Tantadel

septiembre 27, 2015

Autobiografía de un agnóstico

La literatura ha convertido a la vida y la muerte en arte y será, en consecuencia, siempre un hermoso e inasible tema


La muerte suele llevar un orden lógico. No me correspondió: en lugar de la extinción de mis abuelos, la primera de mi familia en fallecer fue mi hermana Leonora, de doce años de edad, cuando yo apenas tenía seis. El dolor no fue por ello menos intenso. No la vi morir, supe la noticia por mamá, quien durante días entró y salió de casa sin hablar, a toda prisa, sin detenerse a comer, pálida. Una mañana se vistió de negro y cuando regresó en medio de un llanto abierto le narró a su madre, mi abuela, la historia de la terrible y larga agonía de Leonora. Invisible, yo la escuchaba. Esa tarde lloré y lloré el resto de mi vida.
En lo sucesivo, la muerte se reordenó: siguió mi bisabuela materna. Yo le decía mamá Ita. Una mañana me despertaron y arreglaron. De la sala llegaban murmullos que al rato supe eran rezos. Había muerto sin sufrimientos, silenciosamente, durante el sueño. Dejó una maleta con vieja ropa negra y pocos recuerdos que muy rápidamente se diluyeron en la memoria familiar. Era parecida al retrato de la madre de James Whistler.
Cuando estaba por cumplir veinte años fallecieron, en menos de doce meses, mis abuelos Sadot Fabila Montes de Oca y Luz Hernández de Fabila. El primero, víctima de un monstruoso cáncer en pleno rostro. La gradual pérdida de la belleza física lo alteró y los dolores le quitaron los deseos de vivir. Murió desfigurado, invocando a un Dios sordo. Su esposa se enterró con él y físicamente murió también de cáncer seis meses después. Sin mucha experiencia vital y con dosis de romanticismo, pensé que ella había fallecido de amor, al no soportar la soledad. En 2000 ocurrió lo temido: la súbita muerte de mamá. Me lastimó muchísimo, pero los escritores tenemos la fortuna de descargar el sufrimiento a través de la literatura e hice El libro de mi madre, una suerte de mínima y adolorida biografía.
Apenas traté a mi padre, tuve a cambio, tres madres: mamá Ita, mamá Luz y mamá Menta, como le decía a mi madre biológica, y en ese orden murieron.
Jamás creí en el tránsito a otra vida. Menos en la transmutación del alma. Cuando pienso en esta última, la veo como metáfora del arte, de la cultura y uso ambas como sinónimo de espíritu, con el mismo sentido. Nunca pude imaginar —ni aun queriéndolo— a mi hermana o a mis abuelos habitando en otros cuerpos ni logré pensar en que sus almas o espíritus habían ido a parar a un lugar ideal donde impera la luminosa figura de Dios. Leonora ni siquiera fue bautizada, así que en caso de existencia del Dios católico y de las atroces reglas que los seres humanos escribieron para rendirle un despiadado homenaje y darle un imperio brutal, estaría en un aterrador limbo.
“Herederos de las viejas doctrinas —escribe Federico Ortiz Quesada—, Sócrates yPlatón afirmaron que el alma tiene otra vida después de la terrenal…”. La filosofía en este sentido es una elegante forma de perder el tiempo. Quizá por ello Karl Marx decía, en Las tesis de Feuerbach (XI), que “los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Dicho en otros términos, si los filósofos habían buscado el origen de la vida, él sentía la obligación de transformarla positivamente. La literatura a su vez ha convertido a la vida y la muerte en arte y será, en consecuencia, siempre un hermoso e inasible tema. Lo científico es un cuerpo que comienza a consumirse en el momento en que nace y a corromperse en cuanto la vida lo abandona.
No vi morir a mi hermana, pero su alma o espíritu ha sobrevivido en mí. Cuando supe que las antiguas perpetuidades del Panteón Civil habían caducado, imaginé que sus restos desaparecerían, hice infinidad de trámites y los saqué de un ataúd destruido por el tiempo. Tuve un momento de turbación cuando un hombre rústico, acostumbrado a la muerte, dio con el féretro, lo abrió con rudeza y yo pensé que Leonora podía estar momificada. No. Estaban los huesos descarnados, trozos de tela infantil, un cráneo pequeño con una dentadura perfecta y mechones de pelo rizado (inconfundibles para mí). Era lo que quedaba de una belleza de doce años que adoré. Su alma, su espíritu, vivirá dentro de mí hasta mi muerte.
Mi madre me dijo que Dios no existía, que los humanos, para explicar fenómenos extraños, lo inventaron y que también lo produjo el temor que la muerte inspira. Dios es un intento de perpetuarse, de alcanzar la inmortalidad: está inspirado en miedos y debilidades. El hombre es Dios o es el Diablo, su antítesis maligna. Las religiones son su más acabada obra y es un trabajo perverso que ha conseguido más daño que bien.
¿Qué nos da la religión, la creencia en un ser supremo y todopoderoso? Realmente sólo la posibilidad de imaginar la inmortalidad, algo que con el paso de los siglos será fastidioso y se pasará a la situación inversa, a buscar la muerte, a crear un Dios que conceda de manera misericordiosa la muerte definitiva. Ser enterrado con todo y alma. No hay mayor aberración que la inmortalidad, y así lo ha probado la literatura. Se nos promete, en esencia, un eterno aburrimiento, compartir la soledad de Dios y vivir siempre bajo reglas establecidas, precisas y rígidas, que sólo pueden indicar tedio.
Abajo, en la tierra, el hombre ha buscado sin cesar la democracia, ¿no resulta patético que su última voluntad sea vivir eternamente en un reino autoritario, bajo la égida de uno solo, en la monarquía de monarquías?

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