Tantadel

agosto 21, 2015

¿Qué fue primero: el empresario o el político?

El muy tonto empresario Donald Trump puede ser candidato presidencial por el Partido Republicano. Sus posibilidades de tener éxito e instalarse en la Casa Blanca son más remotas. Lo grave es que su pensamiento fascista ha encontrado eco en millones de norteamericanos. Extraño que pese a lo avanzado de Estados Unidos, de pronto se descubra el verdadero rostro norteamericano, el del arrogante anglosajón que guiado por el Destino Manifiesto ha llegado a ser el amo del planeta, el modelo a imitar.

En esa nación de América, no es frecuente que un empresario de pronto decida convertirse en político. En México sucede a la inversa: los que arrancan como políticos terminan sus días como exitosos empresarios, gracias a los hurtos realizados o a las componendas efectuadas. Trump, gane o pierda, seguirá siendo muy rico e influyente. Dicho en otros términos, su dinero lo hizo en los negocios y supongamos que de manera decente.

Para los mexicanos, la política no es como quería Max Weber, una vocación de servicio público. Es simple y llanamente el camino para ser rico, hacer negocios al amparo del poder. No existe partido nacional del que los políticos no salgan dueños de empresas. A veces son discretos, pero sin duda, siempre ocultan el origen de sus fortunas. Unos comenzaron vendiendo aguas frescas, otros dulces, unos fueron boleros, otros más vendieron tacos de canasta, pero con el paso por los cargos políticos pueden retirarse con los bolsillos repletos y con una familia que desdeña la función pública y opta por los negocios y las especulaciones. Lo mismo sucede en el PRI, en el PAN, el PRD y en los partidos pequeños.

Eso nos llevaría a suponer que todo político es corrupto. Posiblemente no sea así, pero los pocos honestos que ocuparon altas tareas y no se hicieron multimillonarios son vistos por el imaginario colectivo como tontos que desaprovecharon la oportunidad. Somos, como EU o Gran Bretaña, por ejemplo, un país que ve el éxito en el número de millonarios que posee y en su capacidad para generar empleos. En tal sentido, México es un caso raro, mientras el gobierno trata inútilmente de mitigar el hambre de millones de mexicanos, podemos observar que en las listas mundiales de grandes millonarios, muchos son connacionales. Ni siquiera hay que mencionarlos, sabemos de sobra sus nombres. Algunos de ellos no desdeñan la oportunidad de convertirse en gobernadores o en representantes “populares”, para mejor posicionar sus inversiones. Por más que los políticos mexicanos hablen de su vocación de servicio, lo que desean es terminar siendo parte del prestigiado club de multimillonarios. La política es un paso hacia esa meta gloriosa.

De igual manera, debemos reflexionar cuando nos hablan de candidatos ciudadanos. Ninguno hasta hoy lo es y si alguien llega, dejará de ser un simple ciudadano, para ejercer su cuota de poder y obtener ingresos más abultados. Un caso. En los países más desarrollados un rector de universidad prestigiosa no suele, al concluir su mandato, retornar a la vida académica, pasa a la esfera empresarial a través de contratos que le piden a cambio de su información y bagaje cultural. Entre nosotros, los rectores de universidades públicas, venidas a menos dentro del mapa de la ruta hacia el poder, una vez que agotan sus posibilidades burocráticas universitarias, buscan ser secretarios de Estado o quizá subsecretarios. Cuando me dicen que tal o cual político exitoso, que antes fue académico, regresará a sus tareas docentes, me muero de risa. Una vez que el académico o el político o el intelectual prueban las mieles del dinero y del poder, nada los hará retornar a sus actividades originales y dignas. Comer con Carlos Slim es mucho mejor que hacerlo con Miguel León Portilla, al menos más utilitario.

La frase famosa de uno de los mayores soportes históricos del actual grupo en el poder, Carlos Hank González, en la cual solía valorar mucho el dinero en la tarea política, tenía razón. A eso se enfrenta el candidato ciudadano a cualquier puesto de elección popular, a la falta de dinero para su campaña.

Siendo realistas, los políticos mexicanos, en su abrumadora mayoría, comienzan como ciudadanos y cierran su vida contando su dinero tal como lo hace Donald Trump. Una de las mayores o más ridículas pruebas de ingenuidad la di en un cumpleaños de mi entrañable María Luisa La China Mendoza, al quedar junto a un ex gobernador del Estado de México, por cierto tío de Peña Nieto, pregunté: ¿Y ahora a qué se dedica? El tipo me miró irritado y me dijo: A lo mismo de siempre, amigo, un político nunca deja de ser político.

Pude haberle respondido, entonces me habla de ser rico. No quise ser de nuevo simplón. La respuesta se anticipaba: Mi fortuna es el producto de algunos negocios que comencé de niño, primero vendía tacos y luego junté dinero y compré unas pipas para transportar gasolina de Pemex.

No más, por piedad.

La conclusión es obvia: el empresario y el político son los beneficiarios del sistema.

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