Tantadel

septiembre 13, 2015

2 cuentos 2

Aquellos que doblegaron pueblos vecinos y los humillaron exigiéndoles tributo, fracasaron en tomar el bosque.

Los ruidosos pájaros visibles
En una amplia, hermosa y enigmática zona arbolada donde dominaban altos pinos, vivían grandes parvadas de escandalosas aves que nadie consiguió ver. El ruido producido por millones de gargantas era insoportable y ahuyentaba a cualquiera otra especie animal e incluso a los seres humanos. Por siglos, el México prehispánico tuvo esa extraña variedad en las faldas del volcán Popocatépetl, cuyas frecuentes exhalaciones amenazan desde tiempos remotos a muchos kilómetros de tierra fértil y buen clima. Las primeras tribus errantes americanas evitaban tal sitio, en consecuencia, los animales aéreos prosperaron. Una de ellas, la azteca, que buscaba dónde establecerse, se percató del fenómeno, decidió dar un rodeo y seguir su paso hacia la tierra prometida: un valle en cuyo centro estaba un lago pasmoso: mitad agua salada, mitad dulce.
Fundada Tenochtitlan, los aztecas comenzaron su brillante desarrollo, sometieron a civilizaciones cercanas y enviaron sucesivas expediciones al bosque poblado por los pájaros ensordecedores para extender sus posesiones territoriales. Nada lograron. Aquellos que doblegaron pueblos vecinos y los humillaron exigiéndoles tributo, fracasaron en tomar el bosque. El ruido, aun a distancia, era de una enloquecedora sonoridad. Finalmente enviaron a un sordo a explorar y recabar información. El hombre ingresó al centro donde se producía el escándalo. Cuando estaba convencido de la inutilidad de su tarea, decidió sentarse a reflexionar. Al nada ver en los árboles, entendió que el barullo no era sino el demencial parloteo de aves invisibles. Hurgando el suelo con las manos, recogió algunas muertas: lo sorprendió que fueran como aquéllas que solían volar sobre el naciente imperio o “la región más transparente del aire”, como lo calificara Alfonso Reyes. Tocándolas con desconcierto y temor, notó que el tamaño era mayor que el de las guacamayas que traían del sureste. Condujo los restos a la corte. El emperador mostró su asombro ante lo que no veía, pero sentía en las yemas de los dedos y le ordenó al sordo que se hiciera acompañar por hombres con el mismo impedimento y regresara a recoger el mayor número de aves posibles. Había tenido la extravagante idea de mandarse hacer un penacho con las plumas que conjeturaba más bellas que las de águilas y pavorreales. Únicas en el mundo.
De regreso, la comitiva de sordos puso a los pies del emperador varios costales, quien agradeció garantizándoles sustento por el resto de sus existencias. De inmediato dio instrucciones para que, con el más puro y delicado tacto, artesanos habilidosos trabajaran sin reposo e imaginación estética durante semanas. Al final, le llevaron un penacho que nadie lograba ver salvo las correas de suave piel del armazón, pero que imaginaban grandioso. Con delicadeza tres guerreros tigre, tres doncellas y un sacerdote se lo colocaron en la cabeza. El emperador solía recibir a los enviados de otras culturas portando orgulloso el penacho de plumas transparentes. A los visitantes no dejaba de parecerles una extravagancia azteca y más de un diplomático adulador tuvo palabras de admiración por aquella suerte de corona real que no lograba ver.
Al llegar los españoles con su tecnología de hierro, pólvora y caballería, destruyeron en pocos lustros una nación poderosa y magnífica. Cronistas y evangelizadores supusieron que la historia del penacho invisible era una leyenda o una herejía y jamás escribieron sobre la inusual información. Inadmisible porque las culturas americanas estaban sembradas de cuestiones asombrosas. De los ruidosos pájaros invisibles nadie ha sabido algo. Simplemente se desvanecieron, acaso espantados por una cultura brutal comandada por un Dios cruel. O quizá, siendo realistas, algunas severas emanaciones de vapor y cenizas del Popocatépetl (el guerrero velando el sueño eterno de su pareja, Iztaccíhuatl) hicieron que las aves buscaran tierras menos hostiles. Los extraños seres invisibles fueron un capricho de la naturaleza o acaso creaciones fantásticas de dioses imaginativos. Del penacho intangible sólo es posible remachar lo cierto: se convirtió en polvo invisible que el viento esparció por el país que estaba formándose.  
El sultán que perdió el trono por amor
El sultán de Turquía estaba desconcertado: era el primero en ser destituido de su cargo en una acción de autoridades civiles y religiosas, con amplio respaldo de la población otomana. La causa era una y simple: al estar perdidamente enamorado de una sola mujer, desechó al resto de su inmenso harem. En los países islámicos vecinos había regocijo por la defenestración. ¿Qué harían los demás sultanes si otros imitaran el ejemplo? Un desastre. Rechazar a cientos de hermosas y sensuales concubinas era una decisión deplorable. La siguiente sería tolerar que las mujeres caminaran por las calles sin burka. El sultán marchó al exilio sin más compañía que la esposa que había seleccionado por puro amor.
Pobre hombre, aunque buen gobernante, padecía el peor de los defectos: ser monógamo por naturaleza.

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