideas; sugiriendo ideas, ciertamente, pero sin contenerlas ella misma…”.
Es posible recuperar esas imágenes oyendo al jazzista que, ensimismado e intoxicado, desgrana las notas tristes de un blues.

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