Tantadel

agosto 02, 2015

La investigación ¿sólo es científica o puede ser artística? (2/2)

De pronto apareció. Tenía presente la obra de Goethe, Werther. Pensé la historia, en justificar el tema del suicidio.

Cada escritor tiene sus métodos. Máximo Gorki y Silvio Pellico explicaron cómo trabajaron en prisiones; el primero dice que las cárceles fueron sus universidades. El marqués de Sade y Ezra Pound, dentro de manicomios. De Quincey y Baudelaire, bajo los efectos del láudano o el opio. PoeCapote yBukowski, ebrios, tal como Lowry redactó obsesivamente su novela Bajo el volcánJack Kerouac y sus camaradas de generación, la beat, repletos de LSD y mariguana. El poeta español Miguel Hernández lo hizo en plena Guerra Civil de España. Un hermoso libro, Hablan los escritores, le concede la voz a Allen Ginsberg, quien habla detalladamente de su escritura bajo el influjo de las drogas. ¿Alguien podría imitarlos?
Jules Valles, miembro de la Comuna de París, vio las escuelas como prisiones. Nada de ello es didáctico y menos recomendable, pero a muchos les funcionó. La síntesis que puedo ofrecer a quienes aspiran a ser escritores es muy simple: el método para hacer novelas consiste en que no hay tal. No es negativo asomarse con cuidado a las cartas para jóvenes novelistas queSabatoGarcía Márquez y Vargas Llosa escribieron o a las entrevistas donde grandes narradores cuentan sus secretos. Los resultados serán óptimos o pésimos, pero en todos los casos diferentes e imposibles de duplicar.
Para ejemplificar el proceso de investigación artística, permítanme usar mi experiencia con mi novela Réquiem por un suicida, finalista del Premio Planeta. El tema de la muerte voluntaria no parecía interesarme. De pronto apareció. Tenía presente la obra de GoetheWerther. Pensé la historia, en justificar el tema del suicidio, defenderlo. Requería mostrarlo como un acto de libertad, aunque la idea no es propia, es sobre todo de Camus. Uno no escoge el momento, el lugar ni los padres para nacer. A cambio, puede seleccionar la hora oportuna, si así lo quiere, para morir. Lo primero fue pensar en el hombre que se mataría y las razones que esgrimiría para hacerlo. Mal armado, me introduje en un tema que desconocía: el suicidio. El primer capítulo lo leí en la Sala Manuel M. Ponce. Una señora mayor se acercó y me dijo: no vaya a matarse. No, repuse, quien lo hará es el personaje de mi novela.
El tono, la prosa utilizada, eran correctos, pero ¿qué seguía? Mi ignorancia sobre el tema era mucha. Comencé a investigar tal como un historiador o un sociólogo lo hacen, apoyados por un orden y una amplia bibliografía que crece en la medida en que van agotando libros, artículos, ensayos y profundiza entrevistando a los afectados por una muerte voluntaria o a una persona que sobrevivió a su intento de matarse. Comencé por los libros clásicos como El suicidio, de Emile Durkheim; logré, con diversos apoyos, una amplia bibliografía que incluía historia, tratados científicos sobre el tema, biografías de suicidas, estadísticas de países donde el suicidio tiene una tasa alta y otras de naciones donde la gente huye de la vida por presiones económicas o por soledad.
La bibliografía comenzó a aumentar. La lista de artistas del más alto nivel que optaron por el suicidio es abrumadora. Hurgué en leyes, novelas, diarios y revistas y fui encontrando un mundo complejo e inaceptable para gobiernos, religiones y para la mayoría de los habitantes del planeta que llegan, incluso, a crear instituciones para combatir la muerte voluntaria. Supe que en Japón el índice de niños suicidas es enorme a causa de la presión escolar. Y que así como en el siglo XIX los románticos solían matarse por amor, el mal de Werther, hoy, en la Ciudad de México la gente se tira a las ruedas del Metro por atroces razones económicas.
El suicidio es producto de una intensa depresión y es raro que un loco llegue a suicidarse: lo suelen hacer personas cuerdas, pero con graves problemas materiales o espirituales. Que no son “cobardes” ni “huyen por la puerta falsa”, como indican quienes gustan de las frases hechas. Simplemente pierden el gusto por la vida, como si fueran personajes de Kafka. Hice una lista de suicidas famosos y estudié lo que los impulsó a matarse. Me topé con el libro del marxista Isaac Deutscher, donde trata de desentrañar las razones por las que MaiakovskiEsenin o Primo Levi dejaron la vida, la lucha. Levihabía sobrevivido a los campos de exterminio nazis, ¿por qué suicidarse?
En la parte periodística, comencé entrevistando a una colega cuyo marido decidió matarse. Estaba rabiosa, lo detestaba por haberla dejado sola e inerme, algo parecido a lo que le sucedió a Courtney Love cuando Kurt Cobain dejó de tocar rock para siempre. Hablé con madres dolidas, maridos desconcertados y con quienes no encontraban la razón de la muerte de un amigo o un familiar. Un mundo intenso y sorprendente. Fui a los escritores fundamentales del tema, qué pensaba Dante o qué san Agustín en La ciudad de Dios. Cuando pensé saber suficiente del suicidio, escribí el resto de la novela, casi de corrido. Diez años investigando para escribir unas 250 páginas. Para hacer novelas, cuentos o poemas hay que leer e investigar, igual que lo hace el científico. No hay inspiración ni musas revoloteando sobre el autor. Es decir, en arte, también se investiga.

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