Tantadel

agosto 07, 2015

La novela de la Revolución Mexicana 3/3

Tal como señalamos en las entregas anteriores, la veta hallada por los escritores que contribuyen a la revolución es notable. A los que narran sus papeles en los combates, les siguen aquellos que nacieron durante los años más violentos, los que plasman sus recuerdos infantiles o cuentan historias que escucharon durante sus años iniciales o de formación. Sin embargo, el tema que propone la Revolución, que bien podría ir de 1910 a 1920, año en que Venustiano Carranza muere asesinado en Tlaxcalaltongo, se ha estirado enormemente. No olvidemos que en 1962, Fernando Benítez escribe El rey viejo, historia novelada de la muerte violenta del constitucionalista. Antes, Agustín Yáñez utilizó la revolución en su obra Al filo del agua, novela que introduce técnicas modernas y cuenta la historia de un modesto poblado que vive al margen de la gran tormenta revolucionaria: la gesta no pasa por allí, da un rodeo, lo deja prácticamente igual. No importa que las poderosas tropas de generales formados en la lucha guerrera sacudan a  la nación y destruyan el feudalismo que el régimen de Porfirio Díaz permitía. Los momentos de crueldad son evidentes en Rafael F. Muñoz. También José Revueltas recurre al tema o, mejor dicho, a la secuela que ha dejado. Y cuando los críticos suponían agotado el tema de la Revolución, Carlos Fuentes escribe dos obras fundamentales: La región más transparente y La muerte de Artemio Cruz, en ambos casos presenciamos la muerte simbólica de la Revolución, su caída en cuerpos corruptos que se beneficiaron con los logros de quienes quedaron en los campos de batalla. Ello significa que bien podríamos hablar de una tercera etapa de la literatura de la Revolución, una literatura ya no de corte épico, sino más bien de crítica áspera a los resultados de la gesta libertaria, su total decadencia convertida en PRI, la corrupción a gran escala, el autoritarismo llevado a extremos brutales como lo prueban las represiones frecuentes a electricistas, maestros, médicos, estudiantes, y, por último, una pobreza que repite la situación de 1910. El país de nueva cuenta ha quedado en manos de ricos, banqueros y empresarios extranjeros que revierten la obra revolucionaria cuyo momento de máximo esplendor llega con Lázaro Cárdenas, entre 1936 y 1940.

Como si lo anterior fuese poco, Carlos Fuentes, nacido en 1928, vuelve al tema utilizando la desaparición, en pleno movimiento revolucionario, del escritor satírico norteamericano Ambrose Bierce, quien se interna en tierras mexicanas siguiendo a las tropas villistas. Otra vez, en Gringo viejo, está presente la Revolución Mexicana, en algo que en efecto podríamos llamar tercera etapa: una donde lo que prevalecen son los resultados, la traición al movimiento, el nacimiento de una nueva burguesía, seguramente más ávida de fortuna que las clases pudientes porfiristas.

La literatura de la Revolución Mexicana no fue ciertamente una literatura revolucionaria, un movimiento estético de gran envergadura, pero a nivel mexicano consiguió grandes cambios de corte artístico. Su temática fue nacional. Como en el caso de la pintura, se volvieron los ojos hacia lo propio y apareció una gran preocupación por la forma. La naciente literatura hizo que los escritores se fijaran en los indios, en los campesinos, en los grandes problemas nacionales, lo cual le dio a la novela y al cuento una preocupación política desconocida hasta entonces y un impulso artístico avanzado. Recordemos, por ejemplo, el célebre cuento de Rafael F. Muñoz, Hombre, caballo y oro, así como el capítulo del libro de estampas de Martín Luis Guzmán, La fiesta de las balas, o la novela de este mismo narrador La sombra del caudillo. Todos ellos son trabajos memorables que dejan una profunda huella en los mexicanos y que, de no haber sido escritas en castellano, serían obras de alcance internacional. Todavía en los años cincuenta los escritores se movían pensando en función de ese movimiento, fuera para elogiarlo o para vituperarlo. Sin duda, lo que produjo fatiga no fue tanto el tiempo pasado como la insistencia política de hablar de ella cuando ya agonizaba y le entregaba a la burguesía los recursos por los que las masas campesinas habían luchado y muerto.

Pero hay muchos más grandes escritores que se dejan influir por la Revolución Mexicana y una secuela directa, para varios una contrarrevolución, para otros una revuelta reaccionaria, lo que han llamado la Cristiada o guerra cristera y que de muchas formas entronca como pariente pobre con la novela de esa época. Elena Garro no sólo escribió su memorable obra dramática Felipe Ángeles, sino que en Los recuerdos del porvenir delineó a muchas figuras cristeras. En esta tesitura, dentro de la literatura que produce la lucha de los que se alzaron en nombre de Cristo Rey contra los gobiernos revolucionarios, destaca entre muchos libros poco conocidos una novela intensa y muy bien lograda de Manuel Estrada: Rescoldo, publicada en 1961. Esta literatura, la que produjo la guerra cristera, merecería un mayor estudio.

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