Tantadel

agosto 12, 2015

Trotsky, el último gran marxista 2/2

Los trotskistas mexicanos fueron más lejos en la canonización del infatigable creador de la Cuarta Internacional, hoy tan amortajada como la Primera, la Segunda y obviamente la Tercera y editaron una revista llamada Coyoacán, que dirigía, entre otros, un hombre inteligente y valeroso: Adolfo Gilly, y la editorial que trabajaba en las obras completas de Davidovich puso un letrero ejemplar: Necesitamos a León Trotsky. Finalmente, como si lo anterior fuera poco, en un congreso del Partido Revolucionario de los Trabajadores, sus miembros optaron por escuchar la voz del dirigente marxista, grabada en un disco. Todos lloraron pese a que Trotsky hablaba en ruso y casi nadie, imagino, sabía tal idioma.

A estas alturas no es posible regatearle méritos a Trotsky: sus aportaciones al marxismo son invaluables, tanto en la economía como en la política y en la literatura. Pero eso de santificarlo ya es excesivo. Sus fanáticos han seguido los pasos de Stalin, quien fue el que decidió meter la momia de Lenin en una caja de cristal, ponerla en el mausoleo, a imagen y semejanza de los religiosos que veneran cadáveres y huesos de santos y que produce, francamente, escalofríos, en especial si uno la visita en invierno, como fue mi caso.

Los trotskistas no asumían posiciones críticas respecto de las tesis del maestro y cualquier comentario adverso merecía reproches inmediatos y la acusación de estalinista, como antes estos insultaban a sus enemigos endilgándoles el duro calificativo de trotskistas. Su obra era un dogma de fe, algo infalible. Igual que los comunistas formados bajo la presencia severa de Stalin, suponían que sus recetas políticas eran perfectas, para todos los movimientos revolucionarios del orbe.

De las universidades han ido desapareciendo los textos marxistas, incluidos los de Trotsky. Se acabaron las peregrinaciones a su antigua casa, hoy museo. El radicalismo deslumbrante de los camaradas de la Cuarta Internacional ha fallecido y en su lugar abogan por los viejos esquemas liberales. Esto significa que es el momento de desempolvar a Trotsky y hacer una lectura seria y crítica, que lo ponga en su lugar, al lado de otros pensadores lúcidos que nos enriquecen, pero cuyas teorías han entrado en acelerado desuso. Al declinar las ortodoxias con el fin del siglo XX, lo arrastraron consigo al santoral laico. Sus trabajos, para nuestra fortuna, ahora no son la palabra de Dios, sino algo humano, profundamente humano. Nadie puede anticipar los cambios políticos y sociales que vendrán durante el presente siglo, pero vale la pena leer a los marxistas.

Los trotskistas, en México, como los comunistas, han desaparecido, al menos como organizaciones, desde que se descubrió que el electorado quería ir hacia posturas de centro-izquierda, pero no tan de izquierda como para identificar esta tendencia con los herederos de Marx. De hecho, la mayoría de ambos grupos había escogido el suicidio antes de que Cuauhtémoc Cárdenas se convirtiera en el dirigente máximo de las fuerzas progresistas, un hombre que tiene mucho que ver con la Revolución Mexicana y prácticamente nada con la Revolución de Octubre. No obstante, fueron de una gran actividad política y dueños de una combatividad mayúscula.

Después del XX Congreso, fecha memorable en que el simpático de Kruschov denuncia los crímenes de Stalin y comienza la demolición del culto a la personalidad (que brilló con Mao Tse-Tung, quien hacía crecer las sandías más grandes del mundo con su solo pensamiento, que sigue una línea modesta, pero segura, con Fidel Castro y que en México cada sexenio sufre una alegre revitalización), los trotskistas dejan de ser los malos de la historia, servir al imperialismo y los comunistas los reconocen como dignos revolucionarios.
Lo primero que hicieron, ya libres de ataduras calumniosas, fue levantar más alto la imagen del Profeta, como lo llamara Deutscher en su inmensa biografía en tres volúmenes. Lo comenzaron a venerar en público y convirtieron Coyoacán en La Meca revolucionaria. Allí, en la casona de Viena, una mujer señalaba los impactos de ametralladora: estos corresponden a Siqueiros, y luego indicaba el camino que siguió el asesino del viejo revolucionario, Ramón Mercader o Jacques Mornard. (Por cierto, y dicho sea entre paréntesis, en algún momento y luego de la biografía fílmica de Trotsky de Joseph Losey, le pregunté a Siqueiros, si había visto la película pues aparecía él, tratando de matar por órdenes del Kremlin a Burton Trotsky. Repuso sonriendo: qué imaginación tienen los cineastas.)

Hoy todo ese mundo fascinante y aterrador, no existe más. Triunfó el sistema capitalista sobre la bella utopía de Marx.

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