Tantadel

agosto 24, 2015

Tlalpan: de paraíso a páramo

Cuando me mudé a Tlalpan un vecino me dijo, como si fuera Alfonso Reyes: ha llegado usted a la región paradisiaca de la capital. Y así me sentía: había cierto orden, limpieza, no existían los ambulantes y las autoridades parecían tomar en serio a los habitantes del lugar lleno de árboles y casonas vetustas bien conservadas. Pero un día llegó el PRD y con este organismo donde gobernaban Cuauhtémoc Cárdenas y Rosario Robles, comenzó la debacle. En pocos días, merced a la demagogia populista y los proyectos asistenciales, la delegación más arbolada y de discreto encanto, se hizo infernal.

Los ambulantes aparecían como hongos y el derribo de árboles comenzó en aras de una modernidad imaginaria. Cada delegado del PRD era peor que el anterior. Del primero, los vecinos fuimos a quejarnos. Era el célebre Pino, quien ha ocupado todos los cargos imaginables dentro de lo que ahora llamamos izquierda. Nos comunicamos con el ingeniero Cárdenas y él, atento, nos envió con Rosario Robles quien era la imagen viva de Rosa de Luxemburgo, pero sin el talento de la marxista. Nos regañó con violencia, nos dijo que no toleraría “campañitas” contra su partido y salimos desolados. Supuso que éramos millonarios en lugares de clasemedieros con algún tipo de crédito. Había que castigar a los ricos y el PRD sería el instrumento. Ah, qué diferencia entre la Rosario Robles “revolucionaria” y la funcionaria de Peña Nieto. Su voz se ha hecho pausada y serena. Cita cada tanto al “señor Presidente” y se viste como rica, ya lejos del disfraz proletario.

Así la situación, el Pino teorizó sobre la situación de su delegación y nos dijo: “Primero un taquero que un ratero”. No, pos sí. Y comenzó Tlalpan a poblarse de construcciones irregulares, proyectos de ciudades médicas, ambulantes a montones en cada esquina y una buena ausencia de barrenderos y basureros. El Metrobús acabó de tajo con los negocios habituales de un buen tramo de Insurgentes. Las calles no creadas para cientos de vehículos resultaron un tapón en la zona y pronto seguimos el camino de Coyoacán, el convertirse en una verbena popular cotidiana para malestar de los que viven allí.

Los perredistas pasaron a ser, como bien lo dice el columnista de Excélsior Adrián Rueda, émulos de Chucho el Roto: les quitaba dinero a los “ricos” para dárselo a los pobres y de este modo, con programas asistenciales a pasto, Tlalpan y en general el DF, fue sometido a dos cosas fundamentales: programas absurdos y una corrupción notable. De la priista pasamos a la de los salvadores, a los de la “resistencia”, como se veían ellos en la cima del poder capitalino, olvidando que el combate se da contra quienes dominan, desde abajo, quienes la padecen. En este caso, los ciudadanos simples, somos la resistencia real.

Pero lo que llama la atención es el proceso de modernización de aquellos tímidos ambulantes que desesperados por la miseria buscaban una esquina. Luego de llegar a acuerdos con las autoridades perredistas, crecieron de manera espectacular. Algunos tienen mesas, meseros y valet parking, en calles por donde sólo es posible caminar individualmente, hay que transitar por el arroyo vehicular. Para colmo, muchos reciben el pago con “todas las tarjetas de crédito”. El tránsito se hace en momentos intolerable, imposible pasar ante las filas de automovilistas que buscan desayunar o comer. Comienza el torneo de bocinazos y la aparición de franeleros que disputan los lugares para que se estacionen los comensales. Al concluir el arduo día, nadie levanta la basura. Uno mismo sale a medio barrer un pedazo de calle, olvidando que son nuestros dineros los que utiliza el gobierno capitalino para consolidar todo este desastre.

Dudo que por más buenas intenciones que tenga Morena en Tlalpan, terminen los proyectos “asistenciales” que se confunden con la tolerancia hacia quienes utilizan las calles en su propio beneficio, adueñándose de amplias zonas. Un recorrido por Tlalpan muestra fácilmente la cantidad de ambulantes que existen y la manera en que la delegación pierde vegetación y adquiere características de amplio muladar. Los verdaderos ricos han emigrado o se han amurallado, cerrando calles que debieran estar abiertas a todos. Los servicios públicos, como en el resto de la capital, son pésimos, porque el dinero es utilizado para pagos de infinitas nóminas clientelares y, desde luego, para asegurar la supervivencia de cada uno de los funcionarios que han pasado por Tlalpan.

Pues no llegué nunca al Paraíso, llegué a un purgatorio que, sin mayores trámites, a menos de que ponga un enérgico alto al deterioro avanzado, conduce al infierno o a cambiarme de zona, de delegación, ¿pero a dónde, a cuál?

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