Tantadel

agosto 14, 2015

México en el extranjero hoy

Mitad turismo, mitad trabajo, fueron dos razones que me hicieron viajar a Turquía y Grecia. Bajo un calor realmente intolerable, recorrí museos extraordinarios, ruinas prodigiosas y aproveché para reencontrarme con amigos entrañables, como el matrimonio Agustín Gutiérrez Canet y Martha Bárcena, ambos embajadores. Supongo que los recuerdos de antiguas culturas quedarán entre lo más bello que he visto. Estambul y Atenas, mezcla del remoto pasado y de una elegante modernidad, se instalaron como piezas de un rompecabezas que he ido formando en mi mente luego de mucho viajar. Como habitante de un país, México, que crece amparado por esas mismas imágenes, lo antiguo y lo actual, no tendría por qué sorprenderme. Pero la antigüedad de la Grecia clásica y los sorprendentes virajes de Turquía para llegar a donde está hoy, desconciertan, causan pasmo.

Martha Fernández me anticipó de la intensa impresión que producen los restos de la soberbia Acrópolis en su conjunto y en especial del Partenón. Se siente uno empequeñecido: cómo pudieron amar tanto a sus dioses que construyeron sin duda la estructura más pasmosa de la antigüedad, acaso de mayor impulso que las pirámides o los templos egipcios. Estuve bajo un sol de unos cuarenta grados, caminando por entre columnas majestuosas, dioses que nunca han desaparecido, estructuras e imágenes enigmáticas. Toda de impresionante belleza, armonía y perfección. El ser humano sensible se planta ante tantos siglos de grandeza y se siente nada, nadie. Padece una extraña sensación de pequeñez al saber que siglos antes de Cristo, aquellos inmensos y prodigiosos edificios reinaron sobre el mundo de su época y fueron la base de lo que hoy denominamos cultura occidental.

La gente de ambos lugares, que por años han reñido entre sí, es decente, sencilla, atenta. Si la pujanza de Estambul me produjo envidia, la elegante discreción de Grecia, tan dueña de los orígenes de Occidente, me cautivó. La distinción, el trato, la dulzura, todo fue perfecto en Atenas y en Estambul. Pero, siempre hay un pero, y aquí la culpa es de México y las noticias que produce en un mundo globalizado, en la segunda, un vendedor ambulante que notó nuestro acento extraño, preguntó por nuestra nacionalidad. Ah, dijo, son de la tierra del Chapo Guzmán, la mafia, la guerra por las drogas. Le dijimos mentiras, que eso eran rumores, que México “avanzaba impetuoso” hacia el primer mundo, que la modernidad estaba a la vuelta de la esquina. Alguien en Atenas preguntó por un jugador de futbol y alguien más nos dijo que Peña Nieto estaba equivocado en todo, que lo veían en internet.

Recordé que hace años en El Cairo, un vendedor de telas preguntó por mi nacionalidad para saber a quién dirigirse, cómo: De México, le dije: Ah, repuso de inmediato el egipcio: Ustedes son una gran monarquía. Desconcertado, le expliqué que éramos república. No, claro que no, remató con falsa indignación: Son un reino y el rey es Cuauhtémoc Blanco. Linda broma que no me atreví a romper. Pero ahora que la recuerdo, añado que ese “rey” actualmente es presidente municipal de Cuernavaca por un partido corrupto.

No era el momento ni aquellas personas sencillas para tratar el complejo caso mexicano. Del aeropuerto de Grecia hasta el hotel donde teníamos reservas, un largo trecho, el taxista dijo que su país estaba mal, que la zona euro los exprimía, que las reformas eran injustas y que todo el peso caía sobre el pueblo. Para colmo hizo una severa crítica a los políticos de su país y resultó que eran muy semejantes a los nuestros. Aquel hombre hablaba de una suerte de lucha de ciudadanos contra políticos y eso que allí hay dirigentes que luchan por sacar a Grecia de la esfera de explotación capitalista. Cómo no coincidir con el conductor de taxis que vivía para pagar impuestos y mal comer y llevar a sus hijos a pésimas escuelas. No pude menos que comentar la similitud con México

Cada vez que conversamos no con periodistas o escritores o políticos, sino con personas de a pie, como decimos en México, era como si escucháramos a los compatriotas. Está claro que a escala internacional, el pueblo ve como enemigo al gobierno, a los partidos políticos. Sabe que ellos son la principal causa de sus problemas. Esa idea nos hermana. El taxista que nos recibió en el aeropuerto mexicano se quejó de los dos gobiernos que padecen: el capitalino y el federal. Y la lista de acusaciones no es distante de las que pude escuchar en países remotos.

Es claro que sabemos quién es el enemigo, pero asimismo es evidente que no sabemos combatirlo. El capitalismo sabe cómo vencer, triunfar, nosotros no, al contrario, desde hace muchos años que los intelectuales, no todos, claro, y los medios trabajan para mantener el sistema que de sobra ha mostrado su incapacidad.

Bueno, pero fuera de estos problemas, Turquía y Grecia, con sus notables islas, son dos países que recuperarán la dignidad y hallarán un mejor rumbo que aquél que las potencias les han obligado a tomar. Lo demás está allí, museos y restos de maravillosas culturas, mezquitas y bazares, artesanías de gran belleza y paisajes inolvidables. Esperemos que lo mismo ocurra con México.

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