Tantadel

agosto 28, 2015

El presidencialismo mexicano hoy

El presidencialismo mexicano es justo la imagen de la antidemocracia. Es la cultura del “sí, señor presidente”. He oído mil veces que al Presidente de México es imposible decirle no. Como en la Revolución Francesa: él representa a la patria. Es, en ajustada síntesis, la herencia del caudillismo, de los dos emperadores que hemos tenido, de las dictaduras de Santa Anna y de Porfirio Díaz, de cientos, quizás miles de caciques de toda índole y, finalmente, proviene directamente de los caudillos de la Revolución Mexicana. Todos quieren un presidente fuerte, al parecer es nuestra salida al futuro como nación que desconoce lo que significa una auténtica democracia. El caudillismo no sólo se da en el PRI, se da en la oposición y cada caudillo resulta efímero y simultáneamente nos daña.
El presidencialismo nunca se ha ido, puede subir de tono o puede bajar, según la personalidad del mandatario en turno. Con Díaz Ordaz, Echeverría o Salinas, fue autoritario y severo. Con Miguel de la Madrid disminuyó de intensidad. El sistema arropa de forma escandalosa a cada presidente. Las discrepancias son de forma, no de contenido. Cuando se llega a la punta del poder, no es fácil compartirlo, con celeridad se aprende a no escuchar.
Por años tuvimos poca bibliografía sobre el presidencialismo. Sabíamos que lo alimentaban dos fuentes: la Constitución y la historia, la tradición. Dicho en otros términos, el Presidente tenía dos brazos fuertes: las leyes y las costumbres. Ni Fox ni Calderón intentaron modificarlo, lo dejaron vivo, sólo lo hicieron blandengue y timorato. Lo único que lograron fue perder respetabilidad. Cualquiera puede ahora agredir al presidente sin mayores problemas. El regreso del PRI fue, en este sentido, cauteloso, pareció cambiar y lo hizo al estilo gatopardista. Hace unas semanas, en vísperas como estamos del tercer informe, el que por tradición era el momento de mayor fuerza del llamado primer mandatario, el PRI resucitó de entre los muertos y vio que para mantener el poder debe mantener, como antes, una estrecha colaboración partido-Los Pinos. Se acabó la pretendida sana distancia, de nuevo el partido oficial trata de reagrupar los restos dispersos de su antiguo poderío, aprovechando la incapacidad de los partidos restantes, todos en busca de caudillos.
Los tiempos han cambiado y Peña Nieto no es Miguel Alemán, Ruiz Cortines, López Mateos o Díaz Ordaz. Se le arropará, se le dirá que sí a todas sus reformas, pero será un presidencialismo sin huesos. O una calavera de Posadas que a nadie asusta. Manlio Fabio Beltrones abandera el regreso del presidencialismo, protegerá al primer mandatario con fiereza. No lo dudo. Es el filme que quiero ver: Un sonorense entre mexiquenses. Desde que Peña Nieto llegó al poder, pensó en la sucesión, esto es inevitable porque es la mejor muestra de fuerza que un presidente poderoso y escasamente democrático puede mostrar. En su lista sólo había mexiquenses y un inquieto y nada eficiente hidalguense, Miguel Ángel Osorio Chong. Manlio Fabio Beltrones ha sido capaz de avanzar sin grupo, pero con una habilidad cercana a la del gran estadista, una característica que brilla por su ausencia dentro del sistema político nacional. Por ahora defenderá las acciones de Peña Nieto, es su deber, pero ¿qué clase de partido conformará, el mismo aparato pesado, rígido y servil, incapaz de críticas positivas, o el más moderno, con una militancia activa y crítica que pueda intervenir en las decisiones del mandatario en turno? Siempre situado en el centro, la nada, los cero grados decía Duverger. Para colmo, los demás también pugnan por el centro, cargados a la derecha.
No habrá que esperar mucho. El Grupo Atlacomulco muestra nula eficacia. Si es verdad (y nada prueba lo contrario a pesar de la campaña publicitaria del tercer informe) que la popularidad de Peña Nieto y la de su gabinete ha disminuido, va a requerir el respaldo de un partido fuerte sí, dotado de una capacidad para moverse con agilidad y no esperar a que desde Palacio Nacional venga la línea, sino dictarla. De lo contrario, el PRI volverá a ser errático, corrupto, una oxidada máquina electoral y no una escuela para formar cuadros políticos de alto rango. Los actuales gobernantes saldrán de Los Pinos y se refugiarán en el Estado de México. Hasta hoy no les hemos visto, como dicen los amantes de los lugares comunes, el músculo por ningún lado. Más pifias que logros y una retórica fastidiosa incapaz de atraer a los jóvenes y a los medios críticos. Hasta hoy el PRI ha tenido varias etapas, pero nunca una ideología seria y formal, lo que lo mueve son las ideas vagas de cada presidente y sus asesores consentidos. El PRI es muy terco: todos los días se da puñaladas en la espalda. Puede hacer y ganar porque los demás partidos están peor y la sociedad no acaba de despertar.

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