Tantadel

agosto 09, 2015

La investigación ¿sólo es científica o puede ser artística?

Saber cómo escribe sus novelas, o una en particular, Julio Cortázar o Philip Roth, de nada le sirve a otro narrador.

No es poco lo que la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) desde hace 41 años ha hecho por mí. Obstáculos los he tenido, pero nada infranqueable. Me formé como profesor en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en la Facultad de Ciencias Políticas, donde estuve alrededor de diez años, pero es en la UAM, rodeado de compañeros entrañables, donde pude consolidar lo que llamo mi tercera vocación, la de maestro; las otras son igualmente antiguas: la literatura y el periodismo que arrancaron alrededor de 1960.
En la UAM descubro que es posible fusionar esas tres actividades, donde trato de mostrar la importancia de la literatura en la formación de un comunicador. Si diera una lista de agradecimientos sería casi infinita, poco más de cuatro décadas es mucho tiempo. Baste saber que mi mundo es esta institución, a la que le debo reconocimientos impagables, desde que un grupo de colegas, decidió hacerme un festejo por mis primeros 25 años como escritor, docente y periodista.
En una conferencia magistral que dicté hace muchos años, sobre cultura y universidad pública, sobre las dificultades que tiene esta última para cumplir con la difusión cultural, el patito feo de las tres funciones sustantivas de nuestras instituciones de educación superior. La inmensa mayoría de los docentes de la UAM y la UNAM centran su tarea en las clases y la investigación.
Uno, como es mi caso, en términos generales, le dedica tiempo a la investigación científica para enriquecer la docencia, pero al momento de imaginar una novela o un volumen de cuentos, entro en un proceso de investigación con fines de creación artística que son poco conocidos y menos respetados.
El escritor cubano Alejo Carpentier me explicó, a causa de una pregunta mía, cómo solía escribir. Es un proceso largo, de años, dijo, hay que pensar largamente la estructura, el método, la forma. Luego, diseño los personajes que pueden ser históricos o simplemente inventados. Les doy características físicas —minuciosas— aunque no las transcriba y enseguida arranco un largo proceso de investigación. Para escribir El siglo de las luces me vi obligado a releer y leer infinidad de obras literarias e históricas sobre los siglos XVIII y XIX, libros que trataban del Caribe y Europa, sus encuentros enriquecedores y sus determinantes desencuentros, cientos de libros de historia, novelas, ensayos.
Por largo tiempo los estudié y fui dándole solidez a la trama, a sus hechos y, desde luego, a sus personajes y diálogos. Escribí la novela y la corregí una y otra vez. Fue un trabajo agotador, concluyó el formidable narrador cubano, dueño del más bello estilo barroco del castellano. De otro escritor muy distinto, Ernest Hemingway, leí que para hacer sólo un capítulo de novela lo reescribió más de 40 veces antes de darlo por concluido.
Algo semejante puede decir León Tolstoi o incluso uno de los grandes inventores de novelas históricas, Walter Scott. Y aquí el asunto puede complicarse porque, en este caso, se recrea un asunto o personaje histórico, con virtudes y defectos, perversiones y actos de bondad comprobados; hay para ello que dar vida a los elementos para su creación; inventar —quizá para mejorar su vida—, quitarle el acartonamiento de encima, el que la historia suele darle a los héroes y a los villanos.
Sobre estas posibilidades la discusión es infinita, más aún ahora que los países latinoamericanos se han aficionado a las malas novelas históricas. Pero en este caso la polémica sobre si es válida la novela basada en un semidiós o un villano, no nada más está en el campo universitario, queda también dentro de la crítica literaria. Hay buenas y malas obras de carácter histórico, no importa la grandeza de un general batallando por su patria: lo esencial es que la obra esté inteligentemente estructurada y mejor escrita. Pienso, naturalmente, en las grandes obras: en este caso La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán o en Noticias del imperio de Fernando del Paso o en El rey viejo de Fernando Benítez, por citar un puñado.
El método en literatura —del que existen consejos, opiniones y hasta recetarios— es imposible de utilizar colectivamente. Saber cómo escribe sus novelas, o una en particular, Julio Cortázar o Philip Roth, de nada le sirve a otro narrador. Como en el periodismo, decía Manuel Buendía, el estilo y el método son uno mismo; las reglas suelen no servir; los modelos fallan, las recomendaciones de manual son insuficientes. No hay posibilidad alguna de repetir lo que a Joyce y a Kafka les fue de inmensa utilidad.
Cada quien debe buscar su propio camino, método y estilo, fuera de otros autores o, mejor dicho, como suma del trabajo de todos esos autores. Cada uno aportó algo de su propio quehacer creativo al del nuevo narrador. No es fácil utilizar adecuadamente a los autores favoritos o realmente afamados, los que se conservarán para la posteridad, los que hemos leído durante décadas, siglos.

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