Tantadel

agosto 10, 2015

Trotsky, el último gran marxista (1/2)

Cuando Isaac Deutscher se negó a participar en los trabajos definitivos de la creación de la Cuarta Internacional, explicó que una cosa era León Trotsky, el inmenso creador del Ejército Rojo, el brillante teórico marxista, el afilado espíritu crítico, y otra distinta los trotskistas. Por años, después de la expulsión del viejo León Davidovich de la Unión Soviética, el estalinismo lo persiguió, eliminó a sus familiares y partidarios, y finalmente lo asesinó en Coyoacán. En esta dramática tarea fueron utilizados todos los recursos posibles, dondequiera que aparecían partidarios del autor de La revolución permanente, se daba el encarnizamiento y miles de palabras fueron destinadas a calumniarlo, a atribuirle las peores traiciones.

Más de un comunista leal a Moscú se atrevió a comparar el trotskismo con el fascismo o al menos a señalar que el primero era de utilidad para el segundo. De ahí, tal vez, parte la debilidad del trotskismo. Sin embargo, pese a la adversidad, la historia ha ido poniendo cierto orden y los procesos reivindicativos han surgido paralelamente a las graves acusaciones contra José Stalin. Hoy, en la URSS y en algunas naciones del llamado socialismo real, parece haber una industria del anti estalinismo y cada día aparecen nuevas víctimas de sus crímenes.

Entre el pasado apologético, de biografías zalameras al dictador soviético (el padre de la patria), las miles de pinturas del peor gusto para estimular el culto a la personalidad, y los cotidianos ataques de hoy, el mejor libro sobre Stalin sigue siendo el trabajo del citado Deutscher, sin duda el último marxista clásico de alto rango y que en México editara Era, en impecable traducción de José Luis González. Una obra de evidente objetividad y la que no sufre menoscabo por una aparente declaración de Ernest Mandel, quien dijo que Deutscher había lamentado su concepción acerca de Stalin.

Llegamos al final del siglo XX y las ideologías que lo dominaron desaparecen: lo mismo las liberales que las socialistas. Estas últimas han sufrido lo más lamentable: en el país de la Revolución de Octubre, que tantas esperanzas le dio a la humanidad, se retoman los elementos más significativos del antiguo rival de Marx: el capitalismo. Florece la iniciativa privada y las puertas se abren a las inversiones extranjeras del peor estilo, verbi gratia: los refrescos de cola y las modas norteamericanas. En alguna de las muchas historias que leí sobre la URSS, hay una que ahora me asalta: un viejo bolchevique, alrededor de la época en que se consolida Stalin, 1930, le muestra a un visitante dos fotografías que lucen en la sala de su casa: son Marx y Ford. El obrero explica: uno nos da el comunismo, el otro la modernización de la industria, el trabajo en cadena. La realidad actual supera aquella curiosa anécdota y no sería difícil pensar en un comercial ?autorizado por el Comité Central del PCUS y obviamente por Gorbachov? de una famosa embotelladora: Lenin, si viviera, bebería Coca light, que no tiene calorías. El capitalismo tiene sus encantos.

El recuerdo de Trostki entre los mexicanos ha sido más constante por dos razones: el general Cárdenas, entonces presidente de la república, le autorizó el asilo mostrando un alto coraje en tiempos difíciles, cuando el fascismo ascendía y el estalinismo se había hecho intolerante debido al peligro alemán; finalmente aquí lo asesinaron y por algunos años fue una figura central. Amigo de Diego Rivera y Frida Kahlo, lo visitaban intelectuales afamados como André Bretón. Lo central de su vida radica en sus aciertos militares al frente del flamante Ejército Rojo y su lucha final por el poder soviético con Stalin. Ambos pugnaban con sus respectivas tesis ideológicas sobre el camino de la revolución socialista que estaban llevando a cabo. Stalin sabía moverse entre las intrigas del naciente partido, lo conocía mejor que nadie, en consecuencia triunfó y se dedicó a eliminar a sus enemigos. Muerto Lenin y con Trotski buscando asilo por diversos países del mundo, la grandiosa hazaña teórica de Marx y Engels, en la hábil interpretación de Lenin, quedó en las manos más rudimentarias para establecer el socialismo.

En tal contexto y luego de las guerras contra el fascismo, el pensamiento de Trotski se diluyó y quedó triunfante Stalin y sus afanes de poder y de convertir por la violencia la resistencia que diversos sectores mostraban ante los procesos de colectivización.

Orwell probó en obras literarias la sinrazón del estalinismo. Pero de nada sirvió. A Stalin, convertido en dueño de la mitad del planeta y con un país convertido en inmensa potencia militar, le correspondió morir en su casa del Kremlin. Fue llorado por millones, pero en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, sus antes servidores lo pusieron al descubierto al señalar sus graves errores y sus excesos. Demasiado tarde para reivindicar a Trotski.

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