Tantadel

agosto 03, 2015

La novela de la Revolución Mexicana (1/3)

La Revolución Mexicana fue una descomunal tarea de la sociedad en su conjunto. Es un fenómeno peculiar. No tuvo a Enciclopedistas franceses como antecedentes ni a teóricos como Marx, Lenin y Trotsky igual que en Rusia. Es en efecto una chispa que encendió una enorme llamarada. Como señaló el escritor español republicano, Max Aub, “El interés personal de los jefes priva sobre el ideológico, por la sencilla razón, como hemos visto, de que éste no tenía formulación teórica. La gente se sacrificó  por acabar con un régimen injusto con una utopía por meta”. (Aub, Max: Narradores de la Revolución Mexicana. Fondo de Cultura Económica, 1969. p. 13.). Ello sin duda explica la hondura de los escritores de ese periodo, sus personajes sombríos, brutales e introvertidos. Es, pues, un comienzo original para las letras nacionales. A diferencia de otras corrientes literarias, la mexicana no es revolucionaria en sí misma sino por su tema. Aunque en más de un momento la novela o el cuento adquieren características de asombrosa novedad. Tales son los casos de La sombra del caudillo en novela, de “Hombre, caballo y oro” en cuento y el Felipe Ángeles de Elena Garro en teatro.

   Para el año 2000, políticamente la Revolución Mexicana había muerto. Para muchos su agonía comenzó al concluir el periodo del general Lázaro Cárdenas, momento estelar de un movimiento que dio extraordinarias figuras, conmovió a todo el continente americano y atrajo figuras del orbe entero, incluida la de la naciente Unión Soviética. Entra, pues, en un hospital para desahuciados, cuando en 1940 el sucesor de Cárdenas, Manuel Ávila Camacho, se declara católico públicamente sin importarle las largas luchas entre la reacción y los liberales, los conservadores y las fuerzas progresistas; la guerra cristera (exacerbada por el asesinato de una figura como el general Obregón a manos de un fanático católico azuzado por la alta jerarquía eclesiástica). Lentamente la Revolución desaparece, sus hazañas quedan en las páginas de los libros y en los acartonados discursos de la clase gobernante. Después del general Cárdenas, cada presidente de la República se inclina más a la derecha: cesan las políticas sociales, los logros políticos y económicos. Para multitud de jóvenes, en 1968, con exactitud, el 2 de octubre, la Revolución muere violentamente cuando fuerzas militares y policiacas, en una maniobra conjunta, asesinan de golpe a más de quinientos estudiantes. Me tocó estar en medio de aquella muchedumbre que corría desesperada de un lado a otro huyendo de las balas, viendo a mis compañeros morir. En esos momentos, México abiertamente se había colocado al lado de Estados Unidos y sólo mantenía relaciones con Cuba a causa de las tradiciones diplomáticas nacionales de no intervención y autodeterminación de los pueblos. De ello dejé constancia de mi modo de ver a México en una novela que originalmente apareció publicada en Buenos Aires, en 1971: El gran solitario de Palacio.

   Sin embargo, la palabrería “revolucionaria” no acabaría hasta el periodo de Miguel de la Madrid, en 1984. Con él, escuchar hablar de revolución y mirar alrededor resultaba irónico y ofensivo para aquellos que por miles murieron en la gran gesta, mucho más para la memoria de intelectuales y artistas que, como David Alfaro Siqueiros y José Revueltas, sufrieron cárceles y persecuciones. Ya con Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo no existe ni siquiera el recuerdo de la Revolución, ha comenzado el total retroceso, ha concluido una larga etapa política y económica del país. Ellos abren formalmente las puertas del Partido Acción Nacional, partido fundado en 1939, por un intelectual de derecha, Manuel Gómez Morín, parte de la generación llamada Los siete sabios, donde estuvo también el marxista Vicente Lombardo Toledano, impulsor de luchas sociales. México entra de lleno en el mundo del conservadurismo, en lo que los marxistas han llamado el reflujo; triunfa la globalización, el modelo neoliberal impulsado por Margaret Thatcher y Ronald Reagan se extiende sin importar si coincide o no con las historias patrias y los valores de tantas naciones pobres. Sin el socialismo real, derrumbado de forma estrepitosa por sus propios defectos y errores, comienza la era de las privatizaciones a ultranza, de la entrega de los recursos nacionales a empresarios extranjeros. En suma, las viejas políticas sociales y el papel del Estado rector en México se vienen abajo. De nueva cuenta padecemos una enferma relación entre un puñado de familias multimillonarias y millones de miserables, de mexicanos en condiciones de extrema pobreza.

No hay comentarios.: